Javier Solana. 20 marzo

MADRID – Hace diez años, durante su primer viaje presidencial por Europa, Barack Obama pronunció un discurso histórico en la ciudad de Praga. En un gesto sin precedentes, el presidente estadounidense declaró que retornar a un mundo libre de armamento nuclear representaba un objetivo tangible, lo que contribuyó a que Obama fuese premiado con el Nobel de la Paz. Asimismo, Obama prometió a los ciudadanos checos que Estados Unidos jamás les daría la espalda, asegurando que la cláusula de defensa colectiva de la OTAN suponía un compromiso “para todos los tiempos”.

Una década más tarde, Estados Unidos parece haber dado un giro de 180 grados. El presidente Trump ha cuestionado la cláusula que ejerce de piedra angular de la Alianza Atlántica, rompiendo con casi 70 años de tradición diplomática. Además, Trump pretende abandonar el tratado ruso-estadounidense de eliminación de misiles de corto y medio alcance (Tratado INF), que desde 1987 ha sido clave para garantizar la seguridad del continente europeo. Pese a que el primer ministro checo ha sido recibido recientemente en la Casa Blanca, nada puede ocultar que la administración del America First está dando la espalda a los habitantes de ciudades europeas como Praga. Para mayor escarnio, si el desarme nuclear ya fue desapareciendo de la lista de prioridades de Obama, ahora podría decirse incluso que Estados Unidos apuesta por lo contrario: el rearme.

Es de justicia reconocer que un tratado bilateral como el INF —adoptado a finales de la Guerra Fría— resulta insuficiente en el actual contexto multipolar. Se estima que, de los más de 2.000 misiles balísticos y de crucero que posee China, el 95 % pertenecen al rango de 500 a 5.500 kilómetros, que los misiles terrestres de Estados Unidos y Rusia tienen prohibido cubrir. Además, Washington y Moscú se acusan mutuamente de violar las disposiciones del INF. Dados todos estos factores, Trump debería haber tomado el cauce más sensato: reafirmar inequívocamente el compromiso estadounidense con el acuerdo. De este modo, Washington habría trasladado toda la presión a Moscú en lo referente a las presuntas violaciones, y habría dejado la puerta abierta a gestionar el auge armamentístico chino ampliando un marco normativo ya existente.

No obstante, el autor de El arte del acuerdo ha abrazado una vez más los métodos de un reconocido experto en desacuerdos: el consejero de seguridad nacional, John Bolton. Tras haber logrado que el Tratado sobre Misiles Antibalísticos pasara a mejor vida en el 2002, Bolton ha arremetido, de la mano de Trump, contra el Tratado INF y el acuerdo nuclear con Irán. Es de prever que el siguiente objetivo de Bolton sea el Tratado New Start, que Obama y su homólogo ruso Dmitri Medvédev firmaron tan simbólicamente en Praga en el 2010, y que expirará en el 2021 si no se logra pactar su extensión. El progresivo derrumbe de la arquitectura internacional de control armamentístico, así como la carrera por desarrollar nuevos tipos de armas nucleares y la ligereza con la que se habla de su uso potencial, auguran un futuro demasiado similar a épocas oscuras que creíamos superadas.

Un problema añadido es que, desde el final de la Guerra Fría, nuevos países han tenido el dudoso honor de incorporarse al club nuclear, al margen del Tratado de No Proliferación. Ese es el caso de Corea del Norte. Durante el primer año de la presidencia de Trump, la temeridad que se viene percibiendo internacionalmente en declaraciones públicas sobre cuestiones nucleares impregnó también las relaciones entre Washington y Pionyang. Es de celebrar, pues, que Trump dejara atrás las amenazas de “fuego y furia” y diera una oportunidad a la diplomacia.

En la práctica, sin embargo, el acercamiento de la administración Trump a Corea del Norte ha pasado por alto todos los cánones diplomáticos, de manera que ha entrado en escena otro tipo de ligereza: la del elogio vacuo. Las improvisaciones de Trump, unidas a la falta de consenso de la que carece la política exterior estadounidense y al desajuste de las expectativas a uno y otro lado de la mesa de negociación, generaron que la reciente cumbre con Kim Jong-un, en Vietnam, terminase en fiasco. Ahora, urge recomponerse y trazar un plan más realista en colaboración con las potencias regionales para evitar que los “halcones” en la administración —como el propio John Bolton— hagan descarrilar el proceso.

Otros dos países que tampoco forman parte del Tratado de No Proliferación, como la India y Pakistán, han protagonizado últimamente alarmantes choques en la región de Cachemira. Esta zona, a la que se refirió en su día el presidente Bill Clinton como “el lugar más peligroso del mundo”, es compartida por ambos países y una tercera potencia nuclear: China. Las tensiones entre la India y Pakistán han alcanzado unas cotas que no se veían desde finales de los 90, cuando Pakistán reveló al mundo su capacidad nuclear. La inestabilidad en Cachemira demuestra que poseer armamento nuclear no es un factor absolutamente disuasorio y, en consecuencia, existe el riesgo permanente de que cualquier escaramuza desemboque en una conflagración devastadora.

En Oriente Próximo, Estados Unidos no está haciendo nada por eludir los enormes peligros que entraña la proliferación nuclear. Desmarcarse del acuerdo nuclear iraní fue una decisión totalmente contraproducente, que puso de manifiesto un apoyo ciego a los principales rivales de Irán en la región: Israel —otro país que opera al margen del Tratado de No Proliferación— y Arabia Saudita. La administración Trump está explorando incluso la posibilidad de exportar material nuclear sin las necesarias salvaguardas al régimen saudita. El caso es que Mohamed Bin Salmán, el díscolo líder de facto del país, no descarta desarrollar armamento nuclear, y los sauditas ni siquiera se han comprometido a someterse al régimen más estricto de inspecciones del Organismo Internacional de Energía Atómica. Un paso en falso —y Estados Unidos ya ha dado bastantes— puede sumir a una región tan volátil como el Oriente Próximo en una carrera nuclear, lo cual constituiría el peor de los escenarios.

Durante la pasada campaña presidencial, Trump cometió su enésima frivolidad al sugerir que Japón y Corea del Sur deberían desarrollar armamento nuclear. La lógica dicta que, si el número de países que disponen de estas armas no deja de crecer, su uso será cada vez más probable. La Guerra Fría ya nos ofreció varios atisbos de ese precipicio al que nos acercamos cuando, enfrascados en la persecución de intereses geopolíticos, descuidamos el que debería ser más prioritario: la seguridad internacional. Como recordó Obama hace 10 años en Praga, Estados Unidos es el único país que ha usado el arma nuclear y, por tanto, tiene una responsabilidad histórica. Que este país abdicase ahora de esta responsabilidad y avalase una nueva era de proliferación nuclear representaría, en definitiva, una auténtica aberración.

Javier Solana es “distinguished fellow” en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de Esade.

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