24 octubre

La mala calidad de los trabajos ejecutados, el impacto ambiental de las obras y la corrupción hicieron de la ruta 1856, conocida como la trocha fronteriza, un asunto casi olvidado, como no sea por el periódico recordatorio de los lentos procedimientos judiciales contra los acusados de causar la debacle.

No obstante lo sucedido, nuestra línea editorial siempre ha sido de defensa del proyecto, tan necesario hoy como lo era en el peor momento de las tensiones fronterizas con el régimen de Daniel Ortega. La trocha es indispensable como reafirmación de la soberanía costarricense en la frontera, pero también como elemento de su desarrollo. El camino mejoraría la seguridad del país y crearía una ruta alternativa para la Fuerza Pública obligada a patrullar el área.

La trocha no era un capricho ni respondía exclusivamente a las exigencias del momento. Los habitantes de la margen costarricense del San Juan consideran el camino como indispensable para sus aspiraciones de desarrollo y calidad de vida.

También es primordial, a la luz de nuestra información del domingo, para los estudiantes necesitados de navegar por el río San Juan de camino a sus centros de estudios. Entre Cureña y el Liceo Boca Río San Carlos, a pocos metros del punto donde el San Juan entronca con el San Carlos, los colegiales costarricenses deben pasar revisión dos veces al día en un puesto militar nicaragüense donde no siempre se les trata con el respeto esperado.

El camino terrestre es intransitable y los 22 alumnos, además de los riesgos de la navegación en frágiles embarcaciones, enfrentan molestas revisiones. Hasta hace poco, eran obligados a descender del bote, formar una fila de hombres y otra de mujeres y soportar la revisión de sus pertenencias. Ahora, los oficiales suben al bote y llevan a cabo la revisión abordo. Tanta minuciosidad aplicada a colegiales que pasan por el sitio dos veces al día solo puede ser entendida como hostigamiento, sin contar los regaños y chistes de mal gusto hechos con toda la intención de intimidarlos.

Hay entre los militares muchos de conducta apropiada, dicen las autoridades costarricenses de la zona, pero varios aprovechan su posición y la indefensión de los jóvenes para humillarlos. La oportunidad la crea la ausencia de los 17 kilómetros de trocha fronteriza necesarios para enlazar la comunidad de Cureña con la escuela.

La trocha no era un capricho ni respondía exclusivamente a las exigencias del momento. Es una necesidad sentida por diversas razones, todas de mucha consideración. Los habitantes de la margen costarricense del San Juan consideran el camino como indispensable para sus aspiraciones de desarrollo y calidad de vida.

El escándalo desatado por las irregularidades opacó la conveniencia de la obra y todo el debate se centró en las anomalías. El proyecto quedó estigmatizado y, pese a periódicas promesas —sobre todo pronunciadas ante los residentes en la zona, es decir, los directamente afectados—, poco se dice sobre la necesidad de retomarlo.

La importancia del libre tránsito por los territorios próximos a la frontera con Nicaragua queda una vez más de relieve al conocerse el problema de los estudiantes, pero hay muchas más víctimas de las perturbaciones. La trocha puso a muchos a pensar en abrir negocios y algunos se adelantaron a hacer la inversión, especialmente en el campo de los servicios turísticos. Todos vieron con agrado la revalorización de sus terrenos.

Proyectos en Los Chiles, San Carlos y Sarapiquí sufrieron un fin tan abrupto como la suspensión de la obra. “Mientras no tengamos una carretera transitable todo el año, difícilmente habrá empresarios dispuestos a invertir aquí, donde la mayoría de la gente vive en la pobreza”, declaró Alberto Cruz, ganadero de Delicias de Los Chiles, cuando La Nación le consultó sobre el tema hace poco más de tres años. La esperanza no muere.