25 abril

La crisis desatada por el nuevo coronavirus es angustiante y profunda, tanto como para desplazar toda preocupación adicional, pero el olvido del otro gran reto encarado por la humanidad podría causar el desperdicio de una oportunidad para aprender sobre nuestra fragilidad y el poder de fuerzas superiores, sobre las cuales, una vez liberadas, tenemos muy poco control.

El nuevo coronavirus se presentó de pronto y, no obstante sus devastadores efectos, hay razones para creer que pasará. Un tratamiento eficaz lo disminuiría de amenaza vital a enfermedad curable, quizá estacional. Una vacuna podría erradicarlo o convertirlo en una de esas rarezas esporádicamente manifiestas donde hay omisiones de los programas de vacunación.

La reparación de los daños económicos probablemente tarde más y en algunos casos será imposible, pero la economía se recuperará. Allí donde los modelos tradicionales de negocios estén agotados o sufran daños irreversibles, surgirán otros para llenar el vacío. El mundo será distinto, no sabemos cuánto, pero nos adaptaremos.

El cambio climático y el calentamiento global, por el contrario, se desarrollan con lentitud, con efectos mucho más duraderos. Apenas nos dimos cuenta del camino transitado para llegar a este punto. Hace un par de décadas, era posible cuestionar, con algún grado de verosimilitud, las causas del fenómeno y su existencia misma.

En aquel momento, los efectos sobre el planeta no se hacían tan evidentes. Desconocíamos las inundaciones de día soleado, como las responsables de frecuentes emergencias en el centro de Norfolk, Virginia, donde el mar rebasa las barreras terrestres e invade la ciudad, inutiliza sus calles y saca a flote las inmundicias de las alcantarillas. Los huracanes del Caribe se desarrollaban a un paso más predecible y no alcanzaban la categoría máxima de forma casi instantánea. Pocos tenían conciencia del derretimiento de los glaciares en Suiza y, en Honduras, muchos campesinos vivían del cultivo del café, sin sentirse obligados a abandonar sus tierras para poner rumbo a la frontera estadounidense. En Monteverde, Costa Rica, había más especies de ranas.

Ahora, los efectos nocivos y permanentes del calentamiento global se hacen obvios en todo el mundo y, en algunas regiones, revelan con mayor claridad las consecuencias directas para nuestra especie. Si en Honduras estimulan la migración masiva, en la cuenca del río Jordán podrían desatar una crisis humanitaria por falta de agua.

La crisis climática exige una respuesta internacional, como la tímidamente esbozada en los acuerdos de París, incumplidos, rechazados y limitados. Ningún país puede librarse del daño sin el concurso de los demás. Ya no tienen sentido los reclamos de economías emergentes para que se les reconozca un supuesto derecho a contaminar, como en su momento lo hicieron los países desarrollados. Menos sentido tienen las protestas de naciones ricas fundadas en el peso porcentual de sus emisiones actuales, sin reconocer el daño causado a lo largo de décadas.

Pero el coronavirus nos ha demostrado cuán lejos estamos de encontrar medios para articular respuestas conjuntas. Las recriminaciones entre potencias, el aprovechamiento de las circunstancias para ampliar círculos de influencia, el debilitamiento de las instituciones sanitarias internacionales, la especulación y la rebatiña por suministros médicos son el triste espectáculo de nuestros tiempos. El egoísmo está al mando y no hay un andamiaje institucional para ponerle coto. En su ausencia, poca esperanza tenemos frente al calentamiento global y sus peores consecuencias. A fin de cuentas, el coronavirus podría resultar la menor de las dos amenazas.