3 octubre, 2019

Las declaraciones de Hosein Salami, general de división y comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria iraní, despejan toda duda sobre la necesidad de evitar el desarrollo de armas nucleares en la república islámica. La destrucción de Israel ya no es un sueño —dijo— sino un objetivo realizable.

Tanto más realizable sería si el régimen fanático de Teherán poseyera armas nucleares. Israel las tiene, pero también tiene demostrada su condición de potencia responsable. El único Estado verdaderamente democrático del Oriente Próximo es blanco constante de críticas, en ocasiones merecidas, mas casi siempre formuladas sin considerar el peligro existencial planteado por organizaciones y gobiernos extremistas.

La destrucción del Estado judío, y de cualquier otro, solo podría ser el sueño de una mente enferma. Su descripción, pronunciada por el jefe de la Guardia Revolucionaria con total indiferencia hacia el potencial sufrimiento humano, es escalofriante.

El militar iraní hace un favor al recordarnos el peligro. La desenfadada invocación del sueño de destrucción no autoriza a Israel a reaccionar sin apego a los valores presentes en su creación y en la milenaria tradición de su pueblo. No justifica los excesos de fuerza y mucho menos la anexión de la margen occidental del Jordán, segura destrucción de ese otro sueño —mucho más digno del nombre— consistente en la creación de un Estado palestino.

La fórmula de los dos Estados, capaces de convivir en paz, es difícil de concretar. Oleadas de estadistas lo han intentado sin éxito; sin embargo, sigue siendo la mayor esperanza de paz. El asunto es objeto de debate en Israel y los resultados de las recientes elecciones hacen dudar de la capacidad del nuevo gobierno —si Netanyahu logra formarlo— de poner la anexión en práctica.

Pero, en Teherán, apenas hay debate. La paz no encuentra lugar entre los objetivos de una política exterior movida por un odio tan feroz que habita los “sueños” de la dirigencia y se anuncia públicamente como próximo a materializarse. El objetivo no es la preservación de la seguridad del país ni la protección de intereses nacionales, sino la destrucción de Israel, no importa cuánta sangre corra.

La destrucción del Estado judío, y de cualquier otro, solo podría ser el sueño de una mente enferma. Su descripción, pronunciada por el jefe de la Guardia Revolucionaria con total indiferencia hacia el potencial sufrimiento humano, es escalofriante. En los primeros 40 años de revolución, “logramos alcanzar la capacidad para destruir al régimen sionista (…), en la segunda fase, este régimen siniestro debe ser borrado del mapa, y esto ya no es un ideal o sueño, sino un objetivo realizable”, afirmó.

Nada más hace falta para certificar la locura de permitirle a Irán el desarrollo de armas nucleares. El tratado denunciado por la administración Trump era perfectible, pero planteaba la mejor y más realista posibilidad de contener el desarrollo de armas nucleares por la vía diplomática.

Bajo el peso de renovadas sanciones, Teherán anunció su disposición a aceptar mecanismos de inspección mucho más invasivos y certeros. Las potencias firmantes del acuerdo inicial deben tomarle la palabra. El régimen islámico plantea retos demasiado formidables para la impulsividad y la retórica violenta y hueca. El mismo fanatismo que lleva a proclamar la destrucción de Israel como objetivo esencial del proceso revolucionario alienta a los iraníes a jugar con fuego, ya sea mediante la detención de buques occidentales, la destrucción de instalaciones petroleras sauditas o la intensificación del apoyo a grupos terroristas.

La administración estadounidense ha preferido procurar casuales contactos de alto nivel, hasta ahora rechazados por los iraníes, en vez de conducir un proceso diplomático pausado y coherente para restablecer y mejorar la garantía del fin indispensable: negar a un régimen fanático la posibilidad de realizar su “sueño”.