8 noviembre, 2019

En 1981, Richard Pipes, profesor de Historia Rusa en la Universidad de Harvard, escribió una frase entonces desdeñada: “Si el Imperio soviético colapsa, y algún día lo hará, estoy seguro de que sucederá con rapidez y nos tomará a todos por sorpresa”. Ocho años después, se hizo realidad lo que antes sonó a débil y lejana premonición. El 9 de noviembre de 1989, hoy, hace 30 años, el Muro de Berlín, el símbolo más visible y ominoso del dominio totalitario soviético sobre su propio país y Europa oriental, cayó bajo la fuerza del ímpetu popular y la parálisis de un régimen agotado en su capacidad represiva.

El cambio desde la postración hacia la libertad, la democracia, la apertura económica y la consolidación institucional no ha sido fácil, y muestra grandes diferencias entre países.

La fecha marca una de las más luminosas transformaciones históricas en varias generaciones: no solo el derrumbe del último gran imperio mundial, sino también el colapso de su interpretación del marxismo como forma de organizar la sociedad, legitimar el control y represión totalitarios, y fomentar el establecimiento de regímenes clientelistas en otras áreas del mundo.

Su desintegración había comenzado antes. A inicios de esa década, la economía y la sociedad soviéticas mostraron evidentes señales de agotamiento; luego, como apuesta por su posible renovación, el reformista Mijaíl Gorbachev llegó a la cúpula del poder de Moscú, en 1985. Siguió entonces una política de mayor flexibilidad hacia su área de dominio, que toleró cambios políticos democratizadores en Polonia y Hungría, y no pudo hacer nada cuando este país se abrió a los migrantes de la llamada República Democrática Alemana (RDA, dictadura comunista) y, posteriormente, decidió abrir la frontera con Austria.

Pero fue con el fin del Muro que, en rápida sucesión, los regímenes comunistas europeos vasallos de Moscú comenzaron a desmoronarse bajo la presión de sus pueblos, con sorprendente y estimulante paz, salvo el caso de Rumania. El 3 de octubre de 1990 se produjo formalmente la unificación alemana, con la incorporación de la RDA a la República Federal de Alemania. Poco más de un año después, en diciembre de 1991, fue disuelta la Unión Soviética, con lo cual Rusia y las otras 14 “repúblicas” que la componían se convirtieron en Estados independientes.

No podemos ignorar los factores internacionales que influyeron en tan monumental colapso, en particular la política de reforzamiento estratégico promovida por el presidente estadounidense de entonces, Ronald Reagan, que la URSS fue incapaz de igualar. Pero la razón fundamental que lo propició fue, simple y llanamente, el estrepitoso fracaso del sistema y de su anquilosada ideología legitimadora, el creciente deterioro económico al que condujo y la imposibilidad de mantener mediante controles y represión un mínimo de cohesión social y direccionamiento político para mantenerse en el poder.

Los procesos económicos, políticos y sociales desarrollados tras la liberación de Europa oriental —y partes de la central— más la independencia de las pseudorrepúblicas soviéticas no han seguido una línea recta durante estos 30 años. El cambio desde la postración de varias hacia la libertad, la democracia, la apertura económica y la consolidación institucional no ha sido fácil, y muestra grandes diferencias entre países.

Rusia, aunque mantiene su adhesión a ciertas estructuras y prácticas democráticas, es, en esencia, una cleptocracia autocrática en franco retroceso, pero que aún mantiene una enorme capacidad militar, un sólido aparato científico-tecnológico e hidrocarburos suficientes para generar ingresos para mantener esa estructura y proyectar poder. La mayoría de sus exrepúblicas se han mantenido atadas a las prácticas dictatoriales, mientras los países europeos liberados muestran grados dispares de avance.

Pero, en medio de estas contradicciones, para la mayoría de estos países las ganancias en libertad han sido enormes, lo mismo que las tasas de crecimiento, ingreso personal, acceso a servicios, respeto a derechos individuales y colectivos, y, en varios casos, incorporación a la Unión Europea y a la alianza de defensa Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

La síntesis de este saldo es que hoy, gracias al fin del Imperio soviético, centenares de millones de seres humanos son más libres, prósperos y dignos. Al celebrar 30 años de la caída del Muro de Berlín, festejamos, sobre todo, su valor simbólico y fuerza potenciadora real de esos valores.