10 octubre

El 3 de octubre de 1990, a menos de un año de haber caído el ominoso Muro de Berlín —el 9 de noviembre previo—, señal inequívoca del fracaso comunista, Alemania se convirtió en un país unificado. La República Federal Alemana (RFA), la mitad democrática surgida tras la Segunda Guerra Mundial junto con la socialista República Democrática Alemana (RDA), adquirió ese día soberanía sobre la totalidad del territorio. Comenzó entonces un proceso de integración, aún inconcluso, y que, aunque no ha carecido de tensiones, exhibe un saldo ejemplarmente positivo para los propios alemanes, para el conjunto de Europa y para el sistema internacional.

La RFA, democracia plena, es la principal locomotora económica de la Unión Europea (UE), un país próspero que ha hecho de la economía social de mercado una realidad de prosperidad compartida, un referente político crucial en su continente y fuera de él, un ancla de estabilidad inmersa en permanentes retos y amenazas y una fuerza constructiva y solidaria en el mundo.

Su conducta como potencia media ha despejado cualesquiera dudas o temores que pudieran existir antes de la unificación sobre su impacto en el balance geopolítico de Europa. Y si algo puede reclamarse a sus dirigentes es que no hayan asumido con mayor plenitud el liderazgo que un país de su calibre está llamado a cumplir, no solo en el ámbito político y económico, sino también estratégico. Su importancia es ahora más grande que nunca, dado el repliegue y contradicciones estadounidenses, las amenazas y agresiones de Rusia y el creciente desafío económico, político y militar de China.

La gran tarea de la reunificación fue asumida e impulsada, con generosidad, valentía, visión y sentido de inevitabilidad histórica por el canciller democristiano de entonces, Helmut Kohl. A él, con toda justicia, debe considerársele su gran gestor; la persona que estuvo dispuesta a aceptar los riesgos consustanciales de convertir dos Estados con niveles de desarrollo totalmente dispares en una nación unificada. Los costos fueron enormes y el proceso de asimilación ha pasado por múltiples fases. Sin embargo, cuando el imponente estadista dejó el poder, en 1998, la parte más difícil del camino ya estaba andada.

A su sucesor, el socialdemócrata Gerhard Schröeder, le tocó mantener el impulso y, particularmente, negociar una serie de cambios de profundo calado, que redujeron rigideces laborales, soltaron amarras económicas y permitieron al país modernizar su aparato productivo y tomar un nuevo aire de dinamismo. Por esto, en el proceso de 30 años, Schröeder puede ser denominado como el canciller reformador.

El fuerte liderazgo de Angela Merkel, quien lo sucedió en el 2005 y se mantiene hasta ahora gracias a distintas coaliciones entre su Unión Cristiano-Demócrata y otras agrupaciones, ha tenido características muy diferentes. Sobre la base de un decantado pragmatismo, una búsqueda constante de equilibrios y una marcada preferencia por los cambios evolutivos en lugar de las transformaciones radicales, ha sido un ancla de estabilidad doméstica y externa.

Ha debido hacer frente, como líder de su país y virtualmente de Europa, a crisis y desafíos múltiples, desde el crecimiento —todavía muy moderado— de la extrema derecha en Alemania hasta los avances autoritarios en países como Hungría y Polonia; desde la anexión Rusa de Crimea y sus agresiones contra Ucrania hasta la crisis migratoria del 2015 y el retiro británico de la UE; desde el desplome económico del 2008-2009, devastador en Grecia, Italia y España, hasta la pandemia de la covid-19. Le ha tocado, además, superar barreras hasta ahora infranqueables de política económica, como aceptar presupuestos deficitarios o la disposición a emitir bonos de deuda europeos, respaldados mutualmente por todos los países.

La política nunca es estática; menos aún la evolución de los países. Cuál será la de Alemania unida constituye, por esto, una interrogante. Sin embargo, la casi total certeza es que las raíces de su apego a la democracia, el desarrollo, la libertad, la paz, el dinamismo y el respeto por un sistema internacional abierto y constructivo son más profundas que nunca. Esto es parte de lo que debemos celebrar con motivo de sus 30 años.