Saúl Weisleder. 9 noviembre

Una alarma recorre el mundo: la del populismo fascista. Ya ha sonado en varios países porque en ellos se ha instalado. En otros, Costa Rica incluida, escuchamos alertas tempranas, vienen del norte cercano y lejano, del sur, de Asia, de Europa y hasta del Pacífico oriental. Tenemos algo de tiempo, pero la coyuntura interna no ayuda para alejarlo como peligro actual y verdadero.

Caminando por mi barrio, me encuentro choferes de autos de lujo y de buses, taxis y motocicletas saltándose señales de advertencia del Tránsito e insultándose de un vehículo a otro.

Costa Rica aún puede volver por sus fueros y mantener la democracia y la institucionalidad que nos ha permitido ser uno de los países más estables y casi exitosos en desarrollo sostenible

En la avenida segunda, dos personas se retaron a puñetazos y me entero que son cuidadores de vehículos que “defienden su territorio”. Ellos son parte de los miles de empleados informales que hacen lo posible para procurarse un ingreso.

El sistema económico y legal, por múltiples factores, no permite absorber toda la oferta laboral. Los más perjudicados son los menos educados formalmente o formados. El autoempleo es, sobre todo, igual que esa gran informalidad, una estrategia de supervivencia que también explica los cientos o miles de soditas, comederos populares y otros negocios que brotan por todas partes y cuya tasa de mortalidad es altísima.

Judicialización. Antes, durante y después de las jornadas futbolísticas se discute más sobre las decisiones arbitrales que sobre el marcador o la calidad del partido. Hasta el deporte se ha judicializado.

Hablan con pasión, todos creen tener la razón, se forman bandos. Generalmente, las discrepancias y confrontaciones son acerca de asuntos de apreciación, diferencias de centímetros en un campo de más de mil metros cuadrados. Los árbitros deben decidir, al instante, si un jugador, al iniciar su carrera para recibir el pase de gol, tenía la nariz o su zapatilla tres centímetros adelante del último defensa cuando su compañero le hizo ese pase…

Luego, frente al televisor, con repeticiones múltiples en cámara lenta, los “expertos” y los fanáticos llegan a sus propias conclusiones e inician los improperios, las llamadas de atención sobre la pésima calidad del “arbitraje nacional”. Los aficionados se insultan, las barras usan violencia extrema. La discusión continúa por varias jornadas. La pasión sube de temperatura y es un nuevo ingrediente que aumenta la crispación que todos vivimos.

Antes, esos pasatiempos y las discusiones sobre fútbol eran vía de escape para la tensión, pero ahora más bien aumentan el enojo, la frustración y los múltiples sentimientos de descontento.

Señales. Tengo claro que estos son epifenómenos, síntomas de cosas más graves. Pero, lamentablemente, muestran un clima general de insatisfacción. Abonan al crecimiento de un círculo vicioso que, principalmente, explicados por carencias e imperfecciones del sistema, se agudizan por “el carbón” que, deliberadamente o no, transmiten los comentarios y noticias en los medios de comunicación. Repetir que las redes sociales han sido una bendición y una maldición a la vez, posiblemente no sea muy novedoso, pero sí muy cierto.

Los que ayer denunciaban “a grito pelado” una corrupción que según ellos no había dejado libre ni un átomo del gobierno de turno, hoy se defienden alegando “que no sabían, que no son familiares consanguíneos, que calladitos más bonitos, que eso lo hizo el gerente de la empresa, pero no ellos”. Frente a los cientos de incumplimientos en que han incurrido “que no es lo mismo verla venir que…”.

La gente recibe mensajes contradictorios: “Compre hoy y no le cobramos intereses por seis meses; después nos paga y verá que recorta en sus gastos para cubrir principal y altos intereses”. Por otro lado “cuide su dinero, haga una lista de lo prioritario que debe adquirir”. Los más disciplinados piensan y deciden. La mayoría decide y no piensa.

El sistema requiere, por un lado, que el consumo continúe, pero, por otro, que la gente disminuya sus deudas. Esto también hace que aumente la ostentación y la confusión, que crezca la desigualdad de ingresos y riqueza, que la pobreza se resista a disminuir.

Encrucijada. Los gobiernos prometen y tratan de resolver esos problemas, pero los resultados van en zigzag. Los tomadores de políticas ven aumentar los dilemas ante los cuales se encuentran. Rara vez se reconoce que “si la ensartan pierden y si no también”.

Como el morbo es una de las pasiones que más mueve a las personas, al punto que hasta en los análisis de exégesis bíblica se hace presente, los populistas fascistoides que mencionaba al inicio lo alimentan por YouTube, WhatsApp y Twitter. Sus orejas se muestran detrás de una máscara de santitos y adalides de las luchas populares. Desde la derecha y desde la izquierda políticas, cuyas definiciones de ayer hoy ya valen poco.

Costa Rica aún puede volver por sus fueros y mantener la democracia y la institucionalidad que nos ha permitido ser uno de los países más estables y casi exitosos en desarrollo sostenible, aunque se mofen los disconformes crónicos.

Termino citando una frase memorable y de advertencia justa del Dr. Rodolfo Cerdas: “Cuando la gente ya no cree en nada, puede creer en cualquier cosa”. Cuidado. Llamo a las personas de buena fe, solidarias, a cuidar desde ahora, cada una desde su sitio en la sociedad, nuestros valores esenciales por encima de múltiples diferencias.

La suerte de la reforma fiscal no trae iguales consecuencias, si la decisión es una u otra. ¡Qué va! Pero también es cierto que en la etapa que viene habrá más dificultades económicas para todos. Por eso debemos ser activamente responsables y solidarios. Luego, podremos tener una nueva aurora.

El autor es economista.