Columnistas

Transparencia en las aulas

La ministra de Educación reclama transparencia a otros, pero de eso carece el MEP cuando se les pregunta cómo salir del apagón educativo

La “transparencia” que la ministra de Educación Pública, Anna Katharina Müller, reclama a los rectores de las universidades públicas es la que se le debe demandar a ella por la falta de rumbo en escuelas y colegios estatales para salir del “apagón educativo”.

A tres meses de gobierno, no hay estrategia para encender la luz en las aulas y, más bien, lo preocupante es que en estos 100 días dos viceministros desertaron, lo cual es un sospechoso indicio de que el manejo de las relaciones personales es paupérrimo.

La carta de renuncia de la que fue viceministra Académica, Rocío Solís, lo confirma con tres motivos: se fue —dice— “por poca comunicación, constantes faltas de respeto y transparencia”. Mentira que dimitió porque “completó su período”, como sostuvo el MEP.

Esa falta de “transparencia” que denuncia Solís sale a la luz en su carta y en la eliminación de las pruebas FARO. Müller alegó que “existen suficientes razones técnicas” para anularlas, pero el sustento fueron cinco páginas de PowerPoint que la ministra proyectó en pantalla con “cuatro cositas técnicas”, como dijo ella.

Si las FARO estaban mal planteadas, eso nunca se demostró. Las desaparecieron, también, sin tener bajo la manga ningún otro sistema de diagnóstico, por lo cual el “apagón educativo”, que arrastran los alumnos desde la huelga de tres meses del 2018 y debido a un año de pandemia, continúa vivo, pues no hay ninguna herramienta que permita saber el estado de los aprendizajes. Oscuridad total en momentos en que se reclama transparencia.

Tampoco hay luz en cuanto a cronograma, acción y metas para sacar de la desconexión digital a medio millón de escolares y colegiales. Tal pasividad causa exclusión, porque la enseñanza a los “desconectados”, si se le puede decir “enseñanza”, es pobre con respecto a los que sí están conectados.

Es momento de que el MEP y su jerarca dejen de idealizar el futuro y definan la educación del presente. Cuatro años se van en un santiamén. Para conectar a los desconectados se requiere liderazgo, estrategia, menos discurso y, sobre todo, hechos, porque las brechas en la enseñanza entre “ricos y pobres” (términos que encantan a este gobierno) son abismales. Y, por supuesto, es primordial la transparencia.

amayorga@nacion.com

El autor es jefe de Redacción de La Nación.

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