15 marzo

El desempleo, superior a un 12 % de la población económicamente activa, puede desglosarse por sexo, edad, escolaridad, residencia y otros criterios estadísticos, como hace periódicamente el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). La labor técnica del INEC apoya la búsqueda de soluciones de las autoridades, mas las estadísticas podrían hacernos perder de vista el drama humano del desempleo.

Detrás de los datos oficiales hay personas concretas, unas 310.000 al final del año pasado, cuyas familias dependen de su apoyo financiero. Un reportaje de la “Revista Dominical” de este periódico, publicada el domingo primero de marzo, presenta historias de angustia relatadas por un grupo de desempleados. Los relatos muestran el rostro y las voces del desempleo.

Un administrador de negocios, de 47 años y con 6 meses de estar desempleado, fue a postularse para una plaza vacante y se encontró con otras 300 personas aspirantes al mismo puesto. Aunque su especialidad es el área financiera, está dispuesto a aceptar un cargo como ayudante de cocina y se cree capaz de vender uno de sus riñones, si pudiera hacerlo, para enfrentar sus deudas y los gastos del hogar.

Una mujer de 34 años, bachiller en Educación Media y con razonable conocimiento del idioma inglés, lleva dos años desempleada. Dice haber enviado su currículo a muchos empleadores, pero no ha tenido éxito. Hasta considera la posibilidad de haber sido rechazada por ser “bajita” y un poco “gordita”. Por ahora, tiene el apoyo de sus padres, pero no quiere ser una carga para ellos.

Otra señora, de 45 años, bachiller en Recursos Humanos, no ha tenido trabajo formal durante cuatro años. Dice estar dispuesta a desempeñarse "en lo que sea”, lo cual quiere decir aceptar cualquier salario y cree que su edad es un factor limitante. También piensa así un contador de 61 años, desempleado desde el 2011, con más de 40 años de vida laboral. Comenzó a trabajar en una mueblería, pero no ha acumulado las cuotas del seguro social necesarias para pensionarse. Ofrece servicios profesionales, pero obtiene un ingreso muy bajo, con el cual ni siquiera paga el alquiler. También está dispuesto a trabajar en lo que sea, pues está desesperado, triste, deprimido, avergonzado de su situación y de “ser mantenido por la familia”.

Un joven de 28 años, licenciado en Comunicación de Mercadeo y publicista, siente que sus expectativas no se cumplieron, pues tiene ya dos años de estar desempleado. Un consultor extranjero, venido al país en busca de mejores horizontes, debe conformarse con empleos en los cuales gana menos de un tercio de lo que obtendría como consultor en Angola. Un administrador de empresas de 57 años, desempleado durante 16 meses, siente que su vida “no vale nada y que es mejor desaparecer”. Dice haber perdido su vehículo y teme perder también la casa por falta de ingresos para hacer los pagos. Siente vergüenza de su situación, por lo que pidió no revelar su identidad.

Poseer un título en una rama del conocimiento para la cual no existen puestos de trabajo disponibles constituye una limitante. En otros casos, la edad y la sobrecalificación (exceso de estudios o experiencia en relación con el empleo disponible) constituyen obstáculos.

El problema es que nuestra economía crece poco, a una velocidad incapaz de producir nuevos empleos para toda la población que lo busca. Los desempleados no solo enfrentan situaciones difíciles como las mencionadas, sino que también quedan fuera de la red de seguridad social. Cuando hay solo una plaza por cada 100 solicitantes, los empleadores pueden darse el lujo de discriminar hasta por la apariencia.

La economía costarricense debe volver a crecer a la velocidad que lo hizo en el pasado, aunque por ahora es más difícil dado el deterioro del entorno internacional causado por el coronavirus, pero no podemos renunciar a impulsar iniciativas de reactivación para paliar la crisis y estar preparados cuando pase. En el campo educativo, es necesario hacer un esfuerzo consciente para que los programas de estudio tengan más relación con las demandas del mercado laboral. Los rostros de los desempleados, y sus voces, así lo exigen.