15 noviembre, 2019

No solo los fundadores, asociados e investigadores, sino también todos los costarricenses tenemos razones para conmemorar con satisfacción los 50 años que ha cumplido la Academia de Centroamérica. Los celebró ayer, con una mezcla de justificados homenajes, agudas reflexiones y un estimulante mensaje hacia el futuro: su intención de mantenerse como generadora de investigaciones, análisis y discusiones sobre asuntos socioeconómicos de gran relevancia para el país, sobre la base del rigor y la independencia.

Pocas instituciones, públicas o privadas, han contribuido tanto como ella a comprender los desafíos y oportunidades para el desarrollo económico y social de Costa Rica, y a incidir de manera tan apropiada en las decisiones de política pública necesarias para mejorar nuestro bienestar.

La Academia ha sido clara, y así está escrito en su misión, en que su análisis de políticas económicas y sociales se promueve “desde el punto de vista de la economía de mercado”.

La Academia surgió como una fuente de apoyo fáctico y analítico para una serie de iniciativas desarrollistas promovidas por la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID, por sus siglas en inglés), de Estados Unidos, vinculadas con el sector agrícola y el Mercado Común Centroamericano, que tantas expectativas positivas generó en esa época. Pero, conforme las realidades nacionales y regionales fueron cambiando y la índole de los retos comenzó a transformarse, incursionó en otras materias, en una sucesión que refleja distintas etapas de nuestro rumbo socioeconómico durante las cinco décadas.

La Academia fue clave para fomentar la discusión sobre cómo superar el modelo de desarrollo basado en la sustitución de importaciones, que hacia finales de los años setenta se había tornado insuficiente e, incluso, impedía un crecimiento más robusto. Cuando, a inicios de la siguiente década, el país se sumergió en la peor crisis económica de la segunda mitad del siglo XX, la institución y varios de sus miembros más prominentes fueron factores clave para diseñar respuestas adecuadas, tanto en lo económico como en lo social.

Mientras se tomaban medidas para contener la crisis y evitar efectos demoledores en la población, el país comenzó a avanzar hacia una economía más abierta, eficiente e integrada al mundo, lo cual fue clave para el crecimiento que siguió. Como parte de este cambio, nos integramos, primero, al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT, por sus siglas en inglés) y, luego, a la Organización Mundial del Comercio (OMC), y suscribimos una gran cantidad de tratados comerciales bilaterales y regionales, que nos han abierto múltiples mercados y han generado seguridad jurídica para la atracción de inversión extranjera directa.

En todos estos procesos, la Academia, sus investigadores y asociados, muchos incorporados a la función pública, han sido vitales para analizar, diseñar y conducir una serie de políticas públicas. Algunos de ellos, como los fundadores Eduardo Lizano Fait, Claudio González Vega, Alberto di Mare y Víctor Hugo Céspedes, han sido fuerzas intelectuales con una irradiación que ha ido más allá de sus investigaciones, reflexiones, cargos o cátedras.

La Academia ha sido clara, y así está escrito en su misión, en que su análisis de políticas económicas y sociales se promueve “desde el punto de vista de la economía de mercado”. Razones tiene porque la historia demuestra que este es el modelo de desarrollo que produce más riqueza y, por tanto, brinda mejores oportunidades para su adecuada distribución, un objetivo tan necesario como retador. En esta tarea, ha reconocido que el Estado cumple funciones cruciales que, como las del mercado, deben analizarse y orientarse con objetividad y pragmatismo.

En este momento, uno de los grandes retos del país es, precisamente, mejorar la eficacia y eficiencia del sector público para convertirlo en verdadero aliado estratégico del desarrollo. A esto deben añadirse otros desafíos para nuestra sociedad y la formulación de políticas públicas, entre ellos los ambientales, tecnológicos, demográficos y educativos, así como encadenamientos productivos más dinámicos. En todos estos casos, esperamos que la Academia se mantenga como gestora de conocimiento y propuestas, y que sus aportes permeen en los gobernantes, políticos, empresarios y académicos, y los sectores vitales para nuestro desarrollo.

Dentro de una gran frugalidad y transparencia, sus primeros 50 años han sido fructíferos. Merece el apoyo de todos para que los siguientes lo sean en igual o, mejor aún, mayor medida.