Editorial

Retos del comercio exterior

La política económica de Estados Unidos podría cambiar en un futuro cercano e imponer nuevos riesgos que, de materializarse, disminuirían las entradas de capital

El vigésimo aniversario del Ministerio de Comercio Exterior (Comex), celebrado la semana pasada, es una buena ocasión para discutir los retos pendientes del comercio exterior de Costa Rica. En estos veinte años, ha habido logros innegables –incremento y diversificación de exportaciones y firma de muchos tratados de libre comercio–, pero también se contabilizan varios desafíos pendientes, algunos recientes y preocupantes, que podrían limitar el financiamiento del desequilibrio de la balanza de pagos y el buen desempeño del sector externo.

Los logros observados en estas dos décadas son impresionantes. Amparado a varios programas de ajuste estructural (PAE) auspiciados por el Banco Mundial (BM) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) en las décadas de los 80 y 90, y un tinglado de tratados de libre comercio multilaterales y bilaterales –no menos de 14 en total–, el país pasó de ser un exportador de pocos bienes tradicionales como café, banano, azúcar y cacao –conocido en la jerga de entonces como una economía de postres– a otro caracterizado por la diversificación e incremento de la oferta exportable, incluidos una amplia variedad de bienes y un creciente número de servicios.

Pasamos de exportar $2.675,8 millones en 1996, según la Memoria Anual del Banco Central de esa época, a un valor superior a los $17.000 millones en el 2016. Pero en 1996, al igual que en el 2016, las exportaciones fueron insuficientes para financiar la brecha de la cuenta corriente de la balanza de pagos, actualmente estimada en el equivalente a un 4,2% del PIB. Ahí surgen varias preocupaciones.

Durante estos años, el déficit en la cuenta corriente se ha financiado con un alto componente de entradas directas de capital, lo cual ha permitido incrementar las importaciones sin poner mucha presión sobre el tipo de cambio para equilibrar las cuentas externas. En los últimos cinco años, este monto ha rondado $3.000 millones anuales (con variaciones) y también coadyuvó el financiamiento público en instrumentos denominados en monedas extranjeras (eurobonos), suficientes para financiar el déficit comercial y permitir, además, una importante acumulación de reservas.

En los últimos meses, sin embargo, la situación ha variado en dos sentidos: primero, el mercado cambiario se volvió menos superavitario y las entradas de capital público y privado fueron insuficientes para financiar el déficit, por lo que las cotizaciones comenzaron a subir. Segundo, la política económica de Estados Unidos podría cambiar en un futuro cercano e imponer nuevos riesgos que, de materializarse, disminuirían las entradas de capital.

Si en ese país se modificaran los impuestos aplicables a las empresas y, además, se impusieran aranceles a la importación de bienes producidos por empresas de capital norteamericano radicadas en el exterior, disminuiría el atractivo para la inversión extranjera en nuestros países y podría afectarse el financiamiento de la balanza de pagos. Si a eso se suma el incremento en las tasas de interés en los mercados internacionales, la situación se podría complicar. De ahí la importancia de contar con un sistema cambiario flexible y solucionar el déficit fiscal, que incide sobre el faltante de la balanza de pagos.

Lo anterior es uno de los principales retos del comercio exterior, pero no el único. En el auge y diversificación de las exportaciones, los PAE y TLC fueron instrumentales; los primeros produjeron una reducción unilateral de aranceles a las importaciones, muy elevados conforme al modelo de sustitución de importaciones imperante en la época y, los segundos, permitieron profundizar la apertura y avanzar en otros aspectos, incluidos normas de origen, apertura de servicios (telefonía, seguros) y tratamiento legal a las inversiones extranjeras. Pero todos esos avances demandan una administración apropiada de los tratados, aspecto que no se ha manejado de la mejor manera posible.

Comex ha manejado eficientemente la negociación y ampliación del número de tratados, pero no ha sido igualmente eficiente en su administración. No solo es importante dar seguimiento al déficit comercial individual y global, sino investigar las razones del comportamiento de las variables y proponer ajustes para sacar el mejor provecho posible de los TLC. Hay también barreras no arancelarias que pueden, en muchos casos, hacer nugatoria la desgravación (en perjuicio de los productores nacionales, como el limitado acceso de la leche nacional al mercado mexicano) o la imposición de normas fitosanitarias en territorio nacional (como el caso del aguacate Haas proveniente de México), en perjuicio de los consumidores costarricenses.

Igualmente se ha señalado la necesidad de mejorar las cadenas de valor e incorporar mayores porcentajes de valor agregado nacional a las exportaciones emanadas del territorio nacional, en particular las originadas en las zonas francas. Según informamos la semana pasada, las compras nacionales de bienes y servicios por parte de las empresas bajo regímenes especiales pasaron de $1.164 millones en el 2011 a $1.516 en el 2016, un incremento del 30% en cuatro años que no resulta despreciable, aunque siempre se podría hacer más. Es otro reto pendiente.

Sacar provecho a los tratados internacionales también exige mejorar la productividad de los exportadores costarricenses, aspecto que excede las competencias del Comex. Corresponde al Gobierno como un todo buscar la forma de que el parque nacional pueda competir más exitosamente, no solo en el exterior sino localmente con productos del extranjero, en lo cual el país está muy rezagado según los índices del Foro Económico Mundial. El Comex debería liderar las reformas necesarias por implantar por los distintos órganos e instituciones públicas y hacer de la mayor productividad una de sus tareas principales.

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