Editorial

Editorial: Luis Fernando Suárez ya no espera la voz de Dios

No extrañaría si a estas alturas es Suárez, y no la Fedefútbol, quien diga ‘esperemos, después del Mundial”, porque ‘la prioridad es Qatar’

“Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura”, se lee en la misiva enviada al emperador Carlomagno por su fiel consejero el monje Alcuino de York, allá por el siglo VIII, la más antigua alusión a la frase vox populi, vox Dei.

“La voz de Dios” ordenó el despido de Óscar Ramírez de la Selección Nacional, con el presidente de la Federación Costarricense de Fútbol como su intermediario. Rodolfo Villalobos jamás imaginó que atribuir la destitución a la divina voluntad de los aficionados lo llevaría en menos de cuatro años a una inevitable contradicción. Hoy, entre los logros, el jerarca se enorgullece de no haber cedido ante el juicio del pueblo ni al “¡fuera, Suárez!” en mitad de la eliminatoria rumbo a Qatar 2022.

La voz del pueblo quedó reducida a su carácter terrenal y Dios, que en realidad nunca se metió en contrataciones y despidos, se desentendió por completo del futuro del timonel colombiano en Costa Rica.

Quedó en manos de la Fedefútbol prorrogar el contrato a un técnico que hace rato hizo méritos para la renovación. Incluso antes de arrebatar a Panamá el cuarto puesto de la eliminatoria, había conseguido lo imposible: cuando los héroes del 2014 parecían marcharse sin relevo y con una eliminación a cuestas, de la nada aparecieron los debutantes, los ya no esperados, los integrantes de la Selección del futuro, los revulsivos de un logro, si se quiere, más difícil que la clasificación misma.

A partir de entonces, incluso sin importar el resultado del repechaje contra Nueva Zelanda, no había técnico más indicado para la ruta hacia el 2026 que Luis Fernando Suárez. Obligado por las circunstancias, en un todo o nada, el estratega acertó en una renovación que, hecha como Dios manda, debía haberse dado antes en un proceso paulatino entre Mundial y Mundial.

Inequívoca evidencia del rompecabezas que tuvo en su mesa son los 75 jugadores convocados, los 42 utilizados en la eliminatoria y los 12 que nunca antes se habían puesto la camiseta de la Selección.

“Aún no es tiempo de sentarse a negociar”, dijeron en la Fedefútbol en una y otra ocasión, siempre con un asunto más urgente a la mano: terminar entre los cuatro primeros de la eliminatoria, superar el repechaje, prepararse para la Copa Mundial.

Aunque inciertas, debido a las razones de tanta postergación —desde la muy costarricense costumbre de dejar “todo para última hora” hasta la especulación con los resultados que siempre empujan a vítores o maldiciones— hoy se corre el riesgo de que sea demasiado tarde.

No extrañaría si a estas alturas es Suárez, y no la Fedefútbol, quien diga “esperemos, después del Mundial”, porque “la prioridad es Qatar”. Tres veces mundialista con tres selecciones distintas, recibiendo guiños de aquí y allá, incluso de selecciones suramericanas, meditará bien su próximo paso.

Sin afán de malos augurios o pesimismo, en el peor de los casos, el proceso de reclutamiento no resulta desconocido en un país que se toma su tiempo para elegir bien, recibir currículos, asignar puntajes, consultar comisiones y, quizás, solo quizás, ahorrarse algunos meses de salarios entre un Mundial y el siguiente. Pueden ser seis meses, como sucedió entre la salida de Jorge Luis Pinto y el nombramiento oficial de Paulo César Wanchope, o los tres meses entre la salida de Óscar Ramírez y la elección de Gustavo Matosas, favorecido mediante un sistema científico con valores numéricos para las cualidades ideales de un seleccionador nacional.

Aunque resulta innecesaria tanta data, nada raro sería si después del Mundial corresponde publicar de nuevo el viejo aviso clasificado: plaza vacante.

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