Editorial

Editorial: La arremetida bélica de Putin

Rusia pretende imponerse mediante la fuerza a las decisiones soberanas de Ucrania y otros países europeos. Occidente debe mantenerse firme frente a sus desplantes, exigencias y amenazas militares

El riesgo de un conflicto bélico en Europa se torna cada vez más serio. El frente diplomático se mantiene abierto, pero la escalada militar desatada por Rusia alrededor de Ucrania, sumada a exigencias temerarias e inaceptables para el gobierno de Kiev, Estados Unidos y sus aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), no permite descartar que, por decisión deliberada o por errores de cálculo, estalle una confrontación de grandes proporciones, con consecuencias devastadoras, que irán más allá del posible terreno de los enfrentamientos.

Con sus desplantes, despliegues militares y amenazas, Vladímir Putin, el autócrata ruso, no solo se propone doblegar la soberanía ucraniana; también pretende limitar la capacidad de decisión autónoma de la OTAN y sus países miembros en Europa oriental, consolidar una esfera de influencia a su alrededor y erosionar la alianza occidental. A esto se añade otra jugada: valerse de posibles conflictos externos, potenciales o reales, para inflamar el orgullo nacional ruso, distraer la atención del creciente deterioro en las condiciones de vida y, de este modo, apuntalar aún más su poder, o, cuando menos, evitar que se debilite. Las democracias occidentales deben actuar con firmeza ante esta arremetida.

El juego de Putin es en extremo peligroso, no solo para el entorno europeo y la paz mundial, sino incluso para Rusia. Sus fuerzas armadas son infinitamente superiores a las de Ucrania, pero estas cuentan con suficiente capacidad para oponer una férrea resistencia y, si llegara a producirse una ocupación —total o parcial—, emprender una guerra de guerrillas que conduzca a un drenaje sin fin de los intervinientes. Y una vez que los ataúdes comiencen a llegar a Moscú y otras ciudades, el rechazo popular será creciente.

Estados Unidos y sus aliados, si bien no han dado señal alguna de involucrarse directamente en un posible conflicto dentro de Ucrania, han incrementado el entrenamiento y el envío de material bélico a sus fuerzas armadas, mientras la población civil se prepara para un eventual y largo conflicto de baja intensidad. Además, han anunciado la adopción de severas sanciones económicas, que tendrían un gran impacto en Rusia.

Y aunque están dispuestos a conversar y negociar, han rechazado la mayoría de las exigencias de Putin, en particular, el retiro de tropas de la OTAN de las antiguas repúblicas soviéticas Estonia, Letonia y Lituania (anexadas en 1940), de Polonia y otros países de Europa oriental que se incorporaron a la alianza a partir de 1999. También se han negado a garantizar que ni Ucrania ni Georgia podrán ser parte de ella, o a contemplar el desmantelamiento de los misiles estadounidenses de alcance medio que brindan protección a sus aliados europeos.

El riesgo de conflicto comenzó a perfilarse en noviembre pasado, con el despliegue de decenas de miles de tropas rusas a lo largo de la frontera este de Ucrania, supuestamente para ejercicios. Desde entonces, su movilización no solo se ha acrecentado en esa zona, sino también al oeste y sur del país, tanto desde territorio ruso como de Bielorrusia.

Ni una “cumbre” virtual entre el presidente Biden y Putin el 7 de julio, ni conversaciones, la semana pasada, entre delegados estadounidenses y rusos en Ginebra, entre estos y la OTAN en Bruselas, y en el seno de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), integrada por cincuenta Estados, ha logrado reducir la tensión. Al contrario, la escalada cada vez es mayor, no solo en la periferia ucraniana, sino dentro de su territorio: Estados Unidos informó recientemente que Moscú ha implantado agentes en el vecino país para orquestar provocaciones que justifiquen su intervención, y Ucrania denunció el viernes la presencia de miles de mercenarios rusos en la región de Dombás, ya controlada por grupos afines a Rusia.

Ese mismo día el secretario de Estado, Antony Blinken, y el canciller ruso, Serguéi Lavrov, se reunieron en Ginebra, pero sin resultados concretos, salvo el compromiso de continuar en contacto y, por parte de Estados Unidos, responder por escrito a las exigencias rusas. Es mejor que nada, pero más importantes que las palabras son los hechos, y en el terreno lo que se percibe es el riesgo creciente de guerra. Putin será el gran culpable de lo que pueda venir.