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Uno sale del colegio y su mundo cambia radicalmente

Fray Víctor relata cómo vive la celebración de los cuarenta años de haber dejado la secundaria

Parece mentira que nuestra memoria esté llena de recuerdos que se fueron conformando en el transcurso de tantos años, después del colegio. Muchas cosas ocurrieron en ese tiempo: se fue definiendo nuestra historia personal en decisiones trascendentales, modos de vida, elecciones, amores, odios, rencores, felicidades, tristezas, fracasos y triunfos.

Una amalgama de cosas, no siempre bien diferenciadas, pero que fueron creando las personas que somos y que fueron dando profundidad y realidad a lo que antes eran solo ideas y sueños juveniles.

Tenemos más sabiduría, me decía uno de mis amigos del colegio, cuando le comenté que se veía más viejo junto a su hijo recién casado. Sí, la sabiduría que da la experiencia, y que nos permite conocernos más profundamente, la hemos adquirido; cómo la usamos, es otra cosa.

Pero cuando llegamos a celebrar 40 años de haber salido del colegio, vuelve a surgir el adolescente que trataba de entender un mundo que se le presentaba como desafío. Y, con sorpresa, vemos que ese joven se manifiesta otra vez como una bestia a la que hay que dominar, como cuando lo sentíamos en la carne y no llegábamos a tener veinte años. Resurge, a pesar de las canas y de lo vivido.

La adolescencia marca una etapa de nuestra historia muy singular. Nunca más se tendrá la vivencia de un cuerpo lleno de hormonas y crecimiento. No es fácil en esas edades controlar las emociones y el carácter.

Es como si la vida apacible del juego de la niñez de repente se transformara en un torbellino de posibilidades que impiden ver un rumbo certero hacia lo que queremos ser. Es hasta después del colegio cuando las cosas parecen perfilarse mejor, cuando comenzamos a experimentar lo que significa hacerse responsable de uno mismo.

Y no es que durante la adolescencia no se tenga la necesidad de tomar las riendas del propio destino en las manos; es que el viento de la libertad es tan fuerte que no podemos resistir su empuje.

Es en esos años juveniles, que compartimos la vida con otros por mucho tiempo, inmersos en estudios, recreos, conversaciones y juegos nuevos, comienza a aparecer lo que realmente teníamos que ser.

No me refiero a profesiones o aspiraciones personales, sino a nuestra personalidad y buen o mal talante con el cual nos enfrentaremos al mundo. Ciertamente, mientras construímos esa estructura interior, jugamos a anarquistas descontrolados, pero la verdad es que ya no podemos ocultarnos más.

Cuarenta años después, nos encontramos con nuestros compañeros y parece que el aula compartida, las risas, las expresiones, las virtudes y las cosas, no tanto virtuosas, emergen de la bruma del pasado y estamos otra vez allí.

No del todo, sin embargo, porque también las secuelas del tiempo que pasó, lo disfrutado y sufrido marcaron nuestra sien y consciencia. Ya no somos esbeltos jóvenes, pero nuestra personalidad se enriqueció con la experiencia de haber decidido y afrontado las consecuencias de lo que hicimos.

Ya nada nos asusta, porque sabemos que detrás de toda aura de perfección soñada corre también la inconsistencia, el error, la incoherencia y hasta el miedo. Seguimos siendo frágiles, pero sabemos que nunca alcanzaremos la fuerza de un fundamento inconmovible.

Los cimientos que definen nuestra existencia son otros: la fuerza de la compasión, la necesidad del perdón y la renuncia a toda pretensión soberbia de creerse dueño del mundo. Cosas inimaginables en la adolescencia.

Uno sale del colegio y su mundo cambia radicalmente. Nos encontramos en la universidad, pero ya hay otros intereses y carreras nuevas que implicaron otros corredores y otras gentes. Las amistades que se suponían omnipresentes comenzaron a distanciarse porque había otros proyectos, familias que construir y responsabilidades que asumir.

Pero lo que éramos perduró. Recuerdo que después del colegio prácticamente no vi, ni tuve contacto con mis antiguos compañeros. Después de una corta experiencia en la carrera escogida, me vi envuelto en opciones religiosas. Eso lo cambia todo, los avatares de la existencia hacen que nos movamos hacia otros rumbos.

No fue hasta que cumplimos 15 años de haber salido del Calasanz cuando, viviendo en Costa Rica, me contactaron los organizadores de la celebración para presidir una misa en la capilla del colegio. Acepté, aunque tengo que admitir que llegado el día me sentía asustado.

En la sacristía, nos esperaba nuestro antiguo director, el padre Juan Álvarez. Todavía recuerdo sus sermones en las celebraciones de toda la secundaria. Palabras inflamadas de pasión llamando a ser personas de bien. Además de la belleza poética de sus discursos, el padre Juan nos empujaba a ser mejores. En verdad, todos los escolapios nos dieron un gran ejemplo, cada uno según su temperamento y estilo.

En la sacristía, sabiendo que tenía que predicar delante del padre Juan, mi ansiedad crecía de solo pensar que tenía que ver a los compañeros que me conocían de toda la vida y decir misa para ellos. Volví a sentir el peso de mi timidez nunca superada, del muchacho flaco y medio nerd que siempre fui y que volvía a estar frente a aquellos de los cuales no podía ocultarme.

Muchos se sorprendieron, porque no tenían idea que era sacerdote franciscano. Pero debo decir que fue una experiencia de reencuentro que todavía rememoro con agradecimiento.

La muerte de algunos compañeros siempre nos ha acompañado, los extrañamos y nos recuerdan la verdad de lo que somos. Como ellos, un día nos enfrentaremos al último acto de la existencia y quisiéramos que pueda ser un grito de juventud permanente.

En fin, después de cuarenta años, ¿qué pueden decir aquellos muchachos que vieron las consecuencias de las guerras centroamericanas, que cantaban “Cristo ya nació en Palacagüina...”, que vieron derrumbar el muro de Berlín y vivieron en una época de crisis económica y política?

Seguramente, nuestras respuestas serían múltiples, porque nos enseñaron a ser nosotros mismos, a ser críticos y a usar nuestras fuerzas con creatividad.

Después de la profesora Roxana, ya no nos asustan las matemáticas, ni los imposibles exámenes de Historia ni los análisis gramaticales que teníamos que hacer de oraciones tomadas de obras del realismo mágico, que no aparecían en los ejercicios del libro de prácticas.

Tampoco los quices quincenales de Física y Química, o los proyectos de arte del hermano Severino. Sin embargo, aún nos martilla la conciencia la voz del padre Molins cuando no contribuíamos al fondo de becas.

La vida ya no nos asusta, porque nos sorprendió con una buena educación y la suficiente creatividad para crecer en medio de los vaivenes de la historia. Pero creo que todos, a pesar de ser tan diferentes, sabemos que aún hay mucho por hacer y planear.

Hemos ganado y hemos perdido; hemos hecho camino, a veces lo desandamos y otras, lo retomamos. Seguimos viviendo el día a día después de cuarenta años. Nos parecía que ganábamos el mundo, nos dimos cuenta de que ni siquiera lo conocíamos bien, pero sin ese pequeño gran paso que fue terminar juntos el colegio, ¿quiénes seríamos hoy?

frayvictor@gmail.com

El autor es franciscano conventual.

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