9 febrero

El sólido triunfo de Nayib Bukele en las elecciones presidenciales celebradas el pasado domingo ha abierto el camino hacia un profundo cambio político en El Salvador. Cuán relevante será y de qué manera incidirá en el desarrollo y bienestar de los ciudadanos, está por verse, pero en lo inmediato han quedado de manifiesto dos mensajes incontrovertibles: la fatiga de los salvadoreños con el desempeño de los dos grandes partidos que han dominado su vida política por tres décadas y la solidez y pulcritud de su proceso electoral, transcurrido con absoluta normalidad y que condujo al rápido anuncio del incontrovertible resultado.

Bukele centró su campaña en atacar a “los mismos de siempre” y presentarse como un agente de cambio, distante de los vicios de la política, a pesar de que ha participado activamente en ella desde el 2012

Con apenas 37 años, Bukele, exalcalde de Nueva Cuscatlán y San Salvador y exmilitante del gobernante Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), se impuso cómodamente con el 53 % de los votos, como candidato de la conservadora Gran Alianza Nacional (GANA), partido al que nunca había pertenecido. El candidato de la derechista Alianza Republicana Nacionalista (Arena), Carlos Calleja, empresario sin experiencia política, obtuvo el 32 %, mientras el excanciller Hugo Martínez fue humillado junto con el FMLN, con apenas el 14 %. Es decir, aunque la factura de los electores fue muy severa para ambas agrupaciones, el rechazo a la antigua guerrilla tuvo una magnitud catastrófica, con implicaciones para la geopolítica latinoamericana.

Bukele centró su campaña en atacar a “los mismos de siempre” y presentarse como un agente de cambio, distante de los vicios de la política, a pesar de que ha participado activamente en ella desde el 2012. Arena y el FMLN, severamente golpeados por escándalos de corrupción y desgastados por varios años de ejercicio gubernamental, fueron incapaces de articular un mensaje convincente. Además, el trasfondo de un crecimiento económico crónicamente aletargado, con altos índices de pobreza, desempleo, exclusión y violencia, debilitó, aún más, la credibilidad de ambos partidos como opciones para mejorar las condiciones de vida de la población. Si Bukele será capaz de hacerlo, es algo que está por verse.

Sus propuestas programáticas durante la campaña fueron extremadamente imprecisas; su desempeño en la alcaldía capitalina, tan pródigo en obras como desbocado en endeudamiento; y aún no ha constituido un equipo suficientemente sólido y articulado para asumir el gobierno. Además, al menos hasta las próximas elecciones legislativas, por celebrarse en marzo del 2021, deberá lidiar con una Asamblea Legislativa controlada por los bloques de Arena y el FMLN. En esas condiciones, cumplir las enormes expectativas generadas durante la campaña le resultará extremadamente difícil.

Desde el punto de vista sustantivo, Bukele y el partido del que se valió para inscribir su candidatura están mucho más cerca de Arena que del FMLN; de hecho, GANA, establecido por el convicto expresidente José Antonio Saca, fue un desprendimiento del primero. Además, la pertenencia del presidente electo a una rica familia de comerciantes puede facilitar el entendimiento con los sectores preponderantes en ese partido. Sin embargo, un acercamiento extremo también arriesgará la imagen de independencia y cambio construida durante la campaña. Por ello, deberá ser muy cuidadoso en el manejo de las alianzas.

De momento, lo más importante es que Bukele aclare bien sus prioridades, constituya un gabinete sólido, ojalá excelente, y tan pronto llegue a la presidencia desarrolle iniciativas eficaces para contener la violencia, actuar sobre sus causas estructurales y, a la vez, reactivar la economía y reducir la pobreza. Todas son tareas muy difíciles, hasta ahora abordadas de manera contradictoria y con poco éxito. No existe ninguna certeza de que el indudable cambio político también conduzca a la necesaria mejora en las condiciones de vida. Pero ha surgido la esperanza de que podría ser.