15 mayo

La elección de gobierno estudiantil en escuelas y colegios es un valioso recurso de la educación cívica. Los procesos celebrados en centros educativos de todo el país exponen a los estudiantes a los mecanismos de la democracia y el gobierno representativo. También enseñan el respeto debido a las autoridades electorales y a la voluntad de los votantes.

Como en toda actividad en la cual la juventud es protagonista, las votaciones son una fiesta. Ese espíritu de festejo se ha venido perdiendo en los procesos electorales a medida que se debilita la identificación de los ciudadanos con las instituciones. Recuperar el terreno perdido es tarea de los políticos de la actualidad y de los líderes y votantes del futuro, inmersos hoy en el sistema educativo.

Introducir la política nacional en las elecciones estudiantiles no contribuye a cultivar las virtudes cívicas. Ese es el objeto de los comicios en sí mismos. La prematura siembra de ideologías y polarizaciones importadas de la política es una distorsión de los sanos propósitos del sistema educativo.

Al menos en las instituciones dedicadas a la formación de los jóvenes, la política debe ser objeto de estudio, no fuente de adoctrinamiento. En su momento, los estudiantes de hoy sabrán decidir el tipo de participación apropiada para sus aspiraciones. Por lo pronto, están en etapa formativa y no deben ser blanco de los esfuerzos de reclutamiento de partidos políticos nacionales.

La educación costarricense, particularmente en los colegios, es centro del embate ideológico, como quedó demostrado mediante el análisis de las pruebas practicadas a los estudiantes. En muchos casos, los programas de estudios sociales han recurrido a la distorsión histórica para favorecer determinada interpretación del desarrollo nacional.

Según la crónica manipulada de nuestra historia, fuimos una nación próspera, solidaria y feliz hasta 1980, cuando supuestamente comenzó a aumentar la pobreza a consecuencia del “modelo” de promoción de las exportaciones y la firma de tratados de libre comercio. Pero esa tesis no resiste análisis. En 1980, sufríamos la crisis económica más devastadora de la historia reciente, con índices de pobreza cercanos al 50 %, producto de malas políticas aplicadas en años previos. Ninguno de los principales índices de bienestar de esa época eran comparables con los actuales.

La intervención de los partidos políticos nacionales en las elecciones estudiantiles invita a extender esas prácticas nocivas. Si un bando interviene con su versión de los hechos, otros se sienten autorizados a hacer lo mismo con los medios a su alcance, sea la confrontación en los comicios colegiales o el ejercicio de influencias en los programas de estudio y en las aulas.

La educación secundaria debe moverse precisamente en la dirección opuesta para promover el pensamiento crítico a partir de la realidad histórica y no la prematura identificación con determinada ideología o partido. Los colegios no deben ser centros de reclutamiento. Las agrupaciones políticas están en libertad de intentar atraer a los jóvenes por otros medios y en otros escenarios, pero el Ministerio de Educación hizo bien al llamarlos a abstenerse de intervenir en los comicios estudiantiles.

Partidos políticos y docentes, por igual, deben asumir una posición de respeto por la formación de los alumnos. El estudiante debe ser expuesto a diversas corrientes de pensamiento e interpretación de la realidad social y económica, pero no inducido a una militancia prematura mediante el señuelo de “ayuda” para ganar la votación de su centro educativo.