8 febrero

Desde que en 1913 el presidente Woodrow Wilson reintrodujo la práctica de comparecer personalmente ante el Congreso estadounidense para rendir el informe anual sobre el “estado de la Unión”, al que obliga la Constitución, la ocasión ha tenido un carácter solemne. Su rasgo esencial, más allá de informar sobre los asuntos del Gobierno y plantear recomendaciones legislativas, ha sido destacar la unidad nacional alrededor de aspiraciones y valores compartidos. En su tono, ha imperado el respeto a aliados y adversarios que compiten en el juego democrático, y su emblema simbólico ha sido la dignidad de la presidencia y la observancia del carácter republicano manifiesto, entre otras cosas, por la división de poderes.

El pasado martes esa sana tradición, ya vulnerada en los dos años previos por el presidente Donald Trump, fue quebrada totalmente durante la sesión conjunta del Congreso reunido para escuchar su mensaje. Tanto el contenido como la puesta en escena que lo acompañó convirtieron la comparecencia en un deliberado acto de desunión, indigno de su cargo. Peor aún, en los días siguientes, el mandatario se encargó de hacer más honda esa ruptura y de exacerbar un clima de confrontación política y hasta personal ya de por sí extremo.

El carácter de su comparecencia quedó de manifiesto incluso antes de comenzar la lectura del mensaje, cuando se negó a estrechar la mano extendida de Nancy Pelosi, demócrata presidenta de la Cámara de Representantes. A partir de ahí, en medio de referencias hiperbólicas al buen desempeño económico del país, el poderío militar estadounidense y otros temas típicos de esos discursos, la emprendió con un ataque feroz contra los migrantes ilegales, a quienes dibujó como voraces delincuentes que amenazan la seguridad, el empleo y hasta el sistema de salud estadounidense, no como lo que, en su mayoría, realmente son: personas desamparadas que se arriesgan a trasladarse a otro país por la desesperación de vivir en el propio.

Pero el deseo de dividir y generar resentimiento no quedó ahí. Trump también dirigió sus baterías contra los demócratas, a quienes trató de dibujar como un grupo de peligrosos “socialistas” dispuestos a quebrar las libertades nacionales. Se vanaglorió de que el Senado, dominado por los republicanos, haya confirmado 187 jueces federales y 2 magistrados de la Corte Suprema de Justicia con objetivos esencialmente ideológicos. Desdeñó la labor realizada por sus predecesores, a quienes prácticamente hizo responsables de una falsa “decadencia” del país, y presumió, sin bases fácticas, de que, gracias a su labor, “el estado de la Unión sea más fuerte que antes”. Y, en una operación de travestismo político sorprendente, presentó como logros en pro de los más desfavorecidos sus intentos por destruir los avances en el acceso a la salud logrados por el plan que impulsó el presidente Barack Obama.

En medio de las palabras, uno de sus mayores gestos divisionistas de la noche fue el anuncio de haber seleccionado, como receptor de la medalla de la libertad, a Rush Limbaugh, una de las voces más viscerales, intolerantes, nocivas y solapadamente racistas en el universo radiofónico de Estados Unidos. Mas no se quedó allí: como si fuera un reality show, al anuncio siguió la inmediata entrega de la medalla por parte de la primera dama, Melania Trump, en el balcón que ocupaba. Fue un acto inédito en los anales del Congreso, quizá destinado también a dejar claro ante los legisladores que su voluntad se impone incluso dentro del Capitolio.

Como remate contra la dignidad que debió tener —pero no tuvo—, muchas partes de su mensaje fueron acuerpadas por los miembros afines de la audiencia con consignas típicas de un discurso de campaña, no de un rendimiento de cuentas presidencial.

Al día siguiente, como se esperaba, el Senado, con mayoría republicana, rechazó los cargos por abuso de poder y obstrucción de justicia que había formulado la Cámara de Representantes contra el presidente, como parte de un juicio político o impeachment. Como resultado, tras negarse a recibir nuevas pruebas y confrontar testimonios, frenó su destitución. El triunfo para Trump resultó evidente, y pudo ser un momento para que este, reafirmado en su cargo, proyectara un mensaje de unidad y concordia, como, por ejemplo, lo hizo Bill Clinton en 1999, cuando también fue exonerado por el Senado. Sin embargo, Trump lo celebró el jueves, desde la Casa Blanca, con una arenga política destemplada, desordenada, arrogante, centrada en las ofensas contra sus adversarios, e incluso amenazante para ellos y una serie de funcionarios federales ya inactivos.

Es muy probable que en los meses que siguen, hasta las elecciones del 3 de noviembre, el presidente y el Partido Republicano, sometido a su dominio, mantengan esta línea. También es un hecho que los demócratas, ante el fracaso del impeachment, insistirán en más investigaciones sobre Trump en la Cámara de Representantes. Es decir, la división impuesta desde la cúpula seguirá, y probablemente se exacerbará. El conflicto interno, por desgracia, ha llegado a peligrosos extremos para los Estados Unidos.