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‘Animus politicus destructivus’

Por razones que suelen evadirse, pero que como país deberíamos empezar a desvelar, estamos afrontando los problemas desde la política, la economía y el derecho, pero no desde la cultura.

Por razones que suelen evadirse, pero que como país deberíamos empezar a desvelar, estamos afrontando los problemas desde la política, la economía y el derecho, pero no desde la cultura. Tal como están las cosas, pueden más los sociólogos y hasta los sicólogos que los politólogos o los economistas. Ni hablar de los juristas.

Se viene acendrando una neocultura sociopolíticamente tóxica, jurídicamente anémica y espiritualmente zombi. Una anticultura desde cualquier cardinal.

A la insensibilidad por el arte y la moda —no pasajera— del mal gusto, habremos de sumar la chambonada y el orgullo por camuflarse entre la masa. Sin descontar la reproducción del prurito capitalista más vacío que hemos heredado: “Valgo lo que tengo”.

Un grisáceo paisaje social, marcado por un odio visceral contra todo aquel que ose destacar. Al punto que cualquier elevación sobre el promedio será condenada a incombustibles envidias enfermizas.

En este país se odia y con ganas. Se envidia por deporte y se señala por satisfacción. Sin reparar en que quien señala y envidia se describe a sí mismo más que al otro. Homenajeando así, más bien, al señalado, quien a partir de esa tácita declaración de inferioridad que es y será siempre, la envidia, es elevado por sus críticos destructivos.

Resultando, de semejante fangal, una incultura de ilegalidad que implanta el absurdo de la derogación singular de normas (“las reglas aplican solo para los demás”).

Animus. Desde que nos resbalamos sin casco por ese tobogán, se nos “tostó” la política. Que no solo los prebendales la corrompen. También incurren en ese vicio trágico quienes gratuitamente se tornan maledicentes y aprenden a sentirse bien consigo mismos, sintiéndose mal con la política —y los políticos, claro—.

La política de hoy es un polígono. Una especie de paintball mejenguero de “todos contra todos”. Una arena movediza donde lo que importa es manchar la camiseta del contrario, sin olvidar capearse los “tiros” de la maledicencia ajena. Con cierta prensa haciendo de ello su delicatessen.

Como ciudadanos, poblamos las graderías de un deporte de alto riesgo que convierte a todo político en la definición más acabada de la resiliencia. Un gladiador de riesgos, intereses, prejuicios y animosidades sobrepuestas.

No hay “juego” más arriesgado que la política. Solo ahí, todas las tarjetas son rojas y los tiros son a matar. Al punto que primero se dispara y luego se pregunta. Si es que se pregunta. Los políticos de hoy serán los linchados de mañana.

Irónicamente, nos quejamos de habernos quedado sin referentes políticos o de que la juventud no quiere nada con la política. Si acaso votar y pare de contar.

Verbigracia. No había terminado Carlos Alvarado de presentar su gabinete y ya las redes sociales se autoenvenenaban, “basureando” a los costarricenses responsables que dieron un paso al frente, pese a estar sabidos que no más expuestos les caería el aguacero de pedradas.

Las redes. ¡Ay las redes! Esas trincheras de “valientes” digitales que solo tiran la piedra cuando se le garantiza escondite a su mano. Esos irresponsables que se valen del anónimo para defenestrar al prójimo, sin escrúpulos ni resguardos. O lo que es igual: sin vergüenza ni conciencia. Eso es lo que nos tiene postrados. Una triste anemia de referentes.

Un sustrato implosivo que abreva de un “animus politicus destructivus”, en cuyo marco se conjuga así: tú me deshonras, yo te deshonro y todos nos deshonramos.

En una sociedad así, no hay derecho a mártires, pero abundarán los culpables sin derecho a juicio. Y por aquello de la competencia, tampoco nos permitiremos héroes vivos. ¡Solo muertos!

¿O acaso será casualidad que a los únicos que reconocemos sería y, duraderamente, aquellos que se nos fueron de las manos antes de serrucharlos o ningunearlos, y se impusieron desde fuera? ¿O es que a alguien se le escapa que Keylor Navas aquí era un portero más, hasta que los españoles nos dijeron que no, que se trataba de un crac? ¿Qué me dicen de Chavela Vargas o Paco Zúñiga, cuyas leyendas debemos a los mexicanos? ¿Sigo? ¿Triste verdad? El odio y la envidia son apodos de la tristeza. Queda ser constructivos: proponiendo, creando y reconociendo. Serruchar menos y trabajar más. Esa es la llave de bóveda de nuestro tiempo.

parahona@ice.co.cr

El autor es abogado y profesor universitario.

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