Iván Molina Jiménez.   20 marzo

Yolanda Oreamuno cumplió 15 años el 8 de abril de 1931. Según las convenciones prevalecientes en esa época, a tal edad las jóvenes, en especial las de familias de sectores medios y altos, ingresaban al mercado matrimonial (por entonces, las mujeres se casaban, en promedio, a los 21 años).

Aunque a inicios de la década de 1930 todavía no se había generalizado la práctica entre las familias acomodadas de pagar espacios en los periódicos para anunciar que sus hijas cumplían los 15 años, algunas ya lo hacían.

Oreamuno, dados los limitados recursos de su madre y de su abuela, se incorporó a esta tendencia muy modestamente, puesto que su cumpleaños fue apenas mencionado, sin foto, en una breve nota publicada por La Nueva Prensa, un medio de comunicación menor en comparación con órganos tan influyentes como La Tribuna, Diario de Costa Rica y La Prensa Libre.

Cardona. En 1931 se conmemoró en la ciudad de Alajuela el centenario del nacimiento del héroe nacional Juan Santamaría. Esa celebración, llevada a cabo en la última semana de agosto, comprendió misas solemnes, retretas, partidos de fútbol, conciertos, bailes populares, exposiciones históricas y desfiles de estudiantes y de carrozas.

Para cubrir esas actividades, el diario La Tribuna destacó al joven estudiante de la Escuela de Derecho José Luis Cardona Cooper (1909-1999), encargado desde 1927 de un exitoso programa de radio denominado El hombre de la Luna y de una sección homónima de cuentos y poesías infantiles, que se publicaba semanalmente en ese mismo periódico.

Cardona, aparte de escribir relatos infantiles, los ilustraba, pues también era dibujante; además, según su hermano Rodolfo, tocaba el violín y actuaba: tuvo un papel en la primera película costarricense, El retorno, estrenada en 1930.

En tales circunstancias, le quedó a la medida el proyecto El hombre de la Luna, personaje que vigilaba con un binóculo el comportamiento de niños y niñas.

Encuentro. Mientras realizaba sus labores en Alajuela, en agosto de 1931, Cardona reparó en unas estudiantes, entre las cuales se encontraba Oreamuno, quien por entonces cursaba el tercer año en el Colegio Superior de Señoritas.

Al recordar ese episodio, varios años después, el periodista indicó que “al pie de la estatua” de Santamaría, la cual estaba “completamente cuajada de flores”, había un grupo de jóvenes vestidas de campesinas.

Según Cardona, esas “lindas conchitas” aumentaban “con sus risas y charlas el alboroto de aquella inmensa multitud”, pero le “llamó poderosamente la atención una gentil chiquilla con un cuerpo no menos gentil y unos ojos en forma de avellanas, negros y enigmáticos”.

El periodista se percató, además, de que “su cabello, graciosamente recogido hacia atrás en un moño típicamente campesino, dejaba al descubierto su cara morena y sus finas y diminutas orejas”. Vestía con “camisa de gola, pañuelo rojo con dibujos blancos, enagua floreada vistosamente”.

Tan impresionado quedó Cardona con Oreamuno que, de regreso a San José, se las ingenió para viajar a su lado, en el balcón de un carro del ferrocarril.

La joven, evidentemente, sabía quién era él, puesto que en la conversación sostenida durante el viaje, habló de "El hombre de la Luna como de algo muy importante”. Dado su entusiasmo por el tema, el periodista concluyó que “le gustaban los cuentos”.

Fotos. Como resultado directo de ese encuentro, La Tribuna, en una edición en la que informó de las fiestas celebradas en Alajuela, publicó tres fotografías de colegialas vestidas de campesinas, en dos de las cuales aparece Oreamuno.

Parece que las estudiantes del grupo al que pertenecía Oreamuno fueron fotografiadas en el edificio de la Municipalidad de Alajuela. En la primera foto, la futura escritora está ubicada detrás de sus compañeras, inclina levemente la cabeza y sonríe de manera contenida.

En la segunda imagen, Oreamuno pasó al frente, pero se colocó de medio lado. Mientras una de sus compañeras rodea su cuello con el brazo derecho, su rostro adopta una expresión muy seria, con una serena tristeza en la mirada.

Reconocimiento. De momento, la información disponible sugiere que esas imágenes, que circularon en uno de los principales periódicos del país, fueron las primeras fotografías de Oreamuno dadas a conocer por la prensa.

Aunque en el pie correspondiente no se consignaron los nombres de las colegialas, tal omisión no debió impedir que fueran reconocidas por sus familiares, amistades, docentes y compañeras de estudio, dada la pequeñez demográfica de la ciudad de San José y del círculo de personas vinculadas con la segunda enseñanza.

En efecto, en 1931, el casco urbano josefino se encontraba habitado apenas por unas 57.000 personas, de las cuales cerca de 5.800 estaban en edad de asistir a la segunda enseñanza, pero solo unas 1.700 lo hacían (29 %).

Tan baja cobertura era un indicador de la pobreza y la desigualdad prevaleciente en la Costa Rica de esos años, agudizadas por el impacto de la crisis económica mundial que siguió al colapso de la Bolsa de Nueva York en 1929.

Efectos. No se conoce información que permita determinar si esa inesperada inserción en la esfera pública tuvo algún efecto en la vida de la joven, quien en 1931 experimentó una recomposición de su familia debido al segundo matrimonio de su madre. Sin embargo, es posible que tal exposición mediática funcionara como una celebración de 15 años suplente y colocara a Oreamuno en el ojo de la prensa, que entonces era predominantemente masculina.

Al año siguiente, Oreamuno escogió la opción comercial que ofrecía el Colegio Superior de Señoritas para graduarse de contadora mercantil; simultáneamente, demostró estar decidida a convertirse en una figura pública.

Pronto sus afanes dieron resultado: en octubre de 1932, fue coronada reina de la Cuarta Exposición de Artes Plásticas y fue reconocida por modelar para algunos de los principales pintores costarricenses de ese momento.

De hecho, dos retratos de Oreamuno, pintados por Gonzalo Morales Alvarado, captaron la atención del gran poeta nicaragüense –residente en San José– Salomón de la Selva, quien congratuló al artista por haber mejorado la calidad de su dibujo y por haber escogido de modelo “a criatura tan linda”.

En fin, El hombre de la Luna pudo haber contribuido decisivamente a que Oreamuno comenzara a considerar, desde nuevas perspectivas, las oportunidades que su creciente celebrada belleza le podía abrir en dos direcciones distintas, pero complementarias: para empoderarse frente a la nueva autoridad masculina que había en su familia y para aspirar a un futuro en el llamado mundo elegante de San José.

El autor es historiador.