Editorial

Editorial: Los hidrocarburos como arma de guerra

Putin utiliza la enorme dependencia energética europea de Rusia para impulsar sus agresiones

Era cuestión de poco tiempo para que la enorme dependencia de Europa de la energía rusa fuera convertida por Vladímir Putin en arma de guerra con propósito doble: penalizar tanto el apoyo que brindan a la invadida Ucrania la Unión Europea (UE) y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), principal alianza defensiva occidental, como las sanciones económicas impuestas a Moscú.

La represalia comenzó a ser orquestada el 31 de marzo, cuando el autócrata ruso decretó que, tan pronto llegaran los vencimientos de pagos por las importaciones de gas, las compañías, mediante un mecanismo diseñado para eludir las sanciones impuestas a su banco central, debían cancelarlos en rublos, no dólares o euros, como ha sido usual. El gran golpe finalmente llegó, el pasado miércoles, cuando Rusia anunció que había frenado las exportaciones del hidrocarburo a Polonia y Rumania por su negativa a utilizar el nuevo sistema de pago, al considerar que viola las sanciones impuestas por la UE.

Estos fueron los primeros países a los que se les venció el plazo, pero pronto seguirán los demás. Su disyuntiva será si asumir la misma actitud y arriesgarse, casi con certeza, a un corte de suministros súbito o aceptar lo dispuesto por Rusia y violar las normas de la Unión. Algunas compañías importadoras han dicho que el mecanismo no es incompatible con las disposiciones adoptadas por la UE. El viernes, sin embargo, sus autoridades aclararon que sí las violan y, por tanto, quienes acepten las disposiciones de Rusia incurren en desacato.

Con su chantaje, Putin pretende cumplir dos fines. El primero, por supuesto, se dirige a la represalia directa: el corte de gas tiene un impacto económico potencial enorme, con mayores perjuicios para los importadores más dependientes. El segundo es más indirecto, pero también muy serio: estimular una posible división en Europa entre los países que se niegan y los que aceptan plegarse, y entre estos y las autoridades de la UE.

Al utilizar el gas como virtual arma de guerra, Rusia ha traspasado un umbral que puede serle útil en lo inmediato, pero se volverá altamente perjudicial, sobre todo, a mediano plazo. Con esta decisión no solo ha perdido la poca credibilidad que le quedaba como proveedor confiable; más aún, es posible que acelere una decisión difícil, pero que Europa debe tomar lo antes posible por razones geopolíticas y morales: cesar no solo las importaciones de carbón (una decisión tomada) y petróleo (que parece a punto de tomarse), sino también de gas. Los costos serán muy graves, en particular, para los países altamente dependientes de esa fuente, como Moldavia (el 100% de sus necesidades), Bulgaria (un 77%), Alemania (un 49%), Italia (un 46%) y Polonia (un 40%), pero se justifican plenamente.

El crecimiento de la dependencia a lo largo de los años, debido a una creciente red de gasoductos y al mayor costo y dificultad de importar gas licuado por mar, respondió a dos grandes variables. Una fue la conveniencia; otra, la creencia de que Rusia nunca llegaría a cortar los suministros por razones extracomerciales (aunque ya lo había hecho contra Ucrania en el pasado). La racionalización, más bien, fue que vínculos de esa índole podían ser un factor atemperador de su política. Las presunciones fueron pésimas, y ya no habrá marcha atrás.

En vista de esta realidad, ha llegado la hora de que Europa rompa tales vínculos e imponga un embargo a las importaciones de gas ruso. Aunque económicamente traumática, será la forma más expedita de que se paralice la maquinaria militar de Rusia, que ha recibido alrededor de $50.000 millones de Europa por la compra de hidrocarburos desde que comenzó la invasión. El alto impacto en el producto interno bruto de los países más dependientes, sin embargo, será menor que el de la pandemia de la covid-19. En todo caso, es un precio justo que pagar por salvar vidas, frenar nuevas agresiones rusas más allá de Ucrania y enmendar el enorme descuido de la dependencia creada.

Quizá Putin ha cometido un nuevo error de cálculo, y su uso del gas como arma de guerra conducirá, más bien, a acelerar el colapso total de su economía y de su oneroso y criminal aparato militar. Mucho dependerá de los consumidores europeos.

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