David Díaz Arias. 9 noviembre

Horacio Pettorossi, Alfredo Le Pera y Carlos Gardel escribieron en 1933 el tango Silencio, cuya letra relata la muerte de cinco hermanos en la Gran Guerra en la que se precipitó Europa, extrañamente, entre 1914 y 1918. Escribí extrañamente porque ninguno de los grandes líderes políticos de la Europa de mitad del siglo XIX hubiera entendido, desde su contexto, por qué la Europa de 1914 decidió el camino del conflicto en lugar de negociar.

La canción, interpretada por la voz más importante del tango, es un himno a las muertes inentendibles de aquel conflicto y a su presencia en el presente. Asimismo, en ese tango hay una representación muy viva de uno de los impactos culturales de la Primera Guerra Mundial en América Latina: el que se manifiesta en la música y el que volvió inentendible para muchos latinoamericanos ver al Viejo Continente en llamas.

Conmemorar el armisticio implica reflexionar sobre la guerra, sobre la violencia, sobre el nacionalismo y sobre la paz.

Este 11 de noviembre se conmemoran cien años del armisticio, el acontecimiento que puso fin a ese conflicto cuyas consecuencias fueron de carácter global. Además, fue la primera guerra sin límites éticos y especialmente sangrienta y terrible para todas las poblaciones que se involucraron en ella. En cierta medida, eso fue un presagio de lo que ocurriría a partir de 1939.

Nadie aprendió. En 1914, Europa estaba a la puerta de un siglo en el que las mayores crueldades basadas en el patriotismo y la revolución estaban por verse. Conmemorar el armisticio implica reflexionar sobre la guerra, sobre la violencia, sobre el nacionalismo y sobre la paz. Lamentablemente, las lecciones de la Primera Guerra Mundial no se aprendieron inmediatamente.

En el periodo posterior a 1918, los fascistas pululaban en toda Europa por efecto del desborde de los nacionalismos. Ese desarrollo de la ultraderecha fue también una consecuencia del colapso del liberalismo del siglo XIX y de sus clases dirigentes, combinado con el desencanto, la desorientación y el descontento de ciudadanos que ya no tenían una idea clara de a quién debían ser leales.

El fascismo, empero, difería mucho de la forma como el liberalismo había conceptuado a la democracia. El liberalismo impulsó la división de poderes alentada por la Ilustración y puso en práctica la idea de desarrollar elecciones para elegir las autoridades gubernamentales.

El fascismo, en cambio, despreciaba esos conceptos y aspiraba a un régimen de control absoluto del poder, aunque para lograrlo utilizó las sendas que la democracia liberal había construido. Como lo describió el historiador marxista británico E.J. Hobsbawm: “La novedad del fascismo era que, una vez en el poder, rehusó jugar los viejos juegos políticos y conquistó completamente todo cuanto pudo”.

Escenografía. El fascismo eliminó todas las formas políticas e institucionales heredadas del pasado y creó toda una escenografía política que desplegó a través de ceremonias militares, civiles y populares y cuya meta fue sostener en el poder a un líder absoluto en una dictadura absoluta.

Ese pasado debería decirnos algo sobre el presente, de manera que podamos advertir las vías por las cuales se puede entender mejor el conflicto que estamos viviendo en estos momentos en nuestro continente. Asistimos hoy, peligrosamente, al eco de aquellos discursos de odio y discriminación que destruyeron Europa. No hay que dejar que las experiencias del pasado se olviden en el silencio. El presente tan complicado que nos toca enfrentar y el futuro cercano de nuestras hijas y nuestros hijos no nos lo perdonaría.

El autor es historiador, director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central de la Universidad de Costa Rica.