18 marzo, 2018

Las segundas rondas electorales suelen traer sorpresas, no solo en Costa Rica, sino también en otros países del orbe. Ante ellas, las fuerzas políticas se reacomodan y cuando el número inicial de partidos es alto, como ocurrió aquí en febrero, los finalistas apenas tienen la simpatía de un pequeño subgrupo de votantes. Precisamente por no haber obtenido más del 40 % exigido por la Constitución, van a segunda ronda. En el balotaje no es extraño encontrar que muchos voten para oponerse a una opción, más que para favorecer a la otra.

Con el ánimo de atraer votantes, los partidos y candidatos finalistas suelen ceder en parte de sus planteamientos para encontrar zonas de acuerdo con simpatizantes de otras tendencias. Eso puede ser bueno, porque obliga a buscar la unidad nacional. Aunque también puede oscurecer el norte político de sus agrupaciones. Cuando dos partidos con propuestas electorales disímiles se unen para la segunda ronda, ¿qué guía el actuar de los diputados electos en febrero?

Mientras mejor definan sus programas e intenciones, más seguridad darán a los votantes y a las iniciativas empresariales

Las últimas semanas, y días, nos han mostrado importantes alianzas que los candidatos Fabricio Alvarado y Carlos Alvarado han encontrado necesarias para aumentar la probabilidad de obtener un resultado electoral favorable y –más importante aún– hacer una buena ejecutoria de gobierno en caso de resultar electos. Por ser el tema fiscal el talón de Aquiles de la economía costarricense, y porque otros temas económicos, como el financiamiento de las obras de infraestructura pública y el abaratamiento de la electricidad, también sobresalen en la agenda nacional, la eventual conformación de los equipos económicos ha tomado gran importancia.

Recientemente, hemos visto la adhesión a uno y otro partido de expertos que favorecen la operación del sistema de mercado sobre la dirección estatal. Esto, con la excepción de algunos reductos del dogmatismo, ha sido muy bien recibido, pues alienta la esperanza de que el problema fiscal reciba con prontitud la atención que demanda.

Pero eso no es gratis. Las tendencias coaligadas deben dejar muy claramente definida la “hoja de ruta”, a efecto de que la yunta que eventualmente ejerza el gobierno –desde el Poder Legislativo y, especialmente, desde el Ejecutivo– se mueva en un único sentido y no se enrede en la indecisión, como en parte ha ocurrido con la administración Solís Rivera, ni en innecesarias contradicciones.

Nos satisface la conformación que, en principio, muestran los equipos económicos de los dos candidatos. Conviene tener presente que otros temas constituyen preocupación de los votantes y también en esto es bienvenido el esfuerzo por encontrar zonas de común acuerdo. Quizá un buen inicio sea moderar los planteamientos extremos.

Al igual que ha ocurrido en otros países, en Costa Rica se ha dado un serio cuestionamiento del papel de los partidos más grandes –el Partido Liberación Nacional y el Partido Unidad Social Cristiana– y por eso nuevas fuerzas políticas obtuvieron los mayores porcentajes de votación en las elecciones de febrero, pero las nuevas opciones no deben representar un salto al vacío. Por eso aquieta ver la participación de personas experimentadas al lado de los nuevos liderazgos. Mientras mejor definan sus programas e intenciones, más seguridad darán a los votantes y a las iniciativas empresariales. Los dos meses entre convocatorias electorales son un periodo de incertidumbre, quizá demasiado prolongado. Por eso hay iniciativas de ley para acortarlo. Mientras tanto, es imprescindible cimentar la tranquilidad.