Carlos Arguedas. 6 septiembre

Cuentan que en los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, mientras el primer ministro británico Winston Churchill ingresaba a la Cámara de los Comunes, un soldado apostado en las puertas del edificio le dijo: “Qué bien se vive, si no se flaquea”. Churchill tomó aquello como la consigna del Reino Unido para los difíciles tiempos que el país vivía.

Recurrir al infatigable anecdotario de Churchill, apócrifo o auténtico, para ilustrar, amonestar o reprender, es cosa de lo más común. En este caso, aquella consigna tiene un innegable regusto de tozudez que, según cómo y cuándo, nos anima a persistir en actitudes o resoluciones disciplinadas y firmes, que se validan o justifican por sí mismas, por su propio peso, sin que sean necesarias más palabras ni explicaciones ni argumentos.

Como es de suponer, una vida tan prolongada como la suya le fue despojando de su familia y sus amigos

Me refiere un amigo, médico por más señas, una historia admirable que relaciono con aquella anécdota. Dice que hace unos días le visitó un paciente cuya edad ya alcanza la friolera de 104 años, pero que es dueño, por dondequiera que se le mire, de una sólida salud física y mental. Como suele decirse, de una salud de hierro.

El hombre vive solo desde hace mucho tiempo. Como es de suponer, una vida tan prolongada como la suya le fue despojando de su familia y sus amigos. En cambio, tiene vecinos que cuando hace falta le procuran alguna asistencia y un poco de compañía; por lo demás, goza de total autonomía de vuelo y no la sufre sino que la disfruta todo lo que se puede.

Su economía se reduce a una modesta renta, entiendo que una pensión, que completa de cuando en cuando gracias a las resultas de ciertas ocupaciones supuestamente triviales que se le encargan aún ahora porque es muy capaz de hacerlas y de hacerlas bien, como limpiar jardines o emprender esos trabajos ocasionales que en un país cercano, tierra de dictadores soeces e inmigrantes a su pesar, llaman con la hermosa voz de “rumbitos”.

Exámenes. El hombre fue remitido por su médico, mi amigo, al hospital, para que se le practicasen exámenes de rutina. Nada importante. Pero en esta materia y a esa edad, quién quita un quite. Por consiguiente, antes de abandonar la consulta, el hombre le entregó al galeno, discretamente, un sobre con una nada desdeñable suma de dinero. A continuación, le pidió que, como persona de su confianza, se lo guardara, y si acaso las cosas no le salían bien, empleara la totalidad en pagar los gastos que ocasionaran sus funerales; de lo contrario, le rogaba que se lo devolviera.

La plata, dijo el hombre, la había juntado a lo largo de mucho tiempo, pellizcando aquí y allá, mas no pensando en el desamparo o por temor a la muerte, sino para que al final todas sus deudas quedaran saldadas y, mientras tanto, él pudiera vivir en paz.

El autor es exmagistrado.