28 octubre, 2016

Las redes sociales funcionan como un medio amplificador y exponencial que permite a las personas una expresión de la realidad conforme a su percepción y sistema de creencias. Lo anterior implica un crisol subjetivo que ha permitido la tecnología reciente, la cual dotó a grandes cantidades de gente de un poder comunicativo inmenso, pero también de una herramienta para juzgar y desaprobar el comportamiento ajeno. En otras palabras, se trata de un insumo para el control social informal.

A diferencia de los líderes de opinión que firman o dan la cara por sus ideas, el troleo con perfiles falsos o los opinólogos de ocasión a menudo persiguen una gratificación sin esfuerzo mediante ataques personales y a la sombra casi inexistente del anonimato.

Cuando la expresión del odio se torna patológica, puede tratarse de un trastorno psicológico conocido como coprolalia social (presente también en un porcentaje significativo de quienes tienen el síndrome de Tourette, en cuyo caso su conducta es completamente excusable). Sin embargo, la coprolalia en sí misma es un síntoma de una comunidad enferma.

La otredad. Lo que debería inquietarnos es si en alguna medida somos partícipes de la difusión de este fenómeno, pero al menos ello implica que aún tenemos un compás ético que nos permite evaluar el valor de esa información.

En la medida que se permanece impasible e indiferente ante esta situación, cabe la posibilidad de que la habitualidad de lo perverso ya no cause asombro y se ha perdido entonces cualquier interés de un filtro en aras de los afanes cotidianos.

Lo verdaderamente riesgoso es caer en la trampa sartriana de que el peligroso, el enfermo, es el Otro. Entonces, si la sociedad está enferma, en esa otredad, no nos incluimos como individuos que la conforman y construimos una abstracción absurda, con lo que obviamos cualquier tipo de responsabilidad para con ella.

La idea es fácilmente incorporable porque nadie individualmente se reconoce como colectividad, sino como un individuo que está de frente a la generalidad. Nadie aceptaría que también individualmente uno es la sociedad.

Reconocer, entonces, la hipótesis de una sociedad enferma implica casi suponer concomitantemente que al menos yo estoy sano, o por lo menos no necesariamente enfermo. La sociedad es lo otro, ni siquiera el otro, sino otros, aquellos que, desconocidos, son parte de la gente, anónimos y semejantes.

Son ellos los responsables de la situación actual, y así alivianamos temporalmente la conciencia. Evidentemente esto es una falacia lógica insostenible. Sobre todo, si la criticamos en los medios sociales sin actuar por mejorar lo tangible.

Era industrial. En términos de Thomas Kuhn, la metáfora organicista que marcó fuertemente la sociología del siglo XIX correspondía lógicamente a la sociedad en proceso de industrialización, cuya racionalidad estaba marcada por el funcionamiento de máquinas de movimientos coordinadas con hombres.

Toda conducta humana o máquina que tienda a esta preservación era funcional y consolida la estabilidad y toda conducta que, por error, negligencia, incapacidad u otro motivo atente contra el desenvolvimiento previsible del conjunto, es disfuncional y en consecuencia compromete el sistema en su conjunto.

Como profetizó Jack Attalí en su libro El orden caníbal (1979), el cuerpo tampoco es ya metáfora del cosmos, de las palancas, sino metáfora de la máquina, saber dominante de los dioses sino metonimia de la nueva producción científica: la termodinámica.

Francisco Delich ha indicado claramente que el surgimiento de la sociedad urbana también marcó el comienzo del fin del orden feudal, los albores del burgo, del comercio y del capitalismo. En la era digital y de la información, evidentemente hay cambios de paradigmas, pero también del sentido de la existencia.

Consumismo. Con base en lo expuesto, la separación de los cuerpos se convierte en separación de almas, en separación social: el consumo ostentoso marca los confines del espacio común, pero no aparece como síndrome de una enfermedad, sino de salud.

Por eso, Erich Fromm vuelve al tema de la sociedad enferma como metáfora de la enajenación y de la alienación. Los seres humanos que en la Edad Media se habían dedicado a la búsqueda de Dios y de la salvación, con una corta expectativa de vida, se dirigieron ahora al dominio de la naturaleza y a un bienestar material cada vez mayor.

Se dejó de usar la producción como un medio para vivir mejor, y, por el contrario, la hipostasió en un fin en sí misma, fin al cual quedó subordinada la vida.

En el proceso de una división del trabajo cada vez mayor, de una mecanización del trabajo cada vez más completa, de unas aglomeraciones sociales cada vez más grandes, la persona misma se convirtió en una parte de la maquinaria, en lugar de ser su ama. Se sintió a sí mismo una mercancía, una inversión; su finalidad se redujo a tener éxito, es decir, a venderse en el mercado del modo más provechoso posible. Su valor como persona radica en su “vendibilidad”, no en sus cualidades humanas de amor y razón, ni en sus talentos artísticos.

La felicidad se identifica con el consumo de mercancías más nuevas y mejores, con la absorción de bienes y servicios. No poseyendo más sentido de sí mismo que el que puede proporcionar la conformidad con la mayoría, por eso se siente inseguro, angustiado y dependiente de la aprobación ajena.

Está enajenado de sí mismo, adora el producto de sus propias manos, a los líderes a quienes él hace, como si estuvieran por encima de él y no fueran hechos por él.

Cosificación. En cierto sentido, la persona ha regresado a donde estaba antes de haberse iniciado la gran evolución humana en el segundo milenio antes de Cristo. Es incapaz de amar y de usar la razón, insegura de tomar decisiones, en realidad no puede apreciar la vida, y, así, está pronto a destruirlo todo, e incluso a destrozarlo gustosamente.

El mundo vuelve a estar fragmentado, ha perdido su unidad; el hombre ha vuelto a adorar cosas diversificadas, con la única diferencia de que ahora son cosas hechas por el ser humano mismo, y no por la naturaleza.

Es muy difícil sintetizar a Fromm ( Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, 1955-1964), pero sus palabras son actuales y sabias. Por eso al abrir el periódico en la sección de Sucesos y ver hechos de sangre motivados por dinero o venganza, no es que deje de sorprenderme, sino que está claro que la persona humana se está cosificando y, en esa medida, se vende y se compra. Ese es, según mi criterio, el síntoma más evidente de un decaimiento social prolongado.

El autor es abogado.