Por: Velia Govaere.   20 febrero

Nada mejor que un socollón para zarandear premisas. No terminamos de asimilar que controversias religiosas nos saltaron al cuello, como en el siglo XIX, amenazando estrangular nuestras pretensiones de modernidad. La educación y la familia volvieron al ruedo, como polos de discordia política que nos dividen y nos distraen. Hegel lo decía: la historia se vive dos veces, una como tragedia y otra como comedia.

Desde el barrio marginado, las zonas periféricas relegadas y las costas abandonadas, los desheredados de la tierra llegaron a las urnas renegando de nuestras ínfulas de excepcionalidad. A la Suiza centroamericana le brincó la Centroamérica escondida que lleva dentro. Ecos de cantos pentecostales tuvieron más resonancia que discursos diseñados para la audiencia de Escazú.

¿Dónde encontrar vasos comunicantes con la vena viva del votante? ¿Cómo prevalecer sobre la reacción ancestral conservadora del subconsciente nacional enardecido?

Dos Costa Ricas se enfrentan con dos discursos y dos audiencias. El discurso culto, para un auditorio refinado, se estrella contra el desapego de la empresa informal, el empleo precario, la periferia excluida, la fallida instrucción técnica y la educación sin pertinencia laboral, cuando no truncada.

La polarización electoral es el reflejo de esa otra polarización: la social, la productiva, la educativa y la territorial. Esos continentes no calzan en un modelo de desarrollo con la vista puesta solamente en exportaciones.

Otra narrativa. Que cambie la narrativa electoral, sesgada por temas secundarios, es el clamor de quienes sienten que lo esencial escapa del discurso político. Así es. Los temas de perentoria atención son harto conocidos, desde infraestructura hasta educación, desde lo fiscal hasta lo social. Pero su discusión escapa a una evaluación de propuestas de complicada comprensión para el votante.

Un mercadeo electoral, cada vez más simplista, impide la hipótesis políticamente correcta del “voto informado”, que se estrella, además, contra su imposibilidad sociológica.

En la audiencia mayoritaria, la sensatez tiene problemas para romper la barrera de indiferencia edificada sobre las cuatro estaciones del viacrucis nacional: la masa crítica de estudiantes expulsados de las aulas, las regiones deprimidas, el empleo precario y las pymes informales abandonadas a su suerte.

La pobreza, convidada de piedra en la primera ronda electoral y la periferia desatendida por una institucionalidad centralizada y anquilosada, no solo resultan en vulnerabilidad económica, sino también cultural.

Ahí nacen los entornos sociológicos de manipulación sectaria, donde más de 3.000 iglesias evangélicas, 20 radioemisoras y 10 canales de televisión hacen coro con todos los olvidos.

¿Dónde encontrar vasos comunicantes con la vena viva del votante? ¿Cómo prevalecer sobre la reacción ancestral conservadora del subconsciente nacional enardecido? Esa pregunta no encuentra respuesta aún. No, en todo caso, en la base de partidos desenraizados de la comunidad y desplazados por las iglesias locales, convertidas en últimos refugios del abandono y la pobreza.

¿Serán, acaso, las cúpulas partidarias capaces de inspirar con la unidad un retorno a la cohesión nacional? Si por la víspera se saca el día, su salida más fácil es el silencio. Prevalece el cálculo partidario de aprovechar las debilidades futuras de un gobierno imberbe, para ungirse luego como salvadores o para cogobernar de a callado.

Organización. La sociedad civil, en cambio, asume valientes, y ojalá vigorosas iniciativas, que buscan convertirse en el primer bastión para evitar un gobierno confesional. Queda por ver hasta dónde llegará ese encomiable esfuerzo que también se enfrenta a una sociedad dividida. Hasta en el mismo Domingo de Resurrección, día de segunda ronda, dos Costa Ricas seguirán enfrentadas: una en playas y montañas, alejada de sus lugares de votación, y otra, cercana de sus urnas… y de sus iglesias.

Mientras tanto, uno de los candidatos sigue refugiándose en sus fortalezas confesionales, escondiendo sus debilidades. El otro, delfín insatisfecho de su propia cuna, aún no logra dar los pasos de reconciliación que rompan inquinas fundacionales y prejuicios partidarios.

Curiosamente, en tiempos de baja calidad y pertinencia educativa, falencias estructurales, disfuncionalidad política y crisis fiscal, lo que divide al votante no son diferencias en esos temas. El abandono de políticas de Estado fue el caldo de cultivo donde el fanatismo levantó la cabeza, dejándonos sin fuerzas sociales para enfrentarlo con eficacia. La batalla se da, entonces, en un campo cultural que no imaginamos que llegaría a estos extremos, en un momento tan apremiante de otra discusión y de otras respuestas.

Desatención. Las dos grandes corrientes partidarias cerraron filas con vertientes unidimensionales del modernismo, donde lo internacional prevaleció sobre lo doméstico. Los graves problemas institucionales, sociales y productivos fueron desatendidos.

No solo las grandes masas populares, sino también las empresas locales y los emprendimientos familiares fueron quedando sin representación política que expresara sus agravios.

El asistencialismo y las transferencias tocaron precariamente apenas los bordes variables de la pobreza y en esas fronteras inestables y oscilantes se cultivaron la desesperanza y el desapego.

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El PLUSC sigue sin entenderlo. Buscando hegemonía cultural, nuevas visiones se abren camino, aún sin clara expresión política. Así estamos, haciendo de tripas chorizo y de limones amargos, limonada.

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Pero ya que estamos en la obligada coyuntura de debatir valores y no problemas y programas, no rehuyamos tampoco esa batalla. No escondamos nuestras convicciones. Confiemos en el alma nacional donde palpita la supremacía del humanismo incluyente sobre la intolerancia y el respeto a los derechos humanos contra la discriminación. Es la hora de los hornos. Para pasar las aguas turbulentas, necesitamos un voto defensivo de todo lo que nos define.

vgovaere@gmail.com

La autora es catedrática de la UNED.