27 abril

El terrorismo islámico ha golpeo de nuevo. Esta vez, en un país, Sri Lanka, hasta ahora al margen de su acción. Lo ha hecho con una coordinación y brutalidad poco comunes, incluso para los estándares de los grupos más avezados en esas lides. Sus acciones, demoledoras de vidas humanas, activan también dos graves señales de alarma. Por un lado, evidencian que la acción del llamado Estado Islámico (EI) y sus filiales no han cesado de extenderse por el mundo, a pesar de las grandes derrotas sufridas por esta transnacional de dogmatismo y terror en Siria e Irak. Por otro, existe la posibilidad de que los brutales actos, en un país que no ha sido ajeno a las tensiones étnicas y religiosas, desaten una oleada de revanchas contra la población musulmana y alienten a políticos autoritarios a plantear soluciones represivas simplistas como amuletos para la paz.

La brutal oleada de atentados suicidas se produjo durante la mañana del Domingo de Resurrección, en la capital, Colombo, y otras ciudades, y tomó por sorpresa a los creyentes congregados en tres iglesias católicas de Sri Lanka y a los huéspedes de tres hoteles. En la tarde, dos explosiones más ocurrieron en un hostal y en la que fue descrita como una “casa de seguridad” de los atacantes. El saldo: más de 250 muertos, incluidos decenas de niños, y varios centenares de heridos, uno de los más altos generados por las acciones terroristas en el sur de Asia.

Las autoridades atribuyeron las acciones al grupúsculo islamista National Thowheeth Jama'ath (NTJ), que en el pasado ha hecho pública su lealtad al EI. El nexo se hizo más evidente cuando, menos de 24 horas después de los asesinatos, el propio EI reinvindicó la acción como parte de su red internacional.

El terrorismo no es una especie desconocida en Sri Lanka, una hermosa isla de 65.610 kilómetros cuadrados (unos 10.000 más que Costa Rica) y 23 millones de habitantes, separada de la India por el estrecho de Palk. Durante dos décadas, un violento conflicto armado enfrentó a la mayoría cingalesa y budista, que ha dominado el aparato del Estado, con la minoría tamil e hinduista, que organizó un eficaz movimiento guerrillero y terrorista conocido como los Tigres de Liberación. Se calcula que los enfrentamientos cobraron alrededor de 70.000 vidas; algunos centenares fueron producto, precisamente, de atentados suicidas. La virtual guerra terminó a finales del 2009, después de una brutal ofensiva por parte del gobierno.

A partir de entonces, se ha logrado avanzar hacia la normalidad, pero en medio de enormes tensiones políticas, que incluso han generado un constante enfrentamiento entre dos antiguos aliados: el presidente, Maithripala Sirisena, y el primer ministro, Ranil Wickremesinghe.

Tanto la población musulmana, de abrumadora orientación moderada y que representa alrededor del 10 % del total, como la cristiana, menor aún y con miembros cingaleses y tamiles, se mantuvieron al margen de los enfrentamientos y han convivido en paz, tanto entre ellas como con los dos grupos mayoritarios. ¿Por qué, entonces, los atentados de un grupo islámico contra cristianos? La conclusión está clara: su naturaleza es artificial y en gran medida importada, y está dirigida a generar, de forma deliberada, nuevas fuentes de inestabilidad y conflicto en Sri Lanka y el resto de Asia del Sur.

Las autoridades ya cometieron un enorme error, que en gran medida se explica por la falta de comunicación en su cúpula: ignorar alertas de la inteligencia india sobre la inminencia de los ataques y no tomar ninguna medida para evitarlos. Es algo que ya no puede corregirse. Lo peor, en el futuro, es que tanto las pugnas palaciegas como las reacciones imprudentes lleguen a fomentar un clima de intolerancia contra los musulmanes que, además, conduzca a reactivar conflictos del pasado. Esto es lo que buscan el Estado Islámico y sus afiliados locales, empeñados en el mayor grado de desestabilización posible. El gran deber de las autoridades, además de perseguir a los terroristas y tomar medidas para impedir nuevas acciones, es hacer lo posible por evitar un resquebrajamiento en la convivencia multiétnica y multirreligiosa en el país. De lo contrario, el EI saldría triunfante y la sociedad derrotada.