Hace 5 días

La red social Facebook, con 2.000 millones de usuarios activos cada mes alrededor del mundo, ofrece indudables ventajas: en esencia, la conexión con otras personas, la posibilidad de divulgar mensajes (mediante textos, audio y video) gratuitamente y, como resultado, el acceso a diversos tipos de información, aunque siempre mediada por misteriosos algoritmos que, en el fondo, persiguen propósitos comerciales. A la vez, ha generado o acentuado una serie de males y distorsiones sociales. Entre ellos está su manipulación como plataforma para incitar al odio, como actitud y como incentivo para acciones agresivas en contra de otras personas.

Esta dimensión, de sobra documentada en muchos otros países y regiones, como Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania, Brasil, la India, Birmania, Sri Lanka y muchos más, ya se siente con fuerza en Costa Rica. Su objetivo directo, por ahora, es promover la xenofobia a partir de un nacionalismo visceral, distorsionante y exclusionista, y convertirlo en herramienta para incitar a la agresión, en particular contra nicaragüenses.

Queda claro que no estamos, en este caso, ante una simple coincidencia; menos aún ante iniciativas personales espontáneas y desconectadas

Un reportaje de nuestro periodista Gustavo Arias, publicado el 30 de agosto, documenta con minucioso, y también alarmante detalle, la extensión y profundidad de esta campaña xenófoba. Su principal herramienta ha sido la utilización, en forma concertada, de diversas “páginas” en Facebook para impulsar los prejuicios y la violencia contra otras personas, simplemente por haber nacido en otro país y haberse visto obligadas, por circunstancias extremas e incontrolables, a buscar paz y mejores oportunidades de vida en Costa Rica.

La información nos indica que en julio y agosto se crearon al menos siete páginas en Facebook con el objetivo exclusivo de divulgar mensajes xenófobos y falsos, pero también de incitar a la violencia. Sus seguidores alcanzan casi 79.000 y la coordinación entre ellas es evidente. Por ejemplo, en agosto tuvieron 115 publicaciones coincidentes entre algunas o todas ellas, y su divisa común es incitar a las represalias contra los nicaragüenses, con un argumento sin base alguna en la realidad: que migración es igual a delincuencia.

Queda claro que no estamos, en este caso, ante una simple coincidencia; menos aún ante iniciativas personales espontáneas y desconectadas. Se trata de una campaña claramente orquestada y pagada por sectores espurios. Hasta el momento ha sido imposible identificarlos, pero está claro que su objetivo final no son solo los nicaragüenses (lo cual, de por sí, es inaceptable), sino que va más allá: construir miedo artificialmente, fomentar la intolerancia, generar crispación y división en la población y, de este modo, afectar la totalidad de nuestra cohesión social.

No tenemos pruebas para afirmar que esta campaña forme parte de esfuerzos internacionales de más amplio espectro, destinados a erosionar las bases de la convivencia democrática. Muchos de ellos han sido plenamente identificados en otros países, por ejemplo, Estados Unidos, Francia y Brasil antes de las elecciones presidenciales, y el Reino Unido antes del referéndum sobre su permanencia en la Unión Europea. Además, se ha establecido una conexión directa entre ellas y turbias organizaciones prohijadas por el gobierno ruso. El guion seguido hasta ahora en Costa Rica ha sido prácticamente el mismo, algo que, al menos, llama a serias sospechas. No podemos descartar que, en el futuro, la xenofobia sea sustituida por otros disparadores emocionales para generar odio, división y alteraciones del orden público.

¿Qué hacer ante estas campañas? No hay una respuesta fácil, pero al menos podemos aprender de otros países para detectar sus orígenes y diseñar mecanismos eficaces para reducir su impacto. Esto debe comenzar por entender el desafío, algo a lo que ha contribuido el reportaje mencionado. Además, las autoridades deben permanecer muy atentas y tratar de desarrollar alertas tempranas que permitan reaccionar antes de que las campañas de odio deriven en acciones. Pero la responsabilidad de asumir el desafío se extiende a toda la sociedad. De cada uno de nosotros dependerá el efecto final de estos esfuerzos distorsionantes y desestabilizadores. La mejor vacuna será impulsar y mantenernos apegados a las normas de respeto, tolerancia y convivencia pacífica que han caracterizado a nuestra cultura cívica. No es fácil, pero sí indispensable; una necesidad, por otra parte, que trasciende el desafío mencionado.