Hace 6 días

Nuestro editorial del 12 de junio abogó por una reforma legal para permitir a la Refinadora Costarricense de Petróleo (Recope) incursionar en la investigación y eventual producción de combustibles alternativos, sin extender el monopolio de la empresa estatal más allá de los hidrocarburos.

Con el monopolio, la ley también asignó a Recope la misión de abastecernos de hidrocarburos, no de otras fuentes de energía. Cuando la empresa estatal intentó incursionar en la producción de hidrógeno junto a Ad Astra Rocket, la firma de Franklin Chang, la Procuraduría le señaló la obligación de ceñirse a la misión encomendada por el legislador y eso dio al traste con la iniciativa.

El hidrógeno, dicen sus críticos, es más bien una fuente de energía obsoleta en vista del rápido desarrollo de las baterías, un método más eficiente para almacenar energía

Para ir más allá de los hidrocarburos, Recope necesita la reforma legal, no importa cuál fuente alternativa de energía decida explorar, sea hidrógeno o alguna otra, pero la experiencia desaconseja ampliar el monopolio para incluir las posibles fuentes del futuro. Eso no quiere decir que el país deba desperdiciar capacidades de investigación, estén en Recope o en otra parte, incluida, por supuesto, la iniciativa privada.

Por ello, reiteramos la sugerencia de hacer las modificaciones necesarias sin ampliar el monopolio estatal. Pero en el mismo editorial mostramos entusiasmo por el desarrollo de la tecnología basada en hidrógeno derivado del agua, no de los hidrocarburos. El planteamiento —compartido por el gobierno al punto que la inauguración del presidente, Carlos Alvarado, exhibió un autobús propulsado por celdas de hidrógeno— despertó un interesante debate sobre la conveniencia de apostar al desarrollo de esa fuente de propulsión. Vale la pena reseñar los argumentos esgrimidos.

El hidrógeno, dicen sus críticos, es más bien una fuente de energía obsoleta en vista del rápido desarrollo de las baterías, un método más eficiente para almacenar energía. El proceso de producción exige importantes cantidades de energía y el resultado final no será más limpio que la energía utilizada para producirlo.

El hidrógeno es también más caro que otras fuentes de energía, entre ellas los paneles solares combinados con baterías, aunque el Dr. Chang está consciente de que “debe costar lo mismo que un bus de diésel, porque, si no, no da el negocio, no vale la pena”. Sin embargo, los vehículos capaces de moverse con hidrógeno tienen precios altísimos. Un autobús de ese tipo cuesta $275.000. También es considerable el costo de la infraestructura necesaria para la distribución y almacenamiento.

El reconocido químico y exrector de la Universidad de Costa Rica Fernando Durán Ayanegui, en su columna del domingo 12 de mayo, publicada en estas páginas, recordaba que “la única fuente natural de hidrógeno libre del sistema solar no se halla en algún planeta sino en el omnipresente Sol, un lugar inaccesible. Así las cosas, si deseamos tener el hidrógeno como recurso energético principal en la tierra, tenemos que producirlo artificialmente; y todos los métodos posibles para lograrlo tienen costos económicos y ambientales que deben ser evaluados antes de erigirle templos a un nuevo dios que podría resultarnos económicamente falso”.

El día de la toma de posesión, el presidente Alvarado emitió una directriz para impulsar el uso del hidrógeno, con la magnífica intención que explica, también, nuestro entusiasmo: la sustitución del combustible fósil en el transporte para evitar emisiones contaminantes. La directriz pide a las instituciones encargadas del ambiente y la energía entregar, en seis meses, un plan para la investigación, producción y comercialización del hidrógeno. Visto el peso de los argumentos en contra, no conviene saltarse el debate, como hicimos nosotros en el editorial citado.