20 marzo

El valor de una empresa lo refleja, solo excepcionalmente, el tamaño del patrimonio. El negocio valdrá por su capacidad para producir utilidades, y el precio lo muestra el valor presente de las utilidades futuras. Cuantas más utilidades previstas, más vale la acción de una empresa. Las compañías muy dinámicas, cuyas ganancias crecen año tras año, consiguen valores de mercado superiores a las de poco crecimiento. Por tanto, en el mercado de acciones, las expectativas desempeñan un papel clave.

Aun la diversificación de la cartera no protege la inversión cuando se presentan eventos cuyo efecto es sistémico.

La emergencia del coronavirus en China y la propagación a la mayoría de los países llevó a paralizar la actividad económica en ciudades enteras y a aislar a grandes poblaciones, con graves efectos para las empresas, principalmente hoteleras, restaurantes, aerolíneas, parques de diversiones y otras dependientes de piezas fabricadas en naciones donde la producción está detenida o, cuando menos, reducida significativamente. El gigante Apple, por ejemplo, cerró sus tiendas fuera de China y solo mantiene las ventas en línea.

En Estados Unidos, las principales bolsas fueron presa del pánico la semana pasada y, por consiguiente, las acciones bajaron de precio de forma vertiginosa. Perdieron muchos: desde milmillonarios hasta jubilados y gran cantidad de habitantes del país que tienen colocada parte de su riqueza en el mercado bursátil o en fondos de pensiones invertidos en la bolsa. El descenso rondó el 20 %, aunque el día después se recuperó un poco, cuando el presidente Donald Trump anunció un paquete de medidas destinado a mitigar los daños atribuibles a la pandemia de la covid-19.

Si las consecuencias de la enfermedad se atienden con diligencia, los precios de las acciones volverán a subir en el futuro cercano, aunque no existe certeza sobre cómo terminará la crisis. Por otra parte, no ayuda a una recuperación de los precios el que, según criterio de los expertos, el mercado bursátil estadounidense requiriera una “corrección”, pues la relación del precio de las acciones transadas en la bolsa con respecto a las utilidades de las empresas (price/earnings) estaba, desde meses atrás, en un nivel considerado muy alto, sin aparente justificación.

La coyuntura deja varias enseñanzas. La mayor parte de las inversiones conllevan riesgo, particularmente las más redituables. La diversificación de la cartera —distribuir las inversiones en títulos de varias empresas, en vez de hacerlo en una sola— es una estrategia para controlar el riesgo. Sin embargo, funciona únicamente cuando se trata de exposiciones independientes, y no es el caso del riesgo producido por el coronavirus, de naturaleza sistémica y de impacto sobre muchas empresas a la vez, con independencia de la actividad y del país donde estén radicadas.

Diversificar mediante la inclusión de bonos y títulos de deuda a un interés convenido, y no como las acciones, cuyos títulos constituyen propiedad y están sujetos al pago de dividendos variables, pudo haber ayudado a reducir el golpe, mas no en este caso, cuando se enfrentan eventos de esta naturaleza.

La inversión en bonos soberanos, emitidos por gobiernos cuyo riesgo es mínimo, calificados AAA, habría sido una salida adecuada para muchos inversionistas. Sin embargo, los intereses que pagan son inferiores a los de inversiones más riesgosas. Por eso, quienes optaron estas últimas perdieron parte de su capital.

En la situación actual, los inversionistas tal vez decidan comprar bonos soberanos de elevadas calificaciones, emitidos por gobiernos de países desarrollados. Su actuar se justifica cuando el objetivo al colocar el dinero no es solo lograr un razonable retorno, sino asegurarse la recuperación de lo invertido.

Este fenómeno —conocido internacionalmente como flight to safety, o búsqueda de seguridad— ya se manifestó, los títulos soberanos carentes de calificación de grado de inversión, como los del Gobierno de Costa Rica, exigirán el pago de tasas de interés superiores.