Cuál debe ser la actitud de los costarricenses, en especial de los políticos, frente a la globalización? Esta es una interrogante crucial, en torno a la cual gira casi la totalidad de las políticas económicas y sociales de la actualidad, y por cuya causa se rasgan las vestiduras los grupos que la adversan.
Si nos detenemos a reflexionar sobre el contenido y consecuencias de la globalización, fácilmente constatamos que casi toda la política pública gira-o debería girar, directa o indirectamente, alrededor de ella: desde la negociación de los tratados de libre comercio hasta el déficit fiscal, pasando por la educación y la salud de nuestra fuerza laboral, la protección ambiental, la apertura, eliminación de monopolios estatales y, desde luego, los temas que han agitado a nuestra sociedad en los últimos meses, como las violentas manifestaciones callejeras por el combo ICE y las protestas de los agricultores.
La reciente visita a Costa Rica del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Dr. Enrique Iglesias, puso el tema de nuevo en el tapete; también sirvió de ocasión para ubicar su contenido en la correcta dimensión y aquilatar las consecuencias de las acciones y omisiones gubernamentales en torno a este importante tema. Para Iglesias, el fenómeno consiste en "la mundialización de los capitales, el comercio y la tecnología; cuando la empresa se convierte en un complejo de insumos muy diverso... y, además, es irreversible". En esto lleva mucho de razón. La globalización no es una opción que pueda desecharse o no según las preferencias, intereses o ideologías personales; es más bien un proceso irreversible que se da, fundamentalmente, por el desarrollo vertiginoso de la tecnología y la vocación de la humanidad de vivir y convivir unida para compartir de manera inteligente los frutos del trabajo, el ingenio y la creatividad individual.
El resultado de la globalización es la competencia mundial en todos los aspectos: productos finales, insumos, servicios de toda índole, finanzas sin fronteras, mano de obra, educación y gobierno; es el triunfo del libre mercado con sus derivados de eficiencia y productividad sobre la organización socialista de la producción y el consumo. Y eso la convierte en fascinante y temida a la vez, pero también en algo ineludible.
Iglesias advierte que esos procesos generalmente producen temores, ansiedades e inseguridad, pues mucha gente teme no estar a la altura de las demandas de empleo o de la tecnología, o simplemente tiene miedo de ser expulsada del proceso actual, como productores o empleados, y quedar fuera de los beneficios del progreso. En esto, de nuevo, lleva razón. Es duro para los productores protegidos, como algunos agricultores e industriales, que los expongan a la competencia externa cuando han nacido y crecido a la sombra de esa protección, y cuando se constata que muchos gobiernos se cierran a la competencia en esos mismos productos, o simplemente los subsidian. También es duro para algunos trabajadores costarricenses perder sus puestos de trabajo, o aceptar menores remuneraciones por la competencia de muchachos más jóvenes y preparados, conocedores de la tecnología de punta. Pero es mucho más duro para los consumidores, quienes integran el grueso de los jóvenes y trabajadores costarricenses, que los condenen a renunciar a los beneficios de poder comprar mejor y más barato, e incrementar así sus ingresos reales, en aras del proteccionismo agrícola, fabril o laboral.
La solución, por tanto, no es abstraerse de la realidad, como el avestruz, sino enfrentarla, reconocer las dificultades de la transición, pero marchar a paso firme hacia la globalización, que es el signo de los tiempos. Para ello, toda la política pública deberá reformularse. Deberán aprobarse sin dilación los tratados de libre comercio pendientes en la Asamblea Legislativa, eliminarse gradualmente las distorsiones que le dificultan al productor nacional competir en el exterior, como el costo y calidad de los servicios públicos monopolizados-telecomunicaciones, electricidad, seguros, combustibles, y las otras distorsiones en la banca, déficit fiscal y deuda interna, e invertir bien en la educación de los jóvenes y de la mano de obra que podría quedar cesante por los rigores de la competencia. Al Estado le compete no sólo preparar bien a la población para que pueda competir en el futuro, sino explicar los beneficios de la globalización para que la gente la entienda, la apoye y se prepare. Por desdicha, en ambos casos ha fallado.