28 julio

En la Revisión del Programa Macroeconómico 2019-2020, el Banco Central ajustó las expectativas de crecimiento a la baja en un punto porcentual para fijarlas en el 2,22 %, una cifra decepcionante con temibles efectos sobre el empleo y la pobreza, entre otros rubros. El 2020 no será mucho mejor, con un 2,6 % de crecimiento, idéntico al del 2018.

La crisis fiscal y sus obligados correctivos explican la desaceleración interna. La poca disponibilidad de crédito, su costo, el desempleo, la caída en los ingresos y el endeudamiento de la población frenan la demanda e incrementan la desconfianza de empresarios e inversionistas. Todos esos fenómenos se relacionan, de una u otra forma, con la indisciplina fiscal y las fantasías cultivadas con fondos estatales, supuestamente inagotables.

Pero no todas las razones de la desaceleración económica son locales. El deterioro en los términos de intercambio se suma a la disminución del comercio mundial debido a las guerras arancelarias.

Llegó la hora de pagar la fiesta y no alcanza. El gobierno subejecuta la inversión pública y procura recaudar recursos sanos, pero el efecto de los nuevos e indispensables impuestos tardará en ser absorbido por la economía y, mientras tanto, tiene consecuencias recesivas.

Es un problema surgido de nuestra propia indiferencia hacia las mejores prácticas fiscales y la inclinación demagógica a conceder y ampliar derechos y prestaciones sin preocuparnos por sus fuentes de financiamiento o el lugar que ocupan en la lista de prioridades. “Quien tiene más galillo traga más pinol”, bien puede ser el lema de Costa Rica, donde grupos de interés organizados se apropian de recursos necesarios para enfrentar la pobreza, mejorar la atención médica o elevar el nivel de la educación, entre otras sentidas necesidades.

Pero no todas las razones de la desaceleración económica son locales. Precios internacionales de productos utilizados en la industria y la agricultura (petróleo, metales y granos) van en aumento mientras los del café, la piña y el azúcar bajan. El deterioro en los términos de intercambio se suma a la disminución del comercio mundial debido a las guerras arancelarias.

Nuestro país no es combatiente activo de esas confrontaciones, pero la pérdida de dinamismo de la economía mundial tendrá efectos inevitables. Naciones pequeñas como la nuestra no deben limitar sus aspiraciones al crecimiento proporcionado por el mercado interno y se ven obligadas a apostar por las exportaciones. Costa Rica ha hecho bien al diversificarlas y aumentarlas, mas el grado de éxito siempre dependerá de las condiciones del mercado internacional. Las exportaciones sufren, por ejemplo, la crisis política de Nicaragua. En abril del 2019, vendimos una quinta parte menos al país vecino que en el mismo mes del año anterior.

Los desafíos son monumentales y su proyección hacia el futuro no nos releva de las urgentes tareas de ordenamiento interno.

Además, la agricultura empieza a sufrir los efectos del cambio climático, el cual se ensañó con la producción de banano, pero afecta también a otros productos claves. Los bananeros calculan en un 15 % el daño y otros sectores verán un aumento de costos por la necesidad de adoptar medidas de mitigación y adaptación.

Las autoridades económicas nacionales gozan de un margen de acción financiera gracias a la preservación de las bajas tasas de interés en el mercado internacional, especialmente, en los Estados Unidos, donde los economistas temen un cambio de circunstancias después de una década de expansión económica y cifras de desempleo históricamente bajas.

Buena parte de nuestros males económicos son responsabilidad local, pero es preciso fijarnos en los factores externos para comprender mejor la situación y entender los retos planteados. Los desafíos son monumentales y su proyección hacia el futuro no nos releva de las urgentes tareas de ordenamiento interno. Por el contrario, deben ser un acicate para acelerar las medidas necesarias para desarrollar la capacidad de reacción frente a fenómenos sobre los cuales poco podemos influir.