13 enero

El pasado año se cerró con dos cifras de gran significado humano y social, directamente relacionadas entre sí, que generan esperanza. Sin embargo, no deben abordarse con complacencia, sino con gran prudencia y, sobre todo, insatisfacción sobre lo mucho que queda por hacer.

Nos referimos a la reducción en el número de homicidios dolosos y de feminicidios, entendidos estos últimos, según el Observatorio de Violencia de Género del Poder Judicial, como “la más grave de las violencias de género, en la cual una mujer es asesinada, por su condición de mujer, usualmente a manos de su pareja actual o pasada, o de otro hombre con quien no tiene o tuvo una relación de pareja”. Los homicidios pasaron de 585 en el 2018 a 560 en el 2019, con lo cual la tasa por 100.000 habitantes se redujo de 11,6 a 11,07. Los feminicidios se redujeron a la mitad: de 26 a 13, una caída notable.

Nunca debemos perder de vista que, tras cada cifra, hay seres humanos que han perdido la vida y familiares sufriendo por ello.

El cambio entre dos años no permite hablar de una tendencia; será necesaria una acumulación de más datos durante más tiempo para poder identificarla con suficiente grado de certeza. Principalmente, la disminución de 53 centésimas en la tasa de crímenes dolosos (aquellos en que el ejecutor busca intencionadamente la muerte de la víctima), aunque significativa, aún es débil. Por esto, la mejor actitud, tanto de las autoridades como de la sociedad en su conjunto, es preguntarnos qué se habrá hecho bien para emularlo; qué errores se han cometido para enmendarlos; y qué falta por hacer para desarrollar nuevas estrategias e instrumentos de acción. Nunca debemos perder de vista que, tras cada cifra, hay seres humanos que han perdido la vida y familiares sufriendo por ello.

Al desagregar los datos generales de homicidios, queda en evidencia que, si bien cayeron en el resto de las provincias, aumentaron de manera notable en Puntarenas y Guanacaste. El ministro de Seguridad, Michael Soto, lo atribuyó —consideramos que apropiadamente— a sus vulnerabilidades socioeconómicas y a la actividad del narcotráfico a lo largo de la costa Pacífica. ¿Primera conclusión? Obvia, y también mencionada por el jerarca: para continuar reduciendo los números, hay que reforzar los abordajes integrales contra el delito, lo cual implica, entre otras cosas, atender con mayor vigor y éxito los disparadores enraizados en las condiciones de vida de la población. En particular, la falta de oportunidades de vida es probado inductor de delincuencia.

También, resulta necesaria una orientación más territorial de las estrategias, es decir, focalización en aquellos ámbitos geográficos —no tanto provincias, sino barrios o regiones concretas— donde se registren los más altos índices de delito y violencia, no solo para perfeccionar las medidas de vigilancia e intervención represiva, sino también las preventivas. En esto se ha avanzado gracias a un manejo más actualizado y depurado de la información, pero todavía se puede, y debe, mejorar más.

Sobre la marcada reducción de los feminicidios, Eduardo Solano, viceministro de Seguridad, resaltó el trabajo interinstitucional y la mejor capacitación de policías y otros funcionarios. A esto se une mejor información para detectar los casos de riesgo y actuar preventivamente. Porque no debemos olvidar que el crimen de una mujer por el hecho de serlo no es sino la consecuencia extrema de la agresión de género.

Tal como declaró Ana Hidalgo, coordinadora de violencia de género en el Instituto Nacional de la Mujer, “el feminicidio es la expresión última de una cadena de acontecimientos violentos que no fueron atendidos a tiempo”; el desenlace de una acumulación de abusos psicológicos y físicos, que se puede detectar con una actitud más proactiva de las autoridades, pero también de las propias víctimas, su entorno familiar y hasta vecinal. Esto último supone un trabajo más intenso con el fin de superar las barreras culturales que, todavía hoy, llevan a algunos a considerar que la violencia intrafamiliar es un asunto privado.

Las buenas cifras son un gran progreso, pero, por su puntualidad, indican que aún estamos en una zona vulnerable, que podría conducir al retroceso. Sin embargo, porque no parecen ser un producto fortuito, sino resultado de acciones planeadas, la esperanza es que se conviertan en pilares para seguir avanzando.