15 abril

Nunca en la historia reciente de la humanidad han sido tan cruciales la coordinación, la cooperación y la solidaridad internacionales. Sin embargo, hasta ahora, el liderazgo mundial, principalmente estadounidense, ha estado muy por debajo del desafío. Se impone una corrección inmediata. De lo contrario, las consecuencias de la covid-19, ya devastadoras, podrían alcanzar niveles inimaginables: si países ricos, como España, Estados Unidos, Francia, Italia y el Reino Unido, han sido puestos en jaque por la pandemia, no es difícil imaginar cuáles serán las secuelas para los más pobres.

El desdén de EE. UU. por sus deberes como potencia obliga a un liderazgo colectivo que requerirá gran esfuerzo.

La coordinación implica seguir estrategias que, lejos de competir o contradecirse, conduzcan a acciones integrales y armonizadas para aminorar los efectos sanitario y económico del coronavirus. La cooperación debe conducir a brindar, de manera decidida, sistemática y amplia, apoyo técnico-científico, logístico, epidemiológico y económico a los países y poblaciones más vulnerables, incluidos los millones de desplazados por los conflictos armados. Y la solidaridad llama a superar las actitudes nacionalistas, oportunistas, excluyentes o prejuiciadas, y sustituirlas por la empatía.

No sugerimos que los dirigentes nacionales pongan en segundo plano las necesidades y el deber hacia sus pueblos. Las medidas adoptadas deben tener como prioridad la protección y el bienestar, aunque en ocasiones pasen por acciones drásticas, como el cierre de fronteras. Se trata, al contrario, de armonizar ese imperativo con el de facilitar estrategias globales y aportar a ellas en todo lo posible, no solo por buena voluntad, sino también por conveniencia: en el complejo sistema que es el mundo, ninguna de las partes puede, aunque quiera, permanecer aislada. Por esto, las soluciones globales son también, en gran medida, soluciones nacionales.

Bien lo dijo hace pocos días el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres: la crisis humana generada por el virus SARS-CoV-2 “requiere una acción coordinada, decisiva, incluyente e innovadora de las economías líderes y demanda un enorme apoyo financiero y técnico para los países y poblaciones más pobres y vulnerables del mundo”.

¿Y qué tenemos por ahora? Del lado positivo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha volcado a brindar orientación epidemiológica y algunos equipos a los países más necesitados. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, que han pronosticado el peor desastre económico global desde la Gran Depresión de hace nueve décadas, anunciaron que movilizarán todos los recursos posibles para cooperar con los más vulnerables, tanto en las dimensiones sanitarias como de recuperación económica. El G20, que reúne a las 20 mayores economías del mundo, anunció el miércoles su anuencia a suspender, a partir del 1.° de mayo, y por lo menos hasta finales de año, la deuda externa bilateral de los países más pobres y evaluar la posibilidad de mantener la medida.

Los bancos regionales, entre estos el Interamericano de Desarrollo (BID), el Centroamericano de Integración Económica (BCIE) y la CAF, han canalizado líneas de crédito con propósitos sanitarios y económicos. No debemos olvidar la solidaridad internacional entre los profesionales de la salud o los esfuerzos simultáneos por desarrollar protocolos de atención y, finalmente, vacunas, ámbitos donde también la filantropía privada ha entrado en acción.

Sin embargo, muchos países han prohibido la exportación o se han dedicado a acaparar equipos y medicamentos, aunque sea a costa de privar a otros que los necesitan con mayor urgencia. Ha sido frecuente el freno de las exportaciones agrícolas, mientras el proteccionismo asoma en muchos otros sectores. Las recriminaciones y el reparto de culpas, en lugar de cooperación, entre China y Estados Unidos, no han cesado; tampoco han sido capaces de terminar, aunque sea temporalmente, su guerra comercial, que afecta toda la economía.

Como vergonzoso colofón, el martes, el presidente Donald Trump anunció el cese de los aportes estadounidenses a la OMS. Excusa: la presunta complicidad del organismo internacional con China y el ocultamiento de información en las primeras etapas de la epidemia. Quizá haya algo de eso, pero, en realidad, se trata de un burdo y oportunista intento de eludir sus propias culpas al haber desdeñado la seriedad del mal y no haber actuado a su debido tiempo para proteger a la población estadounidense. No dudamos de que la organización tenga falencias, ni de que esté contaminada políticamente, pero de ahí a debilitarla cuando es más necesaria hay un gran trecho, y las principales víctimas serán los más pobres del mundo.

Por desgracia, esta acción es consecuente con la renuncia de su gobierno a ejercer el constructivo liderazgo internacional que Estados Unidos ha desplegado en otras ocasiones, como durante la crisis financiera desatada en el 2008, y augura mayores dificultades para la cooperación internacional. La iniciativa, por tanto, deberán asumirla otros líderes y organizaciones. Es un enorme desafío, pero también un deber impostergable que ningún dirigente responsable debe eludir, no importan las limitaciones de sus recursos.