20 junio

La Organización Mundial del Comercio (OMC) necesita mejorar su gobernanza, actualizar sus normas y superar categorías relegadas por la realidad. Pero eso no implica debilitarla, sino reformarla para que cumpla a cabalidad su misión esencial: impulsar una apertura creciente del intercambio global de bienes y servicios en un marco normativo confiable, estable e igualitario.

La distribución de cargas y costos entre los países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) debe revisarse con el fin de que el peso del presupuesto se distribuya mejor. Sin embargo, de ahí a considerarla obsoleta o a dudar de su función indispensable como pilar de la defensa de Europa y Norteamérica hay una enorme distancia.

China no es un socio comercial confiable. Subsidia empresas en menoscabo de sus competidores internacionales, irrespeta la propiedad intelectual y pone trabas o requisitos indebidos a compañías extranjeras que desean operar en su territorio. Pero la forma de lidiar con una contraparte plagada de tantas distorsiones y, además, un ímpetu creciente de proyección geopolítica, no es promoviendo riesgosas “guerras” comerciales ni tendencias proteccionistas.

En todos estos casos, en algún momento de su presidencia, Donald Trump ha planteado inquietudes válidas —y también poco originales—, pero las ha abordado de manera equivocada. A menudo, ha optado por las fricciones y conflictos con sus aliados, no en busca de entendimientos y generación de confianza. Más que apostar a la reforma de instituciones internacionales clave y necesitadas de mejora, se ha dedicado a erosionarlas y a pretender transacciones puntuales desde posiciones de poder. En lugar de mantener un liderazgo constructivo de Estados Unidos, ha optado por un exclusivismo que abre el camino a otros, en particular China. Y, en todos los casos, pareciera estar más preocupado por su reelección que por los intereses genuinos de Estados Unidos y sus aliados.

Ahora, le ha tocado el turno, de nuevo, al Grupo de los 7 (G7), integrado por Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y el Reino Unido. Ya en junio del 2018, durante la cumbre presidida por el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, Trump creó un cisma interno al negarse a suscribir el comunicado final y abandonar la reunión antes de que terminara. Este año, la presidencia rotativa y, por ende, la sede de la reunión anual de jefes de Estado y Gobierno corresponde a Estados Unidos. Pero lejos de aprovecharla como plataforma para avanzar en las necesarias reformas internas, a partir de adecuadas negociaciones previas, Trump parece decidido a utilizarla para impulsar iniciativas de alto riesgo para el grupo.

La principal fue el anuncio, hace dos semanas, de que invitará a Vladimir Putin a la reunión, junto con los primeros ministros de Australia, Corea del Sur y la India. Según las normas del grupo, el anfitrión es libre de invitar a terceros; sin embargo, esto no implica incorporarlos al G7, como sugirió Trump.

Peor aún, la eventual presencia de Putin significaría, de hecho, aceptar el regreso de Rusia, expulsada del entonces G8 en el 2014, tras anexionarse Crimea, algo que británicos y canadienses rechazan enfáticamente. Además, Trump ha justificado en parte esta iniciativa con el argumento de que desea crear una alianza para oponerse a China, a pesar de que Rusia es uno de sus aliados declarados y que otros países europeos, entre ellos Alemania y Francia, rehúsan generar confrontaciones con Pekín.

Por el momento, ni siquiera se sabe cuándo será la cumbre en Estados Unidos, tras el descalabro de dos fechas posibles: primero, en mayo, por el rechazo a que se hiciera en un club privado de Trump cerca de Miami, y, luego, en junio, cuando la canciller alemana, Angela Merkel, dijo que no asistiría por precauciones sanitarias. La última posibilidad anunciada es en setiembre, pero aún no ha sido confirmada.

Quizá, de aquí a que se celebre el encuentro, haya tiempo para que Trump replantee sus aspiraciones y evite dar un virtual premio a Putin, a pesar de una fractura interna del G7. Sin embargo, el mero anuncio de esa posibilidad y las reacciones que ha generado en el seno de la alianza son razones de sobra para la inquietud porque no se trata de una iniciativa aislada, sino parte de una tendencia con múltiples antecedentes. Por esto, es mucho más peligrosa.