30 marzo

En plena emergencia sanitaria, económica y social, generada por la covid-19 y sus secuelas psicológicas de ansiedad, temores y hasta pesimismo, hemos recibido una noticia reconfortante: Costa Rica se mantiene entre los 20 países más felices del mundo, según el índice global calculado por un grupo de prestigiosas instituciones académicas internacionales, con el auspicio de las Naciones Unidas.

Portrait of beautiful young girl on the playground. Índice de felicidad. Depositphotos
Portrait of beautiful young girl on the playground. Índice de felicidad. Depositphotos
Además de reconfortarnos, el estudio ofrece valiosas pistas para las políticas públicas.

Aunque la publicación lleva como título Informe mundial de la felicidad 2020, realmente mide el bienestar o calidad de vida de las personas en 153 países, a partir de seis variables. Dos de ellas son “duras”, por estar basadas en datos compilados sobre la base de estadísticas oficiales: el producto interno bruto por habitante, medido por la paridad de poder de compra, y la esperanza de vida al nacer. Las restantes, de índole subjetiva, provienen de las percepciones de la gente, obtenidas mediante una encuesta global llevada a cabo por la firma Gallup, y comprenden la sensación de apoyo social, de libertad para tomar decisiones, generosidad y corrupción pública y privada. A cada una de las seis se le asigna un peso determinado, ajustado, para obtener el puntaje final, con la situación de un país hipotético —bautizado Distopía— que resume los valores más bajos por variable en las mediciones de los tres años anteriores.

El índice se calcula desde el 2012. En el de este año, que promedia los resultados entre el 2017 y el 2019, Costa Rica obtuvo 7.121 puntos, de un máximo de 10.000, y quedó en el lugar número 15, por debajo de los países nórdicos (Finlandia de primero), Suiza, Nueva Zelanda, Austria y otros, pero inmediatamente por encima de Irlanda, Alemania y Estados Unidos. En esta oportunidad, nuestra ubicación bajó tres puestos en relación con la medición promedio anterior, pero, aun así, resulta sumamente alta y es la mejor de América Latina. Por primera vez, además, el estudio midió el sentido de bienestar de las personas en 186 ciudades, y San José se ubicó en el puesto 11, el más destacado de nuestro hemisferio.

¿Cuál es la significación de este esfuerzo de investigación internacional, coordinado por el economista Jeffrey D. Sachs, de la Universidad de Columbia, y otros prestigiosos académicos de la Escuela de Economía de Londres, las universidades de Oxford y Columbia Británica, y el Instituto Canadiense de Investigaciones Avanzadas? Lo primero, sistematizar el uso de variables subjetivas, documentadas mediante encuestas y vinculadas con otras de índole objetiva, para identificar factores que inciden de manera determinante en el sentido de bienestar de las personas. Se trata, ni más ni menos, que de desarrollar un novedoso conjunto de herramientas para el conocimiento social. Como resultado de su sistematización, de las series históricas y de las comparaciones entre países, se pueden generar entonces insumos para la ejecución de políticas públicas que mejoren la calidad de vida de las personas. Por ejemplo, un capítulo del estudio, dedicado a cómo el “ambiente social” incide en el bienestar, revela que, en igualdad de condiciones sobre otras variables, el grado de apoyo social y la confianza en las instituciones mejora considerablemente el sentido de bienestar individual.

¿Y qué relevancia tienen los resultados? No se trata, simplemente, de “sacar pecho” y sentirnos orgullosos si nos va bien o humillados si salimos mal; tampoco, de desestimar la solidez de la investigación, sobre la cual no existen dudas. Lo sano es ahondar en las razones que nos llevan a estar en determinadas posiciones y esforzarnos por apuntalar las debilidades y hacer más sólidas las fortalezas. En nuestro caso, por ejemplo, la sensación de apoyo social y de expectativa de vida saludable son las dos variables más relevantes, mientras en países más ricos tiende a serlo en mayor medida el ingreso per cápita. Esto revela cómo, a pesar de limitaciones económicas, es posible generar diferentes grados de bienestar —real y percibido —, pero a la vez señala la necesidad de mejorar nuestro desempeño económico. Más aún, en esta coyuntura de riesgos sanitarios y sociales, nos dice que contamos con buenas bases para hacerles frente.