.  16 abril

Las equívocas manifestaciones de la Casa Blanca sobre Siria y el brutal uso de armas químicas por su gobernante Bashar al Asad alimentaron ansiedades mundiales por una posible confrontación con Rusia e Irán. Cada día transcurrido sin que cuajara la lluvia de cohetes “nuevos e inteligentes” anunciada por Donald Trump a Vladimir Putin aumentó la preocupación hasta el lanzamiento, el viernes, de un ataque limitado que no cambiará la correlación de fuerzas en el terreno, pero tampoco detonará una confrontación más amplia.

Los depósitos de armas químicas mantenidos por Damasco en contravención de innumerables convenios internacionales deben desaparecer, pero el ataque del viernes, cuando mucho, servirá de disuasivo para el uso futuro de armas tan atroces. Este ataque, como la misión punitiva del año pasado, no constituye una política para lograr la aceptación de Siria de sus obligaciones internacionales.

El ataque a Duma horroriza al mundo civilizado, como lo hiciera el asalto con armas químicas contra Jan Sheijun, el 4 de abril del 2017

Por otra parte, poco contribuyen a ese objetivo las advertencias por Twitter y las declaraciones de “tal vez sí, tal vez no”, cuyo efecto, a lo sumo, fue crear duda sobre la firmeza de voluntad de la Casa Blanca.

Las grandes potencias occidentales no podían ignorar el brutal ataque con armas químicas perpetrado por el régimen de Asad contra Duma, suburbio de Damasco, con un saldo de muertes estimado en no menos de 49. Fue un ataque nocturno, el 9 de abril, contra los humildes hogares del barrio. Las razones de la agresión suelen carecer de importancia para las brigadas homicidas forjadas por la dictadura de Asad en colaboración con los destacamentos rusos.

Las escenas del ataque, filmadas por el Ejército sirio, se filtraron al exterior como inequívoco respaldo para las denuncias sobre la violencia con que la dictadura doblega a la población. En las filmaciones, niños asfixiados por efecto de los gases se estremecen en los brazos paternos hasta fallecer. La obra criminal de Asad, con la complicidad de rusos e iraníes, horroriza al mundo civilizado.

Las armas químicas utilizadas para asesinar a aquellos niños y adultos están vedadas desde las postrimerías de la Primera Guerra Mundial y la prohibición de utilizarlas ha sido reiterada en diversas instancias a lo largo de los años. Esas prohibiciones y otras han sido consistentemente ignoradas por Siria y sus aliados.

El ataque a Duma horroriza al mundo civilizado, como lo hiciera el asalto con armas químicas contra Jan Sheijun, el 4 de abril del 2017. Tres días más tarde, fuerzas estadounidenses bombardearon la base aérea de Shayrat, desde donde el régimen de Asad lanzó el ataque, pero pocas horas después las instalaciones militares estaban rehabilitadas y el régimen sirio las aprovechó para montar nuevas incursiones contra sus propios ciudadanos. La rápida recuperación después del bombardeo pudo ser producto, precisamente, del conocimiento previo del ataque por parte de los rusos.

Ahora, una vez más, el limitado efecto del bombardeo del viernes fue calculado para evitar un mal mayor. El secretario de Defensa de los Estados Unidos, el general Jim Mattis, había advertido el jueves sobre la posibilidad de que una campaña de bombardeos se extendiera a un conflicto más amplio con Rusia e Irán. Mattis reafirmó la necesidad de impedir la masacre de inocentes, pero insistió ante el Comité de las Fuerzas Armadas de la Cámara de Representantes sobre la necesidad de impedir que el conflicto se saliera de control.

La retórica equívoca y casi juguetona del presidente no contribuye a lograrlo, pero subraya la necesidad de una verdadera política de Occidente frente a Siria, entre cuyos componentes deben figurar, en primera línea, los esfuerzos diplomáticos.