Editorial

Editorial: Urge reconstruir la educación

A las deficiencias de los educadores se suma una burocracia incapaz de supervisar métodos y contenidos, como quedó demostrado, una y otra vez, en días recientes

El profesor de undécimo incapaz de ubicar los programas de ajuste estructural en el tiempo, pero empeñado en atribuirles un sinnúmero de efectos negativos, muchos de ellos previos a la existencia de los acuerdos suscritos con el Banco Mundial para superar la crisis de comienzos de los ochenta, no es el único dedicado a transmitir falsedades acordes con su visión del mundo. Él mismo confesó que la lección en video “no fue más que una extensión de lo que ocurre a diario dentro de las aulas en las lecciones de Estudios Sociales”.

Es cierto. A los estudiantes se les ofrece una versión distorsionada de la historia, inútil para la ponderación crítica de los verdaderos retos del país, incluida la pobreza y otros males. Los problemas, dice el relato fantástico, no existían. Los creó la supuesta reducción del Estado y la apertura comercial. Las estadísticas apuntan a lo contrario, pero los hechos importan poco a un sector de educadores con gran sentido de pertenencia a la burocracia y aprecio por los beneficios dispensados a sus grupos de presión.

Si la “lección” del programa Aprendo en Casa TV, del Ministerio de Educación Pública, no es única en su falta de rigor y pobre formación del protagonista, cuando menos encuentra explicación en obvias motivaciones ideológicas. Pero, así como el vídeo refleja la cotidianeidad de muchos cursos de Estudios Sociales, los exámenes de todo tipo, especialmente, las mediciones internacionales, reflejan la pobre calidad de la educación en otras disciplinas.

El 74% de los maestros de primaria, encargados de enseñar a leer y escribir, confesaron a los investigadores del informe sobre el Estado de la Educación su poca afición por la lectura. La conciben como un ejercicio ineludible y son incapaces de transmitir el gusto por su práctica. No es difícil explicar por qué los niños salen de la escuela sin comprender lo que leen y con pésima ortografía.

Si la lectoescritura anda mal, nada puede estar bien en el sistema. El lenguaje es la base de las demás áreas del saber; es “la cintura” de la enseñanza, dice Isabel Román, coordinadora del estudio. También constituye una herramienta fundamental para el desarrollo de la identidad de las personas y su integración exitosa a la sociedad.

Esa deficiencia básica podría explicar, parcialmente, el pobre desempeño en Matemáticas y Ciencias. Si los alumnos no entienden los textos, tampoco comprenderán la materia. Pero buena parte de la explicación está en la mala formación de los docentes. Diversos estudios acreditan la desconexión entre la materia a impartir y los conocimientos de los educadores. Solo una tercera parte de los profesores de inglés, por ejemplo, tienen dominio avanzado del idioma.

A las deficiencias de los educadores se suma una burocracia incapaz de supervisar métodos y contenidos, como quedó demostrado en días recientes por el vídeo de Estudios Sociales, el material de fuerte sentido erótico publicado en la revista Conexiones y el escándalo de las pruebas Faro, cuyo cuestionario resultó tan criticable como el esfuerzo exigido a los niños para contestarlo. Todo sin mencionar los exámenes rigurosamente ideológicos legados por la anterior administración y eliminados a inicios de la actual, luego de una denuncia de La Nación.

Así nos encontraron las huelgas y la disrupción de la pandemia. Esos fenómenos constituyen el remate de las demás deficiencias y no sus causas. La urgente reconstrucción del sistema educativo exige un diagnóstico más amplio. Quizá pecamos de excesivo optimismo al sugerirlo, al menos si las posibilidades de reforma se juzgan por las escasísimas y paupérrimas referencias al tema en la campaña política.

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