Por: Alberto Morales Bejarano.   9 septiembre

El nacimiento del costarricense 5 millones es un momento propicio para reflexionar sobre el presente y el futuro de nuestros niños, nuestras niñas y nuestros adolescentes.

De acuerdo con el censo de población del Instituto de Estadística y Censos (INEC), en el país viven 1,3 millones de niñas, niños y adolescentes (NNA); de ese total, 55.000 son migrantes, 33.000 indígenas, 16.000 tiene algún tipo de discapacidad y 11.000 son afrodescendientes.

Dentro del panorama de la niñez, para Costa Rica una tarea pendiente es lograr la universalización de la educación preescolar porque en la actualidad solo 6 de cada 10 niños menores de 7 años están matriculados. Con la población adolescente existe un reto mayor: luchar contra la exclusión escolar, pues solo 5 de cada 10 estudiantes matriculados en secundaria diurna logran graduarse.

Por otro lado, y como señala la Unicef, la pobreza afecta a 427.000 niños y adolescentes costarricenses, lo cual representa el 33 % de las personas que viven en esa condición y corren un mayor riesgo de experimentar problemas de ausencia de cuidado, estimulación temprana y desarrollo integral, así como falta de acompañamiento de los padres y cuidadores, fracaso escolar, violencia (física, psicológica o sexual) y negligencia en el hogar, la escuela y la comunidad. También existe entre ellos una mayor probabilidad de involucramiento en actividades ilícitas.

Abandono. En el 2017, el Patronato Nacional de la Infancia (PANI) recibió 53.359 denuncias por algún tipo de violencia contra niños y adolescentes y 6.000 niños carecen de cuidados parentales o están en riesgo de perderlos, ubicados en diversas modalidades de protección que ofrecen las instituciones.

Una de las grandes paradojas de nuestro país es estar muy orgullosos de nuestra baja mortalidad infantil, pero no así de la calidad de atención que se le da a la población adolescente en general y, particularmente, si tienen necesidades especiales. Se produce un progresivo deterioro de la calidad de atención desde la primera infancia, se debilita al al llegar a la escuela y es muy pobre en la adolescencia y los primeros años de la adultez joven.

Aunado a lo anterior, en la actualidad vivimos una coyuntura histórica que podría semejarse, guardando las proporciones, con la caída del Imperio romano. Lo anterior en el sentido del declive de un modelo de sociedad poco solidaria y centrada en el consumo y el lucro económico como el estandarte del éxito, dejando de lado las necesidades más íntimas del ser humano: el afecto y la calidad de la red de relaciones.

Esto ha llevado a un incremento significativo de lo que en salud llamamos “morbilidad social”, relacionada directamente con los estilos de vida y atenta contra el bienestar del ser humano: ansiedad, depresión, drogadicción, trastornos alimentarios, obesidad, enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, hipertensión arterial y todas la formas de violencia, como accidentes de tránsito, homicidios y suicidios. Se suma a lo anterior, producto de este consumo salvaje, el deterioro del medioambiente.

Si pretendemos generar condiciones para un desarrollo saludable infantil y adolescente, tenemos como mínimo cinco grandes retos por delante: garantizar un 100 % la matrícula en preescolar y que los adolescentes terminen la secundaria; que todo adolescente o joven entre los 15 y los 24 años, excluido del sistema educativo, adquiera competencias y habilidades técnicas o vocacionales que le permitan conseguir un empleo o desarrollar un trabajo propio; garantizar programas y servicios en salud de calidad, accesibles e integrales para niños y, particularmente, adolescentes, que deriven en una mejor calidad de salud y vida de la población en general (vacunas, lucha contra la obesidad, salud mental, enfermedades crónicas , entre otros); desarrollar un vigoroso y ampliado programada de educación sexual en primaria y secundaria; e intervenir eficientemente para la prevención de todo tipo de violencia (en la familia, la comunidad, las escuelas y los colegios). Desgraciadamente en todos estos aspectos existen grandes falencias.

Esperanza. En este ambiente inhóspito para el ser humano, surgen, sin embargo, signos de cambio, que hablan de una nueva conciencia que emerge y se centra con mayor intensidad, pero no exclusivamente, en las personas jóvenes y que da motivo para la esperanza.

El futuro es indudablemente incierto, producto de las grandes transformaciones tecnológicas que se avecinan y vienen acompañadas de signos preocupantes; no obstante, la esperanza y el desafío sobreviven.

Es aquí donde haría la analogía de que ojalá el porvenir se acerque al guion de los futurólogos de la serie Viaje a las estrellas, particularmente en las temporadas en donde el comandante es Jean-Luc Picard (Patrick Stewart). En esa serie, lo que define las relaciones es la ética y la solidaridad, por encima de razas, y nos pone en evidencia que el principal problema por resolver, si queremos sobrevivir como raza humana, es ético, más allá de lo político o económico. Este es el deseo y la esperanza para el bienvenido costarricense 5 millones.

El autor es pediatra.