Por: Fernando Durán Ayanegui 29 junio, 2014

Ser monotemáticos es una elección como otra cualquiera. En nuestro caso, habíamos escogido un camino diferente, pero a veces surgen temas cuyos atributos los convierten en obsesiones que no ofrecen vía de escape. Sobre todo si son temas que, como decimos en las calles, le erizan a uno los cabellos. Hace muy pocas semanas nos referimos en este espacio a las preocupantes informaciones que nos llegan sobre el aumento de las emisiones de gas metano provocadas por el calentamiento de los suelos en las regiones árticas y, a ese propósito, trajimos a cuento aquella hipótesis según la cual la mayor extinción masiva de especies biológicas que la ciencia registra, ocurrida hace alrededor de 251 millones de años, se originó, justamente, en un aumento súbito de la concentración de metano en la atmósfera. Ahora llega a nuestras manos un resumen, publicado por la Universidad de Alaska, en Fairbanks, de un estudio reciente que le ha permitido a un grupo de científicos demostrar que la magnitud de las emisiones de metano desde el lecho marino del norte siberiano es el doble de cuanto se calculaba. De acuerdo con ese estudio, al ritmo actual la tundra oriental y el mar del norte siberianos dejan escapar a la atmósfera, en conjunto, 34.000 millones de toneladas de metano por año.

Se trata, simplemente, de un número que, por sí solo, parece decir poco, pero, como comparar ayuda a comprender, bien vale la pena entrar en algunas precisiones. Todos hemos oído hablar del grave impacto de las emisiones artificiales de dióxido de carbono en el calentamiento global (efecto invernadero) y somos conscientes de la imperiosa necesidad de reducirlas. Pues bien, calculado grosso modo, el efecto invernadero de una tonelada de metano es unas 82,5 veces mayor que el de una tonelada de dióxido de carbono. Esto significa que el efecto invernadero del metano siberiano equivale a alrededor de 2.800 millones de toneladas de dióxido de carbono.

Dado que las emisiones globales de dióxido de carbono originadas en la actividad humana llegaron en el 2013 a poco más de 30.000 millones de toneladas, si no lo pensamos mucho podríamos afirmar que la contribución adicional del metano de Siberia al efecto invernadero fue, en ese mismo año, “tan solo de un 9%”. Sin embargo, el panorama podría ser distinto en cuanto tomemos en cuenta que, mientras que parece posible adoptar medidas destinadas a disminuir la producción de dióxido de carbono, el aumento de las emisiones de metano desde los suelos árticos es un designio de la naturaleza sobre el cual no tenemos posibilidad de ejercer algún control. ¿No es alarmante?

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