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Bajo abstencionismo y resiliencia democrática

El costarricense tiene suficiente criterio para discernir qué es importante cuando se le aportan los argumentos adecuados.

La segunda ronda de las recién pasadas elecciones presidenciales tuvo la notable particularidad de un índice de abstencionismo más bajo (32,97 %) que los otros dos balotajes vividos por el país durante la Segunda República (45,58 % en el 2014 y 39,5 % en el 2002) y más bajo aún que en la votación del 4 de febrero (34,3 %). Un verdadero logro en materia de participación.

Al mismo tiempo, mostró al mundo la madurez de la democracia costarricense al no caer en la tentación del populismo fácil, la madurez del electorado para superar la guerra fratricida que ardió en las redes sociales y en no aceptar que la votación terminara siendo un referendo sobre el matrimonio igualitario y, más bien, primaran temas más apremiantes como el déficit fiscal, la inseguridad ciudadana, el aumento de la desigualdad social o la falta de infraestructura.

Claridad. Comprender con certeza qué llevó a esa gran cantidad de costarricenses a las urnas en esta segunda ronda, a diferencia de los otros dos balotajes, no es fácil, y será motivo de estudio por parte de los expertos. Para lo que no necesitamos investigaciones es para entender que el costarricense tiene suficiente criterio para discernir qué es importante cuando se le aportan los argumentos adecuados, aunque exista mucho ruido mediático alrededor.

Será interesante conocer cuál grupo etario fue más receptivo al llamado a las urnas y qué factores los movieron a anteponer el deber electoral a las vacaciones de la Semana Santa. ¿Madurez política, temor ante un escenario ultraconservador, apoyo a La Negrita? Probablemente sea una combinación de estos y otros factores, pero al final el resultado es lo que vale.

Nuestro proceso electoral fue observado con detenimiento por la comunidad internacional, atenta a ver si tomábamos la ruta de Colombia, con el referendo para la paz con las FARC, o los británicos con su consulta sobre el brexit o escuchábamos el canto de sirena que llevó a los estadounidenses a escoger un mandatario como Donald Trump.

Como Francia. Creo que nos acercamos más a la madurez política de Francia, que el año pasado escogió a un joven Emmanuel Macron (solo un año mayor que nuestro nuevo presidente) ante la propuesta ultraconservadora de la dirigente del Frente Nacional, Marine Le Pen.

En ese país europeo, el tema de la familia también fue punto fuerte de la campaña, pues el mandatario está casado con una mujer mucho mayor que él y fue su profesora en el colegio. El pertenecer a una familia no tradicional fue usado por sus oponentes como argumento de que no representaba los valores tradicionales franceses. Sin embargo, al igual que en Costa Rica, ese tipo de planteamientos no cambiaron el rumbo de la elección.

Macron y Alvarado también tienen en común haber ido a una segunda ronda para ser escogidos, y el porcentaje con el que triunfaron fue similar (Macron obtuvo el 66,1 % de los votos y Alvarado casi el 61 %).

Múltiples artículos e informaciones en medios internacionales tan reconocidos como The New York Times, The Washington Post o la British Broadcasting Corporation (BBC) destacaron la madurez del electorado costarricense para abstraerse del entorno comunicacional tóxico de espacios como Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp y demás redes sociales para poder tomar una decisión con criterios mucho más importantes como los citados.

Expectativas. Los dos meses entre la primera y la segunda ronda electoral fueron una verdadera montaña rusa emocional, en la que vimos subir y bajar nuestras expectativas ante la respuesta que tendría el electorado con la avalancha informativa llena de noticias falsas y posverdades.

Finalmente, los costarricenses dieron, de manera contundente, su posición. La incertidumbre terminó, dando muestra de que décadas de inversión en educación pública, y no en ejércitos, se cosechan en momentos claves como el 1.º de abril cuando el electorado escogió con claridad e inteligencia el futuro de Costa Rica.

Sin embargo, este resultado tiene un regusto agridulce, pues fue a expensas de un elevado costo político, producto de la polarización de la sociedad costarricense como no lo habíamos vivido desde octubre del 2007 durante el referendo sobre el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre EE. UU., Centroamérica y República Dominicana.

Será en los próximos comicios municipales, en el 2020, cuando nos daremos cuenta de qué tan polarizada quedó nuestra sociedad después de este proceso. Y de qué tan hábil será el próximo gobierno de unidad nacional para restañar esas fisuras.

El autor es periodista.