28 marzo

El gobierno chino dio el pasado martes 17 un nuevo y perturbador paso en su política de restricciones informativas, al anunciar la expulsión de 13 reporteros estadounidenses —de los diarios The New York Times, Wall Street Journal y Washington Post—, a quienes ordenó entregar sus credenciales en un plazo de diez días. Más aún, como parte de esa decisión, anunció que el impedimento para ejercer su profesión se extiende también a Hong Kong, lo cual constituye un nuevo golpe a la autonomía y las libertades ciudadanas de esa ciudad y al concepto, cada vez más iluso, de un país, dos sistemas.

La medida, secuela de un nuevo foco de tensión entre China y Estados Unidos, esta vez alrededor de los permisos de trabajo para periodistas, tendrá como uno de sus resultados más inmediatos un mayor cerco al flujo de información independiente sobre lo que ocurre en territorio chino. Por esto, más allá de sus detonantes cercanos, no estamos ante decisiones aisladas o simplemente reactivas, sino frente a un eslabón más en el endurecimiento de la cadena de restricciones a la libertad de expresión puesta en práctica por el presidente Xi Jinping, como parte de diversas medidas para consolidar un poder cada vez más duro.

El conflicto alrededor del trabajo de medios estadounidenses en China y de chinos en Estados Unidos comenzó el 19 de febrero, cuando el régimen de Pekín anunció la expulsión de tres periodistas del Wall Street Journal. Ofreció como móvil, inverosímil, pero consecuente con su autoritarismo, la presunta indignación por el carácter “racista” del título “China es el verdadero enfermo de Asia”, utilizado en un artículo publicado en sus páginas de opinión días antes. Más aún, exigió que el diario reconociera “la seriedad de su error”, ofreciera disculpas y castigara a los “responsables”: difícil imaginar más grande desdén por la autonomía y profesionalismo de un medio independiente.

Como respuesta, el 2 de marzo el gobierno estadounidense redujo a 100, de aproximadamente 160, el personal (no necesariamente periodistas) de medios estatales chinos que pueden trabajar en su territorio. Dos semanas después, vino el anuncio de expulsión de los 13 reporteros, la acción más drástica tomada contra la prensa extranjera desde la llegada de Mao Zedong al poder, en 1949, aunque la denegación de visas, el retiro de credenciales y el control de movimientos han sido recurrentes.

Tanto el Times como el Journal y el Post están entre los medios que han informado con mayor detalle, rigor e independencia sobre tres acontecimientos de enorme trascendencia en China, para extrema molestia del gobierno. El más reciente es el brote epidémico del coronavirus en la ciudad de Wuhan y los esfuerzos iniciales del régimen por suprimir la divulgación del hecho, lo cual retrasó lamentablemente la respuesta. Posteriormente, esta ha sido tan severa como eficaz, pero el secretismo de origen impidió una reacción más rápida.

Los tres diarios saltaron también sobre las barreras oficiales y documentaron con gran profesionalismo las multitudinarias protestas contra la interferencia de Pekín en Hong Kong, a partir de junio del pasado año, y la brutal campaña del régimen para someter y privar de su identidad a la población musulmana de las etnias uigur y kazaja, que habitan en la provincia occidental de Xingiang. (A ambos temas nos referimos en nuestro editorial “Dos caras del totalitarismo chino”, publicado el 19 de noviembre del pasado año).

A Xi Jinping y sus funcionarios, no solo les preocupa la imagen del régimen que se proyecte más allá de sus fronteras, como resultado del trabajo de medios extranjeros independientes; les inquieta todavía más la repercusión interna y la actitud crecientemente crítica de la población, que a menudo logra superar el enorme control interno y utilizar las redes de comunicación digitales para divulgar hechos y opiniones.

Es posible que, debido a la expulsión de los 13 reporteros, el gobierno de Washington tome otras represalias y la cadena de acción-reacción continúe. Esperamos que se abstenga de hacerlo. No se trata de un simple conflicto diplomático, sino de un caso de libertad de expresión. Y, si bien hay una gran diferencia entre los medios independientes que representan los tres diarios estadounidenses y los controlados por el gobierno chino, Estados Unidos no debe ofrecer más excusas para nuevas limitaciones ni tampoco acudir al mismo tipo de tácticas autocráticas.