8 julio

Un importante artículo publicado el martes por The New York Times llama a contemplar los resultados de la política sueca frente a la pandemia de covid-19 como una advertencia. Desde el primer día, el caso sueco se ubicó en el centro del debate sobre la aparente contradicción entre salud y economía. Suecia descartó la imposición de restricciones comunes en la mayor parte del planeta, incluido el resto de Escandinavia, y apostó por la inmunidad de rebaño.

Los partidarios de privilegiar la prosperidad económica aplaudieron a los salubristas de Estocolmo mientras los escépticos prevenían contra las conclusiones precipitadas. Si los suecos llegaran a tener éxito, advertían, las razones deberían buscarse en características muy específicas de ese país, cuya población es de las más saludables del mundo y no padece los males que se confabulan con la covid-19 para causar muertes. Además, es uno de los países con mayor número de hogares unipersonales, una especie de distanciamiento social anterior a la pandemia y se trata de una nación rica, con servicios médicos universales de primera calidad.

Pasados los meses, no hay necesidad de explicar las razones del éxito sueco simplemente porque no se produjo. Ni los efectos de la pandemia sobre la salud fueron tan leves como esperaban ni se logró salvar a la economía del daño sufrido en el resto del continente europeo. A fin de cuentas, señala el artículo, Suecia demostró que el daño económico no lo causan las medidas adoptadas para limitar la propagación del virus, sino el virus mismo.

Los consumidores suecos, como los demás, redujeron sus gastos a lo largo de la crisis. Los daneses gastaron un 29 % menos, según estudios de la Universidad de Copenhague, pero los suecos se les acercaron con una reducción del 25 %. En algunos segmentos de la población, la disminución del consumo fue superior en Suecia. Los suecos mayores de 70 años gastaron menos que sus pares daneses, posiblemente por temor a abandonar sus viviendas en un país donde las medidas sanitarias eran mínimas.

Como las demás economías, la sueca sufrió la disrupción de las cadenas internacionales de suministros y las dificultades para el desplazamiento de personas. En consecuencia, sufrirá un decrecimiento del 4,5 % cuando esperaba crecer un 1,3 %. Noruega, en cambio, perderá un 3,9 %, excluyendo su industria del gas y el petróleo. Por su parte, Dinamarca decrecerá un 4,1 %. En este último país, el desempleo aumentó del 4,1 % al 5,6 % mientras en Suecia creció del 7,1 % al 9 %.

Pero la verdadera tragedia es que Suecia no solo dejó de cosechar los réditos económicos esperados. También ha sufrido 5.240 muertes, hasta ahora, en un país de 10 millones de habitantes. Es como si Costa Rica hubiera perdido 2.620 vidas. La mortalidad en Suecia es 12 veces mayor que la de Noruega, 7 veces más que la de Finlandia y 6 veces más que la de Dinamarca. En número de fallecidos por millón de habitantes, Suecia tiene un 40 % más que los Estados Unidos.

La protección de la economía depende de la preservación de la salud. La lección sueca es que el virus rampante impide el desenvolvimiento de la actividad económica aunque el gobierno se abstenga de imponer limitaciones. Para mayor desconsuelo, la nación todavía está lejos de alcanzar un porcentaje suficientemente alto de la población recuperada de la enfermedad del coronavirus para gozar de inmunidad de rebaño. El ejemplo cobra nueva vigencia universal ahora que los países discuten el paso y la oportunidad de la reapertura económica.