25 abril

El Colegio de San Luis Gonzaga suspendió lecciones durante tres días mientras la Policía investigaba amenazas de un ataque a tiros contenidas en un video de YouTube difundido mediante las redes sociales. Es una medida prudente, pese a razonables dudas sobre la seriedad de las advertencias. Siempre las hay, pero es mejor pecar de precavido. En el ámbito internacional, ya son muchas las señales pasadas por alto para posterior arrepentimiento y recriminación.

La junta administradora del colegio y la Policía reaccionaron con rapidez y eficacia. En poco tiempo, el sospechoso fue detenido y los estudiantes del liceo regresaron a las aulas con mayor conciencia y nuevas medidas de seguridad. Para tristeza de todos, el detenido es un joven de 14 años, estudiante del propio colegio.

El joven reveló sus desviadas pretensiones en el propio video donde profirió las amenazas. Su intención era pasar a la historia de Costa Rica por desatar un tiroteo en un centro de estudios. En estos acontecimientos, el deseo de notoriedad es una motivación tan usual como la venganza, la ira reprimida y el odio, pero aun en presencia de esos factores, el papel de la imitación suele ser preponderante. En este caso, el uso de las redes sociales, la enfermiza pretensión de trascendencia y la cantidad de noticias sobre masacres similares en otros países, especialmente los Estados Unidos, parecen obvias explicaciones para la conducta de un jovencito de los alrededores de Cartago.

El efecto “copión” no es exclusivo de quienes se plantean la posibilidad de perpetrar una monstruosidad como la descrita. También es común en el suicidio y otros delitos. Esa circunstancia plantea un reto a los medios de comunicación. No es fácil discernir, en cada caso, si conviene publicar y con cuánto detalle. Por lo que se refiere al San Luis Gonzaga, no había duda de la necesidad de informar. El colegio es una institución emblemática de Cartago y su población estudiantil asciende a 2.400 alumnos. Además, hay docentes, administradores y vecinos. Los familiares de todos ellos pronto se enteraron, también, del cierre del colegio y sus motivos. Informar era indispensable para evitar la diseminación de rumores.

Pero también es primordial informar para crear conciencia en todos los estratos sociales de la posibilidad de una tragedia hasta hace poco insospechable. Todos, comenzando por docentes, alumnos y padres de familia debemos aprender a distinguir señales y a darles la consideración debida. En el liceo de Cartago, a partir del incidente, alumnos y maestros participarán en programas preventivos y habrá revisión de bultos a la entrada. También se analiza la contratación de seguridad privada y la instalación de detectores de metales. En primera instancia, las medidas despiertan cuestionamientos y hasta rechazo. No nos gusta pensar en Costa Rica como un país donde semejantes previsiones sean necesarias, pero la prudencia no parece dejar opciones.

Los medios de comunicación, sin embargo, debemos revisar nuestras políticas. En los Estados Unidos, donde el aprendizaje ha sido doloroso, muchos medios se niegan a publicar fotos de los asesinos o a mencionar siquiera sus nombres. El propósito es, precisamente, negarles la notoriedad perseguida por el jovencito de Cartago. En cambio, los periodistas enfatizan la información sobre las víctimas. También es importante informar sobre las consecuencias para el victimario. Por eso es necesario, en un caso como el de San Luis Gonzaga, asegurar la imposición de un castigo ejemplarizante.

En Costa Rica, hemos aprendido sobre el suicidio. La Nación no informa sobre quienes se quitan la vida, salvo contadas excepciones de especial relevancia noticiosa. Aun en esos casos, cuidamos los detalles revelados. Informamos, en cambio, sobre el suicidio como fenómeno general y problema de salud mental. Ojalá no nos toque aprender demasiado sobre la mejor forma de tratar los atentados indiscriminados.