28 julio

WhatsApp, propiedad de Facebook, se cuenta entre las plataformas digitales más útiles y exitosas. Al usuario le ofrece la posibilidad de comunicarse en formas inimaginables hace dos o tres lustros. La voz encontró rival en el texto y a ambas se suma el envío de documentos, fotos y vídeo. No hay fronteras y el concepto de “larga distancia”, utilizado para distinguir el servicio telefónico internacional, se ha venido desvaneciendo. Todo es gratis, salvo la indispensable conexión a Internet.

Con WhatsApp compiten muchas otras aplicaciones y el usuario puede escoger entre ellas según sus gustos y necesidades. Todas son de indiscutible utilidad pero, como redes sociales capaces de multiplicar un mensaje a velocidades vertiginosas, plantean peligros hasta ahora desconocidos. Un ejemplo aterrorizante es el de la India y la falsa alarma del secuestro de niños difundida por WhatsApp.

Las agresiones contra miembros de grupos vulnerables, como las minorías y los inmigrantes, a menudo nacen de las campañas de desinformación

En ese país, multitudes enardecidas por informaciones falsas han linchado, desde abril, a dos docenas de personas inocentes, informó el New York Times, cuyos periodistas lograron entrevistar al hermano de una mujer de 65 años asesinada a golpes cuando juntos detuvieron su vehículo para pedir una dirección. Los hermanos y otros dos familiares despertaron injustificadas sospechas de los vecinos, inquietos por las noticias falsas, y fueron blanco de una salvaje agresión. Los tres sobrevivientes sufrieron importantes heridas.

En la India, WhatsApp cuenta con 250 millones de usuarios. Ya hace varios meses que las “informaciones” sobre el secuestro de niños circulan entre ellos, respaldadas por elementos gráficos empleados para revestirlas de autenticidad. Uno de los vídeos, publicado por el diario estadounidense, muestra a dos motociclistas cuando se llevaban a un pequeño que jugaba con otros en la calle. En realidad, la filmación corresponde a un anuncio de servicio público difundido en Paquistán. Nadie sabe quién alteró el vídeo, pero millones lo tomaron por prueba de la inexistente ola de secuestros en la India.

En Costa Rica ya hemos sido testigos de alarmas por la presencia de cocodrilos en las calles durante inundaciones, edificios a punto de desplomarse y otras falsedades difundidas por redes sociales con acompañamiento de “prueba” gráfica, sea recabada en otros países, como el caso de los saurios, o fabricada con instrumentos de edición digital, como en el caso de los edificios.

El fenómeno es mundial y sus consecuencias son gravísimas. En los Estados Unidos se le señala como parte del esfuerzo de los servicios de inteligencia rusos para afectar las elecciones presidenciales del 2016. En Europa, las noticias falsas están estrechamente vinculadas con el resurgimiento del fascismo. En la India, son causa directa de docenas de muertes, pero hay otros ejemplos donde la relación de causalidad es menos obvia. Las agresiones contra miembros de grupos vulnerables, como las minorías y los inmigrantes, a menudo nacen de las campañas de desinformación.

En los propios Estados Unidos, un hombre baleó la pizzería donde, según informaciones de Internet, operaba una red de pedofilia regentada por Hillary Clinton. Es un caso extremo, pero no todas las informaciones falsas son tan absurdas ni quienes actúan motivados por ellas son tan locos o estúpidos. Lo aterrorizante de la India es, precisamente, la sincera convicción de los participantes en los linchamientos. Actúan engañados por informaciones falsas acompañadas de elementos que las hacen verosímiles. No pertenecen a las capas más educadas de la población y es difícil que cuestionen lo percibido por sus ojos. Por eso, la respuesta al fenómeno de las noticias falsas comienza por la educación y es hora de integrar los peligros de la Internet a los planes de estudio de Educación Cívica. Después de todo, la supervivencia de la democracia está en juego.