4 agosto

El adoctrinamiento ideológico en el sistema educativo costarricense no es nuevo, dice el exministro de Educación Pública Leonardo Garnier. Poco antes de dejar el despacho, Garnier logró la aprobación del Consejo Superior de Educación para un programa de Estudios Sociales más ajustado a la realidad histórica y dirigido a estimular el pensamiento crítico, pero la administración de Luis Guillermo Solís echó por tierra el esfuerzo y volvió por el sendero de la distorsión histórica para favorecer la interpretación del desarrollo nacional en boga entre los grupos de izquierda.

Esa narrativa, visible en los materiales ofrecidos hasta hace poco por la página del Ministerio en Internet, todavía se les enseña a los estudiantes de los últimos años de bachillerato y coincide con la ficción construida por grupos minoritarios en el país, pero bien representados en la burocracia del MEP.

No hemos sabido incorporar, plenamente, a todos los sectores a la prosperidad. En especial, seguimos arrastrando la deuda con la generación perdida

La distorsión de la historia procura demonizar la apertura comercial e inserción del país en el mercado internacional. Es una visión atascada en el debate sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana, pero con una alta dosis de hipocresía. La administración Solís dio marcha atrás a los programas de estudio promovidos por Garnier y retomó el camino de la manipulación ideológica, pero no hizo esfuerzo alguno por abandonar el TLC.

Como la apertura comercial es el origen de todos los males, la historia distorsionada de los programas del MEP necesita crear un parteaguas entre el país que supuestamente fuimos y el deterioro conducente a la actualidad. El cambio se produjo, según la historia manipulada, en 1980. Antes de esa fecha, Costa Rica era una nación próspera, solidaria y feliz. A partir de entonces, comenzó a aumentar la pobreza como consecuencia del “modelo” de promoción de las exportaciones y la firma de tratados de libre comercio.

Pero 1980 no marca la inauguración de un nuevo modelo, sino la culminación del anterior. En ese año, el país sufría la crisis económica más devastadora de su historia reciente, con índices de pobreza cercanos al 50 % cuando finalizó el periodo presidencial de Rodrigo Carazo, en 1982. La implosión del “Estado gestor”, como lo denominan con benevolencia los textos del MEP, todavía nos está pasando la cuenta. La matrícula en escuelas y colegios cayó abruptamente en los primeros cinco años de la década del 80 porque las familias no podían mantener a los jóvenes en el sistema educativo y todavía hoy la “generación perdida” engrosa las filas de la mano de obra no calificada.

En los años siguientes, la pobreza disminuyó significativamente hasta ubicarse en los persistentes y todavía inadmisibles niveles de la actualidad que, sin embargo, están muy por debajo de los índices de la ficticia era dorada. Los indicadores de la educación también han mejorado constante y significativamente, así como los de salud, incluida la expectativa de vida. La desnutrición de los años 70 ya no existe y la mortalidad infantil está entre las más bajas del mundo. La infraestructura de hace cuatro o cinco décadas tampoco resiste comparación con la actual.

En la “época dorada” tres cuartas partes de la exportaciones respondían a la “economía del postre” (café, banano, azúcar y carne) criticada por José Figueres Ferrer y era imposible imaginar un sector de servicios a punto de sobrepasar el valor de los bienes, como sucede en las economías modernas.

Los “postres” apenas representan hoy el 13 % del total exportado y solo la ignorancia más grosera se atrevería a pensar que el país estaría mejor si hubiera seguido el mismo camino. El café, alguna vez descrito como “el mejor ministro de Hacienda”, dejó de serlo y subsiste como producto de nicho porque no podemos competir por cantidad en un mercado al cual se incorporaron países africanos y asiáticos con niveles salariales inferiores y mínimas cargas sociales. Por eso hemos desarrollado exportaciones industriales y tecnológicas, además de nuevos productos agrícolas –incluido el café gourmet– y una rica oferta de servicios.

Las carencias del país saltan a la vista, pero no son producto de la destrucción de Shangri-La por el “modelo” de promoción de las exportaciones y el fin del “Estado gestor”. Por el contrario, muchos de nuestros retos más importantes son producto de la hipertrofia del Estado, que no ha parado de crecer en las últimas décadas, contrario a la falsa narrativa del programa de Estudios Sociales.

El desaprovechamiento del también creciente gasto social es uno de los grandes problemas nacionales y, si la desigualdad ha crecido, no es producto del vertiginoso aumento de las exportaciones. No hemos sabido incorporar, plenamente, a todos los sectores a la prosperidad. En especial, seguimos arrastrando la deuda con la generación perdida, cuya escasa formación, cortesía del “Estado gestor”, limita sus oportunidades.

Costa Rica está a las puertas de una nueva crisis, producto de su pésima administración fiscal, no del crecimiento de las exportaciones que, si acaso, ha servido para financiar los excesos que están a punto de costarnos caro.