Allí donde la sociedad ha fallado, la escuela no puede dejar de afirmarse como un espacio libre de bajezas humanas y constructor de un futuro mejor

 14 febrero, 2012

Una niña negra de 13 años se bañó en talco para disimular el bello color de su piel. Sus condiscípulos, empeñados en hacerle la vida imposible, la acosan con comentarios racistas al punto de infundirle rechazo a la escuela, episodios de ira en la casa y contribuir a la pérdida de dos años reprobados. La situación ofende el más básico sentido de la justicia y alerta sobre dos problemas innegables: la existencia de racismo en nuestra sociedad y la aparición, cada vez más frecuente, del matonismo en los centros educativos.

En ambos casos, la raíz del problema está en el hogar. Los niños reproducen patrones de conducta aprendidos en el entorno familiar, donde ningún comentario ni actitud negativos deben verse como inocentes. La labor de hacer del racismo y la xenofobia prácticas inaceptables en todos los ámbitos corresponde a la sociedad en su conjunto, comenzando por las autoridades políticas y los medios de comunicación. Pero allí donde la sociedad ha fallado, la escuela no puede dejar de afirmarse como un espacio libre de estas bajezas humanas y constructor de un futuro mejor.

La niñez y juventud costarricenses le deben al sistema educativo una conciencia ecológica bien desarrollada. Las nuevas generaciones –para saberlo basta conversar con sus miembros– comparten un notable compromiso con el ambiente, muy superior a sus predecesoras. Es indispensable practicar el combate al racismo y la xenofobia con idéntica determinación.

El fenómeno del matonismo en los centros educativos, demasiado común en otros países, como Estados Unidos, donde se le conoce como “bullying”, es responsable de humillaciones y heridas sicológicas difíciles de rectificar. Niños y jóvenes con sobrepeso, poco hábiles para la práctica del deporte, afectados por discapacidades, con inclinaciones sexuales salidas de lo común o, en general, diferentes por cualquier motivo, han sido martirizados hasta el suicidio.

No se trata, pues, de un juego de niños. Padres y educadores deben estar atentos a cualquier síntoma de este tipo de violencia. La más frecuente y obvia, en el caso de las víctimas, es el temor o rechazo a ir a la escuela, además de la depresión, el aislamiento y la disminución del rendimiento académico. Pero la reacción oportuna ante situaciones aisladas no resuelve el problema.

Las propias autoridades educativas advierten la tendencia creciente del fenómeno, y esa circunstancia impone el deber de revisar lo hecho hasta ahora para incorporar el aprendizaje de la sana convivencia al programa educativo. Es necesario, además, diseñar instrumentos preventivos de alcance general, incluyendo una intensa capacitación de los educadores. El docente debe ser capaz de identificar la anomalía e intervenir con eficacia en busca de una solución, con la protección de la víctima como preocupación inmediata y la educación del victimario como objetivo final.

El racismo y el matonismo confluyen, desafortunadamente, en el caso de la niña para quien el quinto grado se convirtió en un infierno. La pequeña llora a la entrada del centro educativo y se niega a participar de los paseos escolares. Los padres de sus compañeritos harían un aporte invaluable a la educación de sus hijos si se percataran de la situación e intervinieran para remediarla. Desafortunadamente, no es fácil reclutar la ayuda de los progenitores. Según la maestra de la pequeña acosada, conversó con los responsables de los victimarios, pero “algunos acatan la recomendación de corregir a los niños, a otros les es indiferente, y unos se enojan y la tratan a una de mentirosa”.

La educadora más bien teme la reacción de los padres ante posibles remedios disciplinarios. “Imponerles una acción correctiva a los agresores implicaría que los padres puedan denunciarnos”, afirmó. Para encarar estos problemas, los maestros necesitan contar, también, con instrumentos disciplinarios adecuados. Esa es otra tarea pendiente porque, si nuestra sociedad no logró educar a los padres, está a tiempo para formar mejor a los hijos.

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