Hace 6 días

La Organización Mundial de la Salud (OMS) concluyó el martes su Asamblea General de este año sumida en enormes desafíos. Los países responsables, que tanto dependemos de ella, debemos hacer lo posible por que los supere con rapidez, solidez y sin menoscabo de su integridad técnico-científica, que es clave para todos.

La pandemia de la covid-19 es, por supuesto, el gran reto inmediato. Se trata de la mayor emergencia sanitaria global en más de una generación. El virus no respeta fronteras ni regímenes políticos, ha tomado por sorpresa a los sistemas nacionales de salud, y en su primera gran ola de contagios y muertes ha impactado tanto a países ricos como pobres, pero es posible que, en una segunda, estos últimos sufran de manera mucho más brutal. Son precisamente los países más débiles económica e institucionalmente los que más necesitan de la organización. Pero su capacidad de guía, coordinación, integración y movilización la requerimos todos. De hecho, parte del éxito que nuestro país ha tenido hasta ahora en el enfrentamiento del coronavirus se debe a las orientaciones de la OMS.

Tantas y tan profundas urgencias harían suponer, racionalmente, que todos sus integrantes estarían volcados en esta coyuntura a fortalecer la entidad. Esto no quiere decir complacencia de sus distorsiones organizacionales o yerros operativos, sino búsqueda de soluciones y despliegue de las mejores estrategias y prácticas posibles para contener la pandemia y apuntalar la capacidad de respuesta de la organización y todos los países.

Sin embargo, lo que quedó en evidencia de manera ostensible durante la Asamblea General, y que ya se había manifestado previamente, es que Estados Unidos y China han convertido a la OMS en escenario de un nuevo capítulo de su competencia geopolítica. Por desgracia, los mandatarios de ambas potencias, con tácticas diferentes, se han dedicado a instrumentalizarla para impulsar sus intereses, con desdén y menoscabo tanto para la organización como para el resto de sus integrantes.

Desde hace varias semanas, el presidente Donald Trump se ha dedicado, de manera creciente, a culpar tanto al secretismo de China (que es real) como a una supuesta reacción negligente y cómplice con este país del secretario general de la OMS, Tedros Adhanom (que lo es mucho menos), de ser responsables de la rápida diseminación del virus. Claramente, su objetivo ha sido desviar la atención del pésimo manejo inicial de la pandemia por parte de su gobierno y trasladar las culpas a otro. Sin embargo, las consecuencias de esta viciada estrategia son enormes. Trump ya frenó las contribuciones de su país a la organización, que son las más cuantiosas, y ha amenazado con retirarse de ella si, en el curso de 30 días, Adhanom no complace una serie de exigencias contenidas en una carta que le dirigió la noche del lunes, entre ellas una investigación inmediata que debería partir de supuestos sesgados.

China, por su parte, ha mantenido su falta de transparencia sobre el origen y manejo de la pandemia. Su presidente, Xi Jinping, aprovechó el vacío que ha dejado Estados Unidos para presentarse como el virtual “salvador” de la organización, al anunciar ante su Asamblea la entrega de $2.000 millones, en el curso de dos años, para fortalecerla en la lucha contra el coronavirus. Se trata de un paso más hacia su politización —de la que nunca ha estado ajena del todo— y hacia el debilitamiento de sus objetivos, siempre cruciales, pero ahora críticos.

La Asamblea decidió impulsar una evaluación independiente, que no será inmediata, sobre la respuesta de la organización a la pandemia. Difícilmente, esto complacerá a Estados Unidos, por lo cual lo peor de sus amenazas podría materializarse y, así, dejar el campo todavía más abierto para la manipulación de China. En todo caso, la investigación debería extenderse a las estructuras y procesos decisorios de la OMS. Porque a la organización y, sobre todo, su misión, no solo hay que protegerlas de las oportunistas interferencias externas estadounidenses y chinas, sino también de sus propios dirigentes.