9 enero

El primero de enero de 1999 el euro comenzó a operar como moneda común en los países integrados a la eurozona, que hoy totalizan 19. Su objetivo era evitar el costo de compra y venta de monedas europeas entre países vecinos, coadyuvar a la formación de la eurozona y dinamizar el comercio y el crecimiento interno de la región. La operación eficaz del euro exigía a los países adoptar una política macroeconómica común, con baja inflación, déficit fiscal y endeudamiento público. En lo externo, se esperaba que los países de la zona euro no experimentaran choques asimétricos, cuya afectación varía según las condiciones de cada miembro, pero, si se dieran, la colaboración entre los socios podría controlar los efectos.

Con el paso del tiempo, y contrario a lo esperado, la eurozona se fue dividiendo en dos grupos de países: los austeros del norte, en particular Alemania, y los dispendiosos del sur, entre los cuales destacan Italia y Grecia

En el principio, la adopción del euro implicó igualar las tasas de interés exigidas por los inversionistas e intermediarios financieros a los Gobiernos, todos vistos como miembros equivalentes de un prestigioso club. Algunos países aprovecharon la circunstancia para incrementar su endeudamiento y, en otros, lo hizo el sector privado. En Grecia, el sector público aumentó su deuda y en España buena parte del financiamiento externo fue al campo inmobiliario, lo cual contribuyó a crear una burbuja que más adelante estalló.

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Con el paso del tiempo, y contrario a lo esperado, la eurozona se fue dividiendo en dos grupos de países: los austeros del norte, en particular Alemania, y los dispendiosos del sur, entre los cuales destacan Italia y Grecia. Estos últimos violaron los límites de déficit fiscal y endeudamiento público acordado en Maastricht: un déficit fiscal no superior al 3 % del producto interno bruto (PIB) y endeudamiento público por debajo del 60 % del PIB.

Hace unos años, Grecia, Italia, España y Portugal cayeron en problemas de endeudamiento y el Banco Central Europeo les suministró un pequeño alivio. Los socios del norte prometieron ayudar a cambio de esfuerzos para poner la casa en orden mediante ajustes estructurales. Los políticos y los ciudadanos de los países endeudados comenzaron a sentir las exigencias de sus acreedores, en particular de Alemania, y solicitaron mancomunar las deudas de los Gobiernos de la zona euro, es decir, otorgarles la garantía de todos. Eso reduciría el costo del financiamiento para Grecia e Italia, pero elevaría el de países como Alemania, que mantienen en orden sus finanzas. La idea no avanzó.

Por supuesto, quedaba abierta la opción de abandonar el euro y adoptar monedas propias para ganar un grado de libertad consistente en aceptar la devaluación cuando las circunstancias lo exigieran. Grecia estuvo a punto de hacerlo, a lo cual se le denominó el grexit, pero el Banco Central Europeo y otros estuvieron dispuestos a brindarle asistencia para salvar el experimento de la eurozona. La economía griega es relativamente pequeña en la zona del euro, pero la italiana, que enfrenta problemas similares, es muy grande y difícil de socorrer financieramente.

En la actualidad, Italia tiene un gobierno de corte populista no comprometido plenamente con la idea de pertenecer a la eurozona y tampoco dispuesto a adoptar las medidas de austeridad necesarias para cumplir los compromisos de déficit y, especialmente, endeudamiento público máximo exigidos en la eurozona.

El crecimiento de la zona euro es muy bajo y el euro podría estar en peligro de no llegar a cumplir los 40 años, pues el desacuerdo entre los países del norte y los del Mediterráneo es muy pronunciado. No se vislumbra a corto plazo forma alguna de reconciliar intereses. En Francia, por ejemplo, las demandas del grupo denominado “chalecos amarillos”, vistas con simpatía por el gobierno italiano, son internamente incoherentes y, si fueran acogidas por el gobierno de Emmanuel Macron, Francia profundizaría su crisis fiscal.

Vale la pena dar seguimiento, con interés, a los desarrollos en la eurozona durante este y los próximos años, pues de ellos depende la supervivencia del euro como moneda común de 19 o más países.