7 diciembre, 2019

Tras 15 años y 3 gobiernos de la coalición de centro-izquierda Frente Amplio, los uruguayos se inclinaron por el cambio y eligieron presidente a Luis Lacalle Pou, candidato del centroderechista Partido Nacional, en la segunda ronda electoral celebrada el 29 de noviembre. La estrecha diferencia con el candidato oficialista, Daniel Martínez, retrasó la proclamación oficial del triunfador, pero el 1.° de este mes la Corte Electoral emitió los resultados finales (48,87 % frente a 47,35 %) y proclamó a Lacalle presidente y a Beatriz Argimón, vicepresidenta. Ambos asumirán sus cargos el 1. ° de marzo.

Aunque en la primera vuelta del 27 de octubre el Frente Amplio obtuvo la mayor cantidad de asientos en ambas cámaras legislativas, el anunciado apoyo de otros partidos dará al gobierno mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes, los cuales iniciarán funciones el 15 de febrero.

Lo primero destacable de ambas rondas electorales es la normalidad cívica con que se efectuaron y, particularmente, la madurez de la ciudadanía y los líderes políticos demostrada en la inicial indefinición de los resultados definitivos. Salvo algunas voces sin representación alguna, nadie puso en duda la honestidad del proceso y los dirigentes mayoritarios actuaron sin precipitación, con gran prudencia y realismo. Incluso antes de la proclamación oficial del vencedor, Martínez reconoció la victoria de Lacalle Pou cuando la matemática del conteo la tornó irreversible, y sostuvieron una primera reunión el 30 de noviembre. Dos días después, el presidente, Tabaré Vázquez, recibió al futuro mandatario para comenzar una transición fluida.

A la señalada muestra de solidez democrática, debe añadírsele que, tras 15 años de continuismo, los uruguayos optaran por un gobierno de orientación distinta. El desgaste acumulado por el Frente Amplio era tan evidente como la acumulación de vicios a los cuales normalmente conduce un dominio tan prolongado del poder. Por esto, el triunfo opositor era esperado, y lo que sorprende es que su margen haya sido mucho menor que el mostrado por las encuestas, indicador de que, más allá de factores coyunturales que hayan reducido la diferencia, la centroizquierda cuenta con una sólida base de apoyo, que debe ser tomada en cuenta. El candidato triunfador lo ha reconocido sin reticencias y ha insistido en que gobernará para todos los ciudadanos.

Los mayores desafíos internos que confronta Uruguay, y los que han acaparado las inquietudes de la población, son la creciente inseguridad, la desaceleración de la economía, que se calcula crecerá apenas un 0,5 % este año, y un progresivo desequilibrio de las finanzas públicas, el cual constituye el peor déficit fiscal de los últimos 30 años. A lo anterior se añaden un desempleo del 9,5 %, una reducción en las inversiones productivas y una creciente devaluación del peso frente al dólar, que ha incidido en el encarecimiento de la vida. La agenda doméstica del nuevo gobierno, por tanto, estará necesariamente centrada en el binomio seguridad-economía, y aunque sus iniciativas serán distintas a las del Frente Amplio, difícilmente marcarán rupturas profundas.

En el frente externo, sin embargo, habrá cambios más drásticos, y el principal se refiere a Venezuela. Lacalle anunció el reconocimiento a Juan Guaidó como presidente y que Uruguay abandonará el llamado Mecanismo de Montevideo, que estableció como su misión mediar en el conflicto venezolano, lo cual no ha producido resultado alguno y, más bien, ha brindado algún oxígeno al régimen de Nicolás Maduro. Costa Rica, también integrante, debería revaluar su permanencia en el grupo.

Cómo encarar la crisis política en que se ha precipitado el Mercosur, alianza comercial que, además de Uruguay, integran Paraguay, Argentina y Brasil, por los choques que se gestan entre estos dos países, será otro desafío de enorme magnitud.

Los retos no son dramáticos, pero sí serios. Confiamos en que Lacalle, su partido, sus aliados y su equipo los afrontarán con éxito. Además del respaldo legislativo, el nuevo presidente, de 46 años, tiene a su favor la experiencia política acumulada durante 17 años como legislador y el provenir de una de las principales familias políticas uruguayas: su padre, Luis Alberto Lacalle, ocupó la presidencia entre 1990 y 1995 y su bisabuelo fue uno de los bastiones del Partido Nacional. ¿Garantías? Ninguna, pero, sobre todo si le aunamos la madurez política ya señalada, los augurios son buenos.