21 abril

El Reino Unido fue a referendo para decidir el abandono de la Unión Europea. Dijo “sí” por un margen estrecho comparado con la magnitud de la decisión, pero no dijo cómo. Pasados dos años, nadie encuentra la respuesta. Históricas mayorías parlamentarias rechazan los acuerdos negociados con Bruselas por la primera ministra, Theresa May. Ante el fracaso del Ejecutivo, la Cámara de los Comunes intentó escoger entre ocho propuestas muy diversas. Ninguna tuvo éxito.

El país está al borde de una salida desordenada y peligrosa del bloque europeo mientras las encuestas sugieren la posibilidad de un resultado distinto si los británicos volvieran a las urnas. En el momento de la ruptura, si ocurre, no sabremos cuál es, en realidad, la opinión de la mayoría. Solo sabremos cómo opinó dos años antes, al calor de promesas irresponsables y falsedades reconocidas hoy por quienes las propalaron.

Así, el brexit se transformó en una lección invaluable sobre la demagogia y el gobierno por consulta popular. La naturaleza dicotómica del referendo es incapaz de recoger, en una pregunta, la compleja decisión planteada a los votantes. Les toca decir sí o no, sin matices, y en esa radicalidad binaria estriba el primer defecto del referendo como medio para tomar decisiones.

El desconcierto británico frente a las rutas abiertas por el escueto “sí” no debe sorprendernos. Luego del encarnizado debate, el país despertó al examen de los costos y consecuencias. Los jóvenes, abrumadoramente favorables a permanecer en la Unión Europea, preguntan por qué los mayores deciden su futuro. Los londinenses y habitantes de otras urbes hacen la misma pregunta sobre la población rural. Los escoceses piensan en otro referendo, no para dejar Europa, sino el Reino Unido, y en Irlanda temen la erección de barreras fronterizas entre la República europea e independiente y la británica provincia del norte.

Ninguna de esas contradicciones queda resuelta por un margen de 52 a 48, que pudo ser menor sin dejar de tener idénticos efectos. Decisiones tan monumentales, con tamañas repercusiones futuras, no deben quedar a expensas de un sí o un no decidido por mayoría simple.

El referendo, planteado como recurso ultrademocrático, cabalga sobre la antipolítica ínsita en el discurso populista de izquierda y de derecha. Viktor Orbán exalta las virtudes de la democracia directa en Hungría como lo hizo el chavismo en Venezuela. El discurso de la “ingobernabilidad”, la “ejecutividad” y la “eficiencia” también conduce por ese camino.

El referendo encaja en la prédica populista precisamente porque implica una ruptura con los mecanismos republicanos de decisión y gobierno. Esos mecanismos han labrado su desprestigio a lo largo del tiempo, pero conviene compararlos con las alternativas antes de tirarlos por la ventana. Conviene, además, reformarlos para facilitar el cumplimiento de su misión.

En retrospectiva, es válido preguntar si el referendo sobre el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Centroamérica y República Dominicana fue el mejor medio para tomar tan trascendental decisión. El Congreso había demostrado incapacidad para resolver el dilema, pero eso se debió más al diseño del procedimiento legislativo que a un defecto intrínseco del foro creado para legislar.

En homenaje al realismo, las leyes de referendo suelen contener limitaciones en materias cuya decisión solo puede ser confiada a la institucionalidad republicana, como la tributaria, las relaciones exteriores y los derechos humanos. La pregunta es si las áreas excluidas son las únicas en las cuales acechan peligros para la democracia.